jueves, 7 de junio de 2012

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Yo sé que una actitud políticamente aceptable es aquella de preocupación por lo público, por el otro, una actitud donde el egoísmo no quepa, una actitud que no sea cómoda ante la existencia, que cuide, proponga y se oponga a soportar toda clase de vejámenes y crímenes habidos y por haber. El arte lo dejamos para las vacaciones. 

No me preocupan muchas cosas ahora. Cada vez que veo las congregaciones, las manifestaciones políticas, me doy cuenta que sería tan fácil reunirnos todos a cantar, a reírnos, a olvidarnos de nosotros mismos, todos poetas, todos solos o acompañados. Con instrumentos. Sin prejuicios. Y es tan fácil como acudir a un festival, es tan fácil como cambiar de actitud. Un sociólogo advertirá en esta clase de manifestaciones una visión occidental del asunto. Yo digo que hasta las tribus se reúnen a cantar, y cuando lo hacen no lo hacen como una colección o una apología a la miseria, sino por el simple placer de reunirse y cantar. Eso no tiene nada de difícil, como han querido hacer creer. Otro tanto podría decirse de las manifestaciones religiosas, esas congregaciones que son tan bellas cuando son sinceras, cuando no están amenazando con asesinar todo lo diferente. 

Sé que no se escoge donde nacer, o que no se recuerda. Sé que lo que se sabe y lo que puede escogerse es la actitud con que se asuma la vida. Tomarla como un gran chiste o como algo eternamente serio y delicado, cuidar de los otros o ser un egoísta, en realidad todas esas conductas están presentes a un tiempo siempre que reconozcamos que el mundo se extiende más allá de lo que podemos imaginar, más allá de nosotros y más allá del tiempo. Los ecologistas y los físicos se engañan al creer que por ver las cosas a nivel global (crisis planetarias y esa clase de cosas) se sufre menos, o concluir que el humano es un egoísta por simplemente creerse tan importante como el universo cuando no somos sino una mínima parte. Eso es tan ingenuo como pretender que las piernas sean más importantes que los ojos por su tamaño. Más bien depende de esa visión de la que estoy hablando, de la preocupación con que se asuma la vida. De la intención que se tenga para acercarse al mundo y habitar en él, o crearse uno aparte para no ver lo que ocurre de malo. 

Yo siempre he tenido una idea fija en la cabeza: las palabras se escabullen. Y al hacerlo nos obligan a buscarlas, por medio de otras palabras, de otras herramientas o algo así. Eso hace que el pensamiento crezca, tal y como lo resume Tagoré en su aforismo. No solo la sensibilidad, sino el pensamiento en general. Buscando una palabra, buscando lo que quiero decir con ella más bien, puedo encontrar esa nota, ese instrumento perdido, o ese abrazo, esa sensación de felicidad que no se encuentra a la vuelta de la esquina por simple incomprensión de lo que se buscaba. El punto es que sí, si nos comparamos con el universo, en tamaño no somos sino hormigas, pero eso no nos hace menos importantes. Tenemos una vanidad tan grande que nos pone precisamente donde estamos. Como amenazadores de otras especies, como el sujeto más peligroso que ha pisado este planeta y amenaza con destruirlo porque hemos aprendido a desconocer el modo en que debemos vivir, en que debemos dejar las cosas como están para no dañarlas; suma, por lo inquietos que somos y nuestra habilidad. Al menos eso piensan algunos que creen que el planeta se dejará destruir, que el orden de las cosas depende de nosotros. Los que se dedican a estudiar esta clase de cosas, en ese sentido, son mucho más vanidosos al creer que podemos amenazar el orden del cosmos y el universo. Ahí sí, yo creo que no somos tan fuertes como para eso. Seremos pequeños, pero no tan pequeños. Seremos grandes y peligrosos, pero no tan grandes ni peligrosos.

El desplazamiento que se da entre la incomprensión de un asunto, la precomprensión y la ulterior comprensión y explicación es lo que posibilita nuestras creaciones. El arte y la ciencia se han separado, y yo creo que no son tan diferentes, creo que se complementan, que la técnica los encuentra. Los científicos hacen arte y además lo alimentan, y el arte hace otro tanto al buscar exigencias de expresión cada vez más amplias, o más finas. En últimas, lo que ocurra en nuestro mundo depende exclusivamente de nosotros. O lo que depende de nosotros es lo que podemos controlar. Lo que se sale, lo que no se puede controlar es lo que hay que aprender a identificar, para no confundir lo que es fútil de lo que no lo es. 

Así, no es fútil nuestra existencia, carezcamos o no de propósito alguno. Hay problemas. Hay muerte. Este mundo parece enloquecerse más y más. No soy tan ingenuo para hacer apuestas unívocas de salvación de la humanidad. ¿Es que tenemos que salvarnos? Y si así fuera, ¿de qué? En efecto, muchos pensaran que estas son reflexiones hechas en casa, sin experiencia y de alguien que lleva una vida burguesa. Es probable que así sea. Es probable que los asuntos que conmueven sean más importantes. Pero justo cuando todos esperan que lo que haya sea un pronunciamiento por el espantoso crimen de Rosa Elvira, yo creo que eso lo que suscita es una indignación más mediática que real, un pronunciamiento a medias y, aun más peligroso, alimentar el odio. Nada justifica una agresión así, pero esa clase de cosas son el resultado de una reunión de condiciones, sociales, económicas, políticas y en el caso de los agresores, psicológicas, que resultan en hechos como ése. No seré hipócrita y diré la verdad: no me escandalicé. Me hizo sentir triste, pero no me escandalicé. Somos humanos, y deberíamos saber la clase de barbaridades de que somos capaces. Ignorarlas, o suponer otros estados ideales es un error en que no podemos caer.

Casos como aquél son producto de decisiones colectivas. Como dije al inicio, sería fácil no inmiscuirse en la vida de los demás salvo para compartir alegrías, estados de euforia. Sería sencillo dejar de creer que existen hombres sabios capaces de determinar el exacto tiempo que necesitamos para ser sabios, para aprender a hacer uso de los placeres y dejar que cada uno lo experimentara. No más sujetos que digan qué merecemos y qué no. Serían sencillas todas esas cosas, si nos atreviéramos. No sé si por nuestra constitución antropológica o algo así eso no se da, no somos tan altruistas como hemos mostrado que podemos ser (no podemos sostener una conducta así), y eso dificulta las cosas. Sin embargo, yo solo estoy clamando porque aprendamos a darnos a cada uno nuestra propia vida y, más importante, nuestra propia muerte. Podemos aprender a hacerlo, si aprendemos a creer en ello y en nosotros.