"...el pasado no es algo fijo e inalterable.
Con fe y voluntad lo podemos cambiar,
no borrando su oscuridad, sino agregándole
luces, para irlo embelleciendo cada vez más
como quien talla un diamante"
Alejandro Jodorowsky.
En filosofía y en historia nada es casual. Todo puede ser explicado y argumentado siempre que haya un contexto que lo posibilite; eso explica cómo fueron posibles actos de barbarie en la historia, donde se explica –mas no se disculpa– lo que ocurre en el mundo. Para ello la filosofía apela a recursos y echa mano de lo que puede; fenomenología, hermenéutica, historia, artes, etc. Sin embargo, pese a la cantidad de recursos con que se cuentan, aún hay problemas que deben enfrentarse y creo válido preguntar cuál es el rol de la filosofía –más específicamente de la filosofía de la historia– en nuestro país.
En efecto la pregunta tiene que ver
con la utilidad de la filosofía de la historia. ¿Qué problemas
resuelve? ¿Qué preguntas responde? Si se quiere, puede decirse de la filosofía
en general lo mismo que ha dicho Clifford Geertz de la antropología: ¿quién es
el antropólogo para hablar por otros? El papel de los
historiadores y la historia ha sido revaluado desde que Popper sostuvo que es
imposible ser objetivo cuando se está inmerso en una realidad cargada de
ideologías, creencias, incluso mitos. No obstante, para aun tocar el tema con
más precisión, queremos hacer el siguiente cuestionamiento: ¿puede
considerarse la literatura como un modo más de hacer filosofía
de la historia?
Justificación.
Creemos que la pregunta tiene validez
por una razón. En Colombia –y por extensión en toda Latinoamérica– la
producción literaria es mayor que la producción filosófica. O mejor, la línea
que divide ambas esferas es difusa (el paradigma de este asunto es Borges), y
quienes dicen que la filosofía se hace en alemán cometen un error: en
Latinoamérica hacemos filosofía desde la literatura, entre otras razones porque
–y me aventuro con esta afirmación– necesitamos cercanía cuando
hablan sobre nuestros problemas, y qué mayor cercanía que el cuento. El ensayo
es impersonal, indiferente a toda realidad; maneja su propia lógica y debe
dejarse a una interpretación más o menos objetiva. No así en el cuento o la
novela, donde hay matices de los asuntos en cuestión. Por esta y otras razones,
y porque los latinos no somos “impersonales” es que creo que la pregunta tiene
validez y pertinencia, porque tenemos muy buenos filósofos, pero nuestros
escritores son geniales (sin demeritar los de otras regiones del mundo).
Hipótesis
En el fondo la pregunta reconoce
cierta igualdad, cierta similitud entre filosofía y literatura. La hipótesis de
la pregunta es que la filosofía es una actitud, un modo de
enfrentar la vida y sus problemas, tanto teóricos como prácticos (cotidianos).
Eso para decir dos cosas: 1) una actitud cambia dependiendo de la situación, en
consecuencia, no hay razón para casarse con una escuela, un método filosófico
en la medida en que este no es capaz de dar cuenta de todo lo que ocurre. 2) El
concepto literario equiparable al de actitud es el de estilo.
En efecto, el estilo literario no es la marca con que se reconoce a un autor,
sino la asertividad del lenguaje que emplee para expresar lo que tiene que ser
expresado.
Con estas dos ideas en mente la
validez de la pregunta tiene que ver con dos cosas: en primer lugar, con lo que
es la historia de la filosofía y su utilidad; en segundo lugar, si puede
considerarse a la literatura como un modo de hacer filosofía de la historia en
la medida en que pese a ser dos ramas del pensamiento diferentes, la última ha
echado mano de la primera muchas veces. Históricamente quien rompió
definitivamente la brecha existente entre filosofía y literatura es Nietzsche,
y por esa razón, dirá Deleuze en Diferencia y repetición[1] que
es desde entonces que los filósofos han debido recurrir a nuevos métodos de
expresión: el cine, la pintura, etc.
Sin embargo, como de estos temas es mejor no hablar en abstracto,
trabajaremos el presente trabajo en dos niveles. En el primero de ellos se
empleará la novela La otra raya del tigre del colombiano Pedro
Gómez Valderrama, intentando explorar un poco mejor este asunto. Se hará un
breve análisis de la novela a luz de los problemas de análisis que de ella
pueden desprenderse para luego ver cómo entra o no entra la filosofía de la
historia en este asunto. En un segundo nivel ahondaremos en el aspecto teórico
de lo que la filosofía de la historia aporta. En este orden de ideas el libro
base será El problema de la conciencia histórica de Hans
George Gadamer, aunque no será el único que se emplee. En esta primera entrega
se realizará toda la primera parte, dejando la segunda como un anexo que
entregaré en los próximos días.
Primera Parte
“We all derive from the same source.
There is no mystery about the origin of things.
We are all part of creation, all kings, all
poets, all musicians;
we have only to open up, only to discover what is
already there".
Henry Miller
I
Lo que hace literaria la obra de
Valderrama no es precisamente el hecho de ser una obra "histórica" en
el sentido más amplio del término. Creo que ni siquiera se debe a la narración
de cierto modo ficcional sobre la vida de un hombre extranjero en tierra
colombiana. Creo que lo que hace literaria la obra de Valderrama es esa
capacidad de, a partir de esa historia, proyectar varios problemas que en esa
época y aun hoy siguen sucediendo, con las mismas consecuencias y en los mismos
términos (alquiler de tierras, productos nacionales supeditados a mercados
internacionales, expropiación, etc.) Para un análisis lúcido de este asunto es
que la novela de Valderrama no debería -al menos en primera instancia-
reducirse a los amoríos de Geo Von Lengerke, que son parte de la historia, pero
que hacen que se pierda de vista otros horizontes de análisis que pueden
iluminar mejor la novela la otra raya del tigre. En efecto -y a
título personal- creo que la gran magia de la literatura, en todas sus
versiones -cuento, novela, ensayo, poesía, etc.-, es la capacidad de hacer que
quien lee redimensione lo que sabe y vea nuevos horizontes. Las cosas valen lo
que se las hace valer, por eso los libros no valen lo mismo para todos ni
significan lo mismo para todos. Así, hoy vengo con este libro bajo el brazo y
unas consideraciones, o hipótesis de consideraciones, aisladas, inconexas, pero
de cierta manera lúcidas.
La riqueza de la obra de Valderrama se
puede explotar más a la luz de un problema que en Colombia viene desde la misma
Independencia: la posesión de la tierra. ¿A quién le pertenece? ¿Qué valor
tiene? ¿Cómo se arrienda la tierra? Lengerke llega a Santander con cartas de
recomendación del gobierno alemán y se le facilitan préstamos, prevendas. En
relativamente poco tiempo se vuelve un contratista del Estado y expande sus
negocios de sombreros y café a otras áreas, con visión expansionista como un
buen europeo, viendo caminos donde nadie se atrevería a hacerlos. Allí hay un
paralelo con la vorágine, o quizá un homenaje, donde la selva no es, en modo
alguno, pasiva, sino que ataca a los hombres que la cortan. Sin embargo
Lengerke es el clásico héroe literario que encarna muchos valores, ideales de
fuerza, decisión, valentía, etc. Y así, haciéndose camino por donde pasa se
vuelve contratista del Estado soberano de Santander, que le cede tierras y le
encarga contratos para hacer vías, puentes, etc.
Sin embargo el país está en
formación. Eso solo significa que no hay nada garantizado y que las guerras
civiles constantemente se repiten, haciendo muy difícil el cumplimiento de
dichos contratos. Los clásicos partidos políticos liberal y conservador, cada
uno a su modo y con sus métodos van disputándose el poder y el control del
Estado, buscando centralizar o federalizar según sea el caso, redactando
constituciones y tratando de formar la nación. Como el alemán no tiene que ver
en ese asunto y es un comerciante lo más recomendable es hacerse a un lado del conflicto
y sonreír para todos lados.
“Frecuentemente verá usted que se
presentan golpes, revoluciones, todas las cosas propias de una nación que
apenas comienza. Todo eso hay que asumirlo con calma y filosofía. Seguramente
va a pasarle como a mí, que cuando se presentan esos casos nunca los entiendo
completamente porque me parece que ambos bandos pelean por lo mismo. Aunque
verdaderamente no parecía así, dados los extremos a que llegan. Mi consejo en
relación con esto, es que no se mezcle, que mantenga su condición de
extranjero; igual con todos, de todos amigos. De lo contrario, pueden venirle
muchos dolores de cabeza”. (1983: 168)
Es así como Lengerke se sostiene al
margen de las guerras civiles, aunque sintiendo cierta simpatía por los
liberales: "Lengerke tenía cierta proclividad por los liberales, le
fascinaba verlos actuar, oírlos repetir a su ídolo, Murillo Toro, evangelizar
sus ideas liberales (la educación no es problema del Estado sino de la
iniciativa de los ciudadanos, las vías de comunicación deben hacerlas los
particulares, el gobierno debe sentirse lo menos posible...) (1983: 174)"
Sin embargo siempre ajeno, busca el favor político del grupo que sea más
retardatario porque es lo que a él le conviene. En ese sentido él no está de
acuerdo con que Santander se vuelva un departamento más, y ahí viene una
complicación. Una cesión de tierras dada a él por parte del Estado
santandereano le fue arrebatada por una constitución nueva que desconocía ese
pacto. ¿No suena esto familiar? El problema -en general- de las tierras en
Colombia parece venir de esos años. Si miramos hoy la situación actual del país
a propósito de una ley de restitución de tierras y reparación de víctimas
bastante positiva en sus objetivos:
La presente ley tiene por objeto
establecer un conjunto de medidas judiciales, administrativas, sociales y
económicas, individuales y colectivas, en beneficio de las víctimas de las
violaciones contempladas en el artículo 3º de la presente ley, dentro de un
marco de justicia transicional, que posibiliten hacer efectivo el goce de sus
derechos a la verdad, la justicia y la reparación con garantía de no
repetición, de modo que se reconozca su condición de víctimas y se dignifique a
través de la materialización de sus derechos constitucionales.
A la luz de la novela de Valderrama
vemos que Colombia es un territorio en disputa desde el mismo día de la
Independencia. Hay que ver con qué lucidez Valderrama señala un problema que no
es nuevo, y es la renta de la tierra a extranjeros con todas las comodidades
ofrecidas por el Estado.
Luego del problemático asunto de la
guerra, Lengerke reconoce que se vino con su prole "sin ningún plan"
de devolverle al entonces Estado soberano de Santander todo lo que le había
dado. En plena guerra hay una disputa y es mantener los actuales departamentos
como estados soberanos o, por otro lado, unificarlos. Ahí brillan nombres: Jose
Hilario Lopez, Manuel Murillo Toro, Antonio Nariño..., todos los protagonistas
de la historia colombiana y que tuvieron que ver de una u otra medida con este
delicado asunto que era la repartición del país, la formación teórica y
práctica de lo que es Colombia.
Mientras se busca la manera legal de
lograr dicha repartición hay que ir haciendo negocios. Y esta es la tierra de
"El dorado", o como se denomina ahora, el país del Sagrado Corazón.
Así el mito ha revivido a distintas versiones -como todo mito- y cuando fue la
riqueza del oro, luego fue la riqueza de su fauna. En el caso de Lengerke, el
dorado era la quina. Nuevamente la genialidad y lucidez de Valderrama no es
recordar que la quina fue codiciada y fue un negocio lucrativo, sino su
recreación de una situación que se ha repetido una y otra vez: un producto que
cae en manos de los precios internacionales, que fue lo que, en definitiva,
llevó a la ruina económica a Lengerke.
Ahora bien, no voy a negar acá que
ese universo de lo político sea el grueso de la novela, que alterna con pasajes
muy melancólicos y situaciones bastante solitarias de los personajes, empezando
por el propio Lengerke. Las afirmaciones que acá se hacen no son más que
hipótesis sobre la manera de plantear un problema en forma de literatura, no
queriendo con ello significar que sea esa la única manera, o que lo único que
nos deba interesar de la novela sea el asunto de cómo era el Estado colombiano
en el siglo XIX. Es solo que se puede perder muchas cosas por ver solo a
Lengerke como el mujeriego empedernido que fue. Ejemplo de ello son las
hermosas reflexiones que hace Valderrama sobre la guerra, y ese símil con el
ajedrez y el teatro:
Alguien, recordó el abuelo, habló
convenientemente de que la representación teatral es una manera de hacer
justicia. Como lo es la guerra, pensó, como lo matemático y cerebral de las
guerras del poder(...) en el escenario del teatro continúa la guerra; y la
guerra baja de él a las calles, las batallas de cartón del teatro tienen mucha
más vida insospechada que la que sus mismos autores pensaron (...) y el teatro,
el ajederez y la guerra son predestinación, están preconcebidos, no hacen otra
cosa quedesarrollar esquemas lógicos que en muchas ocasiones no son distintos
de racionalizaciones del absurdo (1983: 183)
En última instancia la novela es un
pequeño universo, una narración que se ubica en un tiempo y un
espacio para poder ser narrada y que desde ahí proyecta una
visión de mundo, como diría Ricoeur en sus largas disquisiciones sobre la
narración y la vida narrada. Salvar la distancia -es decir mantenerla- entre la
intención del autor y la recepción del lector es un hallazgo fundamental que la
filosofía le aporta constantemente a la literatura; no es que la literatura no
lo supiera ya, es que la filosofía le da un sustento teórico, una razón, un por
qué ha de ser así. Ahora, el universo creado por Pedro Gómez Valderrama es
abierto a interpretación y, en definitiva, busca señalar un camino.
II
Con dicha reseña contada a grandes
rasgos, queremos significar que la historia, en cuanto filosofía, no es -no
debe solamente ser- un asunto del pasado. Es decir, Ricoeur intuye
correctamente que la vida como narración no es solo contar sino también
proyectar, lo que explica la necesidad de un pro-yecto. Así pues la
historia no es solo un asunto de contar lo sucedido, sino de contarlo y
reinterpretarlo, recrearlo, hacerlo visible y real para todos, y es ahí donde
la hipótesis que tenemos es que la historia se estanca y da lugar a la
afirmación nietzscheana “estamos enfermos de historia”. De hecho esa afirmación
responde al espíritu de su época de haber hecho de la historia una ciencia, un
resultado llevado a cabo por los alemanes y traído a colación por Ricoeur en su
colección de trabajos titulada Del texto a la acción. Pensando
en todos estos asuntos es que cabe preguntarse si acaso la historia se cuenta
de una sola manera como para hacerla ciencia y si es susceptible de
universalizarse.
Por otro lado, en Colombia, nos
encontramos con la situación de un país que sigue en formación, algo que le
sucede a Latinoamérica. Después de tantas guerras civiles aún se siguen los
intentos por construir nación, y la literatura desempeña un papel que no se
reduce a conocer lo ocurrido en el pasado -curiosamente leyendo la novela de
Valderrama tuve la sensación de que la historia es un eterno ciclo que se
repite una y otra vez-. La literatura no solo cuenta sino que acerca. No
muestra, pero acerca. Se burla de los contenidos de la historia, los traiciona,
los viola, pues la literatura no es “buscar el documento” como diría Goldmann
alguna vez, sino solo señala.
La invitación de la literatura es a
narrar pero a hacerlo con sentido. Honestamente hay una motivación que nos hace
remitirnos todavía al relato oral, a la historia mágica, al cuento, que no
remiten a ninguna realidad más que la que ellos mismos están inmersos. Como
comunidad tenemos aún todavía muchos textos que son solo manifestaciones
intelectuales pero que aún no nos acercan. De hecho, la intención de la
literatura latinoamericana es expresada por varios teóricos, del cual destaco a
R-H Moreno Durán, quien en su texto De la barbarie a la imaginación hace
un poco de crítica literaria y sostiene que la preocupación de escritores
latinoamericanos por encontrar un “modo de ser” que se corresponda con la
esencia es la tarea general de nuestra literatura, buscar esa ontología
latinoamericana que, en el fondo, no es un problema menor.
Durán es insistente, y nos recuerda
que la literatura latinoamericana, pese a todo, no puede reducirse a unos
orígenes indígenas de los que poco se sabe sino que se intuyen cosas. No es la
choza y la cabaña, dirá en un tono mordaz pero certero. Para poder añadir
luego: “De todas formas, la inmadurez, la minoría de edad y apelativos afines
revierten, quiérase o no, en el tema de la responsabilidad o irresponsabilidad
frente a la conquista de la autonomía americana” (Moreno: 77)
La literatura es, según él, un modo
de hacernos responsables a nosotros mismos, o de tomar conciencia (¡esa odiosa
expresión!) de lo que somos, sin perseguir ideales ciegos, que es lo que ocurre
en la novela de Valderrama a Lengerke, que vio en estas tierras la posibilidad
de hacer su imperio para preguntarse al final si eso tenía algún sentido.
III
¿Qué puede una novela frente a la
realidad? El valor literario de la novela de Valderrama no es precisamente su
verdad o falsedad, sino su verosimilitud. El valor histórico es la capacidad de
transportar al lector a una situación desde su visión. En el fondo el personaje
narrador que al final del libro narra en primera persona es un hombre que se
lamenta por la centralización del Estado y la eliminación de la constitución
federalista de 1863. También se burla, en cierto sentido, de la apreciación que
se le atribuye a Victor Hugo con su sentencia de que "esa constitución era
para ángeles". Otro tanto se burla del mito del buen salvaje de Rosseau en
tanto que la selva, a ojos de Lengerke, no aparece como benigna. Y mucho menos
el indio, que se presenta tan peligroso como cualquier otro animal que amenaza
la vida (haciendo una especie de homenaje a José Eustasio Rivera en La
vorágine).
Mi experiencia frente a la novela es
que despierta una curiosidad histórica por lo que ha ocurrido en el país de
unos años para acá. No solo el problema de la repartición de la tierra, o de
reformas agrarias, sino por ejemplo, ¿qué decía la constitución de Rionegro
para ser considerada como una constitución para ángeles? Confieso que no la he
leído, pero eso es algo que planeo hacer. Ahora bien, esto tiene un problema al
que nos debemos enfrentar y por el cual tiene sentido la creación de la
historia como ciencia, y es con respecto a la pregunta: ¿quién puede contar la
historia y cómo puede contarla? Muchos dirán que las novelas literarias no
tienen el rigor que se requiere para la historia. Concedo que el papel de la
literatura no es contar la historia; la historia se cuenta a ella misma. La
literatura son figuraciones, más o menos veraces de la historia. Se acercan o
se alejan según lo que se quiera expresar. Mas en el fondo, la historia puede
contarla cualquiera. Dan fe de ello los procesos de reparación de víctimas,
donde cada una de esas personas tiene una historia que debe ser contada. ¿Le
quita valor el que alguien se entere de esos procesos por medio de la
literatura, o la pintura, o la música?
Parece que la clave del asunto está
no en la narración de la historia sino en la comprensión de la historia. Lo que
ofrece Ricoeur al respecto es muy significativo, no en el plano de la
diferencia entre explicar y comprender, sino con su concepto de apropiación:
Por lo tanto, lo que es apropiación
[Zueignung] desde un punto de vista es desapropiación desde otro. Apropiarse es
conseguir que lo que era ajeno se haga propio. Aquello de lo que nos apropiamos
es siempre la cosa del texto. Pero ésta sólo se convierte en algo mío si me
desapropio de mí mismo para dejar que sea la cosa del texto. Entonces cambio el
yo, dueño de sí mismo, por el sí mismo, discípulo del texto (Ricoeur, 2010: 53)
En el fondo lo que trato de expresar
con la novela de Valderrama y lo que ocurre con la manera de entender la
historia sin hacerla ciencia es esa apropiación de lo que no nos es propio, al
menos directamente. Acercarse por esta vía a la historia es una manera de ver
las micro-historias, o para usar el lenguaje de Ricoeur, para escuchar también
el testimonio del testigo. Pongamos un ejemplo. Al término de la segunda guerra
mundial, todos los sobrevivientes contaron, de uno u otro modo, su historia.
Los que pudieron, como pudieron. Los dos escritores más lúcidos que leí fueron
Jean Amery en más allá de la culpa y la expiación y Primo Levi en su Trilogía
de Auschwitz. El primero de ellos hace una crítica fuerte a Hannah Arendt y su
banalización del mal, diciendo que el mal no puede ser banal para la víctima,
un asunto que la teórica política norteamericana desconoce totalmente en su
análisis (a mi juicio, claro está.) Y a eso es a lo que me refiero: la historia
contada desde la historia puede terminar en asuntos de cifras, de datos, de
erudición, o pueden volverse un sentimiento, un recuerdo. Bueno o malo depende
del ojo con que se le mire: las masacres ocurridas en nuestro país (mapiripan,
bojayá, salao, trujillo...) pueden volverse un asunto de cifras, o pueden
grabarse en la memoria colectiva como hechos históricos irrefutables e
inolvidables. Lo mismo que los hechos "positivos" que nos hayan
ocurrido (el 1-1 con Alemania, el 4-4 con Rusia por allá por los años 40 o 50
que todavía algunos recuerdan, el inolvidable 5-0 con Argentina; todas esas
cosas son, en el imaginario, un asunto de cifras que ya hoy día no significa
nada y que son más bien hechos para olvidar -en el sentido en que no permiten
avanzar hacia otros destinos, otras metas-.)
La apuesta personal es en favor de la
literatura en la medida en que esta favorece el sentimiento al hecho, la
percepción a la objetividad, la conmoción al conocimiento. No se trata de un
asunto de verdades expresadas con grandilocuencia y lucidez teórica, se trata
de darse a entender y acercarse y acercar al lector a un hecho. Incluso el
propio escritor recorre ese camino de acercamiento a su modo. En rigor, lo que
está en juego no es la verdad de la historia, es la interpretación que de ella
se hace, como lo entendía Nietzsche. Ahora, no puede despreciarse el trabajo de
los historiadores así nada más. Lo que queremos significar es simplemente que
si vamos a contar la historia, lo hagamos antes de que lleguen los
historiadores.
Segunda Parte.
La segunda parte
de este trabajo es, como se dijo, un análisis más teórico del problema de la
historia y los que la cuentan. Trabajamos sobre textos específicos, que son El
problema de la conciencia histórica de Gadamer y la vida: un
relato en busca de narrador de Paul Ricoeur. ¿Qué finalidad tiene
hacer historia hoy? Hace mucho que se sabe que la historia la escriben los
ganadores de las guerras, los ricos o los poderosos. Los otros, los vencidos,
hacen lo que podría llamarse una contrahistoria, antihistoria o, en el mejor de
los casos, dan testimonio. Con dichos testimonios se pretende
reconstruir la memoria de un pueblo, una nación, haciendo de cada persona un
documento inalterable. Ejemplo: las masacres en Colombia en los últimos veinte
años. Usar esta clase de ejemplos es odioso porque es algo que al país le duele
(le debería doler) y es usar el dolor de otros para hacer reflexiones eruditas.
Por eso quisiera ir más allá y decir que no se trata de si las víctimas tienen
o no derecho a ser escuchadas, sino de si estamos dispuestos a escuchar esa
voz. Si la historia tiene algún sentido, es ese. Y tal es la tesis que quiero
defender en las siguientes líneas.
En última instancia,
Ricoeur con su noción de vida narrada recoge también una noción de reconocimiento que
es la aspiración del hombre. Aunque ciertamente desarrolla más y mejor esa idea
en el texto de caminos del reconocimiento, aquí puede entreverse un
esbozo de dicha noción. Así pues, mi tesis es que la historia, tal y como la
entiende Ricoeur se debe entender como narración de una aspiración al
reconocimiento de una vida. Tengo toda la libertad de narrarme, y hago lo
posible por hacerlo con los elementos de que dispongo. El objetivo de ello es
narrar una historia y que se me reconozca.
Por otro lado,
dice Gadamer que entiende la conciencia histórica como "el privilegio del
hombre moderno de tener plenamente conciencia de la historicidad de todo
presente y de la relatividad de todas las opiniones" (Gadamer, 41). Y el
sentido histórico lo define como "pensar expresamente en el horizonte
histórico que es coextensivo con la vida que vivimos y que hemos vivido"
(43). Acá es donde surge la pregunta: ¿por qué narrar la historia? ¿Con qué
objeto? No solo la historia personal, mía, sino la historia en general. Gadamer
responde esta pregunta afirmando que "lo que interesa al conocimiento
histórico es la univocidad: cómo esto ha podido suceder allí" (Gadamer:
50).
En el fondo lo que
está en discusión es la importancia de la historia, su papel y más
específicamente los actores, los que cuentan la historia. Cuando Dilthey halló
que la conciencia histórica era un modo de conocerse a sí mismo creyó encontrar
el fundamento de la historia, que sería ese autoconocimiento; algo sobre lo que
Ricoeur llamará la atención en su recurso a Sócrates y la frase
"una vida no examinada no es digna de ser vivida". Dicho
autoconocimiento a autorreflexión es lo que Gadamer expone desde su lectura de
Dilthey y la "filosofía de la filosofía", que se refiere a la
meditación que hace cada hombre sobre sí mismo, su propia vida y el significado
que ella entraña. Ahí es donde la historia tiene un lugar.
II
"Como las letras de una
palabra,
la vida y la historia
poseen un significado".
Dilthey.
Esta frase que le
atribuye Gadamer a Dilthey entraña todo el peso en la palabra
"significado". Pues ¿cómo interpretar correctamente? Mi opinión
personal es que la historia se ha perdido en su propio rumbo, tratando de
hallar una objetividad que no es posible en la medida en que, en rigor, un
documento no comporta más verosimilitud que una poesía. Poseen, eso sí,
significados diferentes, maneras de interpretar, pero nada más. Entonces
Gadamer introduce su lectura de las ciencias humanas: "[las ciencias
humanas] no esperaron nunca una 'objetividad' distinta de la que comporta toda
experiencia" (Gadamer, 69).
Si ha de
entenderse la historia de algún modo éste es como experiencia. No se trata de
experimentar el pasado, sino de experimentar la narración en la que ese pasado
está inmerso. En ese orden de ideas Ricoeur tiene razón cuando dice "la
constitución de una tradición se basa, en efecto, en la interacción entre
los dos factores de innovación y sedimentación" (Ricoeur, 14). Al
entenderse la historia como experiencia y la tradición como ese devaneo
constante entre innovación e interpretación, al hacer esto es como se llega a
"la reconfiguración de la vida por el relato" de la que habla
Ricoeur en su intento por salvar la paradoja de que las historias se narran y
la vida se vive. Gadamer parece compartir esta idea cuando dice: "la
realidad de la tradición no constituye, de hecho, un problema de conocimiento,
sino un fenómeno de apropiación espontánea y producto de contenidos
transmitidos" (Gadamer, 79)
Ahora bien, al
comienzo de este trabajo se dijo que había una intuición, y era que en Latinoamérica
se tenía necesidad de cercanía para que la historia
significara algo. Así, dicen más los cuentos de García Márquez que todos los
libros de los historiadores. Por los libros del nobel puede uno enterarse más
de la vida y costumbres costeñas en lugar de los libros de historia, y no
porque el escritor sea una autoridad. Más bien creo que lo que hace cercano a
García Marquez es su lenguaje, ese universo que construye a partir de palabras
y metáforas. Naturalmente, eso es del lado de la cercanía y se preguntará ¿y la
historia dónde queda? Mi respuesta es que depende de lo que estemos dispuestos
a escuchar y a aprender de los otros.
En efecto, acercarse a un libro de historia, a documentos antiguos y a cifras y datos puede ser lo mismo que acercarse a una novela literaria actual que trate sobre hechos anteriores, como el caso de Ursúa de William Opsina, o Cien años de soledad de Gabo. Si la intención no es aprender, si la intención no es escuchar, no tiene caso acercarse a la historia, ni podrá comprenderse la tradición. Dice Ospina en Ursúa: "tengo tantas historias para llenar las noches del resto de mi vida y busco a quien contárselas, pero ésa es mi desgracia. En estas tierras ya nadie sabe oír las historias que cuento" (Ospina, 2005: 14). Esto solo quiere decir que el problema no es de quién cuenta la historia sino de quien la oye y la reconstruye al releerla. Al final Ospina vuelve sobre este asunto en su nota, aclarando que "los hechos son reales y casi todos los personajes lo son también". Hace un breve recuento de lo que él inventó y lo que en realidad pasó y lo que no se sabe pero que fue posible, para reconocer la utilidad de sus charlas con historiadores como las lecturas de poemas y textos de la época para acercarse a la historia y recrearla a través de la vida de Pedro de Ursúa. El punto crucial sigue siendo saber escuchar, estar dispuesto a ello. Dice Gadamer que para comprender primero hay que estar dispuesto a dejarse decir algo, y he allí nuestro dilema con la historia. Luego, el pensador alemán afirma:
En efecto, acercarse a un libro de historia, a documentos antiguos y a cifras y datos puede ser lo mismo que acercarse a una novela literaria actual que trate sobre hechos anteriores, como el caso de Ursúa de William Opsina, o Cien años de soledad de Gabo. Si la intención no es aprender, si la intención no es escuchar, no tiene caso acercarse a la historia, ni podrá comprenderse la tradición. Dice Ospina en Ursúa: "tengo tantas historias para llenar las noches del resto de mi vida y busco a quien contárselas, pero ésa es mi desgracia. En estas tierras ya nadie sabe oír las historias que cuento" (Ospina, 2005: 14). Esto solo quiere decir que el problema no es de quién cuenta la historia sino de quien la oye y la reconstruye al releerla. Al final Ospina vuelve sobre este asunto en su nota, aclarando que "los hechos son reales y casi todos los personajes lo son también". Hace un breve recuento de lo que él inventó y lo que en realidad pasó y lo que no se sabe pero que fue posible, para reconocer la utilidad de sus charlas con historiadores como las lecturas de poemas y textos de la época para acercarse a la historia y recrearla a través de la vida de Pedro de Ursúa. El punto crucial sigue siendo saber escuchar, estar dispuesto a ello. Dice Gadamer que para comprender primero hay que estar dispuesto a dejarse decir algo, y he allí nuestro dilema con la historia. Luego, el pensador alemán afirma:
Aquello que aportan la tradición viva, de una parte, y
las investigaciones históricas de otra, forma finalmente una unidad efectiva
que no sabrá ser analizada más que como red de acciones recíprocas (...) se
trata (...) de familiarizarse con el papel que desempeña la tradición en el
interior del comportamiento histórico, y de preguntarse por su productividad
hermenéutica (Gadamer, 80).
En este orden de
ideas, no solo el ejercicio hermenéutico, sino toda la relación con el mundo
depende única y exclusivamente de esa apertura y esa disposición para escuchar
a los demás. Reconozco que cuando empecé este trabajo tenía en mente una
tradición histórica formada exclusivamente por novelas y textos literarios, porque
así es como me he enterado de que Víctor Hugo dijo que la constitución de 1863
era para ángeles, o que en 1929 asesinaron a muchos colombianos de la costa
atlántica por una compañía norteamericana; que en la época de la conquista españoles practicaban crueldades con los indígenas y esclavos como cortarles los testículos, o que en la década de los 80
Medellín era una ciudad donde llovían las bombas. En suma, despreciaba los
textos propiamente históricos, no en tanto tales, sino en tanto se pretendían
objetivos. "-¿Qué objetividad puede haber allí?,-" pensaba para mis
adentros. Iba indispuesto a entender, lo cual es, desde luego, un prejuicio.
Ese prejuicio era ante todo una ingenuidad de mi parte. Ni puede despreciarse
el trabajo de los historiadores de un plumazo, ni puede despacharse el rigor de
una novela simplemente por no discurrir sobre datos estadísticos y documentos.
Al respecto el siguiente pasaje de Gadamer resulta clarificador:
la distancia temporal no es una distancia en el
sentido en el que se habla de franquear o vencer una distancia. Éste era el
prejuicio ingenuo del historicismo. Creía poder lograr el terreno de la
objetividad histórica esforzándose en colocarse en la perspectiva de una época
y penar con los conceptos y las representaciones propias de la época (Gadamer,
110).
Esta era una de
las principales objeciones que se podían esgrimir frente a la literatura como
modo de hacer historia en tanto era "deseable" una objetividad para
evitar la falsedad. Hoy en día sostener esto es muy complicado por la
diversidad de interpretaciones y porque, en el fondo, hemos aprendido a ver la
historia sin buenos ni malos, sino como cosas que pasan. Naturalmente no se
pide ser objetivo sino verosímil. Un hombre puede narrar su vida y plagarla de
mentiras. Entre más evidentes sean éstas menos verosímil será su historia. Si
es descubierto no puede pedir que se le "reconozca" en su narración,
no puede pedir que lo narrado se corresponda con él. No puede testimoniar.
Creo que hoy en
día el problema de la historia no tiene que ver con validez o la autoridad de
quien la cuenta, sino de a qué y a quién estamos dispuestos a escuchar. No
podemos escucharlo todo. El tiempo es el oro del mundo, y hay que elegir en qué
gastarlo, qué oír, a qué prestar atención. Suponiendo que pudiéramos saberlo
todo no tendríamos que enfrentarnos a este problema. Lastimosamente no es así,
y debemos escoger qué saber, cómo acercarnos al pasado y cómo proyectamos futuro,
individual y colectivamente.
Conclusión.
Como dije, al
iniciar este trabajo despaché sin detenerme por un instante a pensar lo que
decían los historiadores y creo que fue un error del cual he dado cuenta
durante el desarrollo de este texto. Lo que creo es que no tiene por qué haber
una primacía entre literatura o historia propiamente dicha. Así pues, alguien
podrá objetar que el trabajo se cae, se quiebra en su desarrollo, desde el
título hasta la última línea. Yo creo que lo que debe entenderse es que hoy día
ya no estamos dispuestos a aceptar por verdad lo que digan los historiadores en
tanto dueños de la verdad. No estamos dispuestos a aceptar por verdad lo que
venga de una autoridad, escudado en cifras y objetividad. A eso a contribuido
la literatura, contando una historia distinta a la oficial. En ese sentido, el
ejemplo de las masacres y las víctimas es clarificador: una cosa es leer la
historia por cifras, y otra por hechos, narrados por la víctima. Sé que eso no
es literario, pero entra en la categoría de testimonio, y éste, del mismo modo
que la historia, puede ser recreado literariamente. En dicha recreación no se
presenta verdad o falsedad, sino verosimilitud, como toda buena literatura. Lo
que quizá haya que revisar sean los fundamentos de los textos, literarios o
históricos, y someterlos a una revisión hermenéutica para eliminar prejuicios y
exageraciones. Esa es tarea del lector-espectador, en su ejercicio de
complementación y en calidad de co-partícipe de una historia a la que, de todos
modos, pertenecemos, de una u otra manera. Podemos, al fin y al cabo,
contribuir al desarrollo de esa historia, o seguir siendo espectadores.
Bibliografía.
- Ricoeur, Paul (2006). La vida: un relato en busca de narrador. Edición en línea disponible en: http://201.147.150.252:8080/jspui/bitstream/123456789/1066/1/Ricoeur.pdf (Consultado el 22 de marzo de 2012).
- Gadamer, Hans-Georg (2007). El problema de la conciencia histórica. Madrid. Editorial Tecnos.
- Moreno Durán, R-H (1996). De la barbarie a la imaginación: la experiencia leída. Bogotá: Editorial Ariel.
- Gómez Valderrama, Pedro. (1983) La otra raya del tigre. Bogotá: Editorial la oveja negra.
- Ricoeur, Paul. Del texto a la acción. (2010) Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
- Ospina, William (2005). Ursúa. Bogotá. Alfaguara.