miércoles, 23 de mayo de 2012

Vamos a contar la historia antes de que lleguen los historiadores.



"...el pasado no es algo fijo e inalterable.
Con fe y voluntad lo podemos cambiar,
no borrando su oscuridad, sino agregándole
luces, para irlo embelleciendo cada vez más
como quien talla un diamante"
 Alejandro Jodorowsky.


En filosofía y en historia nada es casual. Todo puede ser explicado y argumentado siempre que haya un contexto que lo posibilite; eso explica cómo fueron posibles actos de barbarie en la historia, donde se explica –mas no se disculpa– lo que ocurre en el mundo. Para ello la filosofía apela a recursos y echa mano de lo que puede; fenomenología, hermenéutica, historia, artes, etc. Sin embargo, pese a la cantidad de recursos con que se cuentan, aún hay problemas que deben enfrentarse y creo válido preguntar cuál es el rol de la filosofía –más específicamente de la filosofía de la historia– en nuestro país.

En efecto la pregunta tiene que ver con la utilidad de la filosofía de la historia. ¿Qué problemas resuelve? ¿Qué preguntas responde? Si se quiere, puede decirse de la filosofía en general lo mismo que ha dicho Clifford Geertz de la antropología: ¿quién es el antropólogo para hablar por otros? El papel de los historiadores y la historia ha sido revaluado desde que Popper sostuvo que es imposible ser objetivo cuando se está inmerso en una realidad  cargada de ideologías, creencias, incluso mitos. No obstante, para aun tocar el tema con más precisión, queremos hacer el siguiente cuestionamiento: ¿puede considerarse la literatura como un modo más de hacer filosofía de la historia?

Justificación.
Creemos que la pregunta tiene validez por una razón. En Colombia –y por extensión en toda Latinoamérica– la producción literaria es mayor que la producción filosófica. O mejor, la línea que divide ambas esferas es difusa (el paradigma de este asunto es Borges), y quienes dicen que la filosofía se hace en alemán cometen un error: en Latinoamérica hacemos filosofía desde la literatura, entre otras razones porque –y me aventuro con esta afirmación– necesitamos cercanía cuando hablan sobre nuestros problemas, y qué mayor cercanía que el cuento. El ensayo es impersonal, indiferente a toda realidad; maneja su propia lógica y debe dejarse a una interpretación más o menos objetiva. No así en el cuento o la novela, donde hay matices de los asuntos en cuestión. Por esta y otras razones, y porque los latinos no somos “impersonales” es que creo que la pregunta tiene validez y pertinencia, porque tenemos muy buenos filósofos, pero nuestros escritores son geniales (sin demeritar los de otras regiones del mundo).

Hipótesis
En el fondo la pregunta reconoce cierta igualdad, cierta similitud entre filosofía y literatura. La hipótesis de la pregunta es que la filosofía es una actitud, un modo de enfrentar la vida y sus problemas, tanto teóricos como prácticos (cotidianos). Eso para decir dos cosas: 1) una actitud cambia dependiendo de la situación, en consecuencia, no hay razón para casarse con una escuela, un método filosófico en la medida en que este no es capaz de dar cuenta de todo lo que ocurre. 2) El concepto literario equiparable al de actitud es el de estilo. En efecto, el estilo literario no es la marca con que se reconoce a un autor, sino la asertividad del lenguaje que emplee para expresar lo que tiene que ser expresado.

Con estas dos ideas en mente la validez de la pregunta tiene que ver con dos cosas: en primer lugar, con lo que es la historia de la filosofía y su utilidad; en segundo lugar, si puede considerarse a la literatura como un modo de hacer filosofía de la historia en la medida en que pese a ser dos ramas del pensamiento diferentes, la última ha echado mano de la primera muchas veces. Históricamente quien rompió definitivamente la brecha existente entre filosofía y literatura es Nietzsche, y por esa razón, dirá Deleuze en Diferencia y repetición[1] que es desde entonces que los filósofos han debido recurrir a nuevos métodos de expresión: el cine, la pintura, etc.

Sin embargo, como de estos temas es mejor no hablar en abstracto, trabajaremos el presente trabajo en dos niveles. En el primero de ellos se empleará la novela La otra raya del tigre del colombiano Pedro Gómez Valderrama, intentando explorar un poco mejor este asunto. Se hará un breve análisis de la novela a luz de los problemas de análisis que de ella pueden desprenderse para luego ver cómo entra o no entra la filosofía de la historia en este asunto. En un segundo nivel ahondaremos en el aspecto teórico de lo que la filosofía de la historia aporta. En este orden de ideas el libro base será El problema de la conciencia histórica de Hans George Gadamer, aunque no será el único que se emplee. En esta primera entrega se realizará toda la primera parte, dejando la segunda como un anexo que entregaré en los próximos días.

Primera Parte
“We all derive from the same source.
There is no mystery about the origin of things.
 We are all part of creation, all kings, all poets, all musicians;
we have only to open up, only to discover what is already there".
Henry Miller

I
Lo que hace literaria la obra de Valderrama no es precisamente el hecho de ser una obra "histórica" en el sentido más amplio del término. Creo que ni siquiera se debe a la narración de cierto modo ficcional sobre la vida de un hombre extranjero en tierra colombiana. Creo que lo que hace literaria la obra de Valderrama es esa capacidad de, a partir de esa historia, proyectar varios problemas que en esa época y aun hoy siguen sucediendo, con las mismas consecuencias y en los mismos términos (alquiler de tierras, productos nacionales supeditados a mercados internacionales, expropiación, etc.) Para un análisis lúcido de este asunto es que la novela de Valderrama no debería -al menos en primera instancia- reducirse a los amoríos de Geo Von Lengerke, que son parte de la historia, pero que hacen que se pierda de vista otros horizontes de análisis que pueden iluminar mejor la novela la otra raya del tigre. En efecto -y a título personal- creo que la gran magia de la literatura, en todas sus versiones -cuento, novela, ensayo, poesía, etc.-, es la capacidad de hacer que quien lee redimensione lo que sabe y vea nuevos horizontes. Las cosas valen lo que se las hace valer, por eso los libros no valen lo mismo para todos ni significan lo mismo para todos. Así, hoy vengo con este libro bajo el brazo y unas consideraciones, o hipótesis de consideraciones, aisladas, inconexas, pero de cierta manera lúcidas.

La riqueza de la obra de Valderrama se puede explotar más a la luz de un problema que en Colombia viene desde la misma Independencia: la posesión de la tierra. ¿A quién le pertenece? ¿Qué valor tiene? ¿Cómo se arrienda la tierra? Lengerke llega a Santander con cartas de recomendación del gobierno alemán y se le facilitan préstamos, prevendas. En relativamente poco tiempo se vuelve un contratista del Estado y expande sus negocios de sombreros y café a otras áreas, con visión expansionista como un buen europeo, viendo caminos donde nadie se atrevería a hacerlos. Allí hay un paralelo con la vorágine, o quizá un homenaje, donde la selva no es, en modo alguno, pasiva, sino que ataca a los hombres que la cortan. Sin embargo Lengerke es el clásico héroe literario que encarna muchos valores, ideales de fuerza, decisión, valentía, etc. Y así, haciéndose camino por donde pasa se vuelve contratista del Estado soberano de Santander, que le cede tierras y le encarga contratos para hacer vías, puentes, etc.

Sin embargo el país está en formación. Eso solo significa que no hay nada garantizado y que las guerras civiles constantemente se repiten, haciendo muy difícil el cumplimiento de dichos contratos. Los clásicos partidos políticos liberal y conservador, cada uno a su modo y con sus métodos van disputándose el poder y el control del Estado, buscando centralizar o federalizar según sea el caso, redactando constituciones y tratando de formar la nación. Como el alemán no tiene que ver en ese asunto y es un comerciante lo más recomendable es hacerse a un lado del conflicto y sonreír para todos lados.

“Frecuentemente verá usted que se presentan golpes, revoluciones, todas las cosas propias de una nación que apenas comienza. Todo eso hay que asumirlo con calma y filosofía. Seguramente va a pasarle como a mí, que cuando se presentan esos casos nunca los entiendo completamente porque me parece que ambos bandos pelean por lo mismo. Aunque verdaderamente no parecía así, dados los extremos a que llegan. Mi consejo en relación con esto, es que no se mezcle, que mantenga su condición de extranjero; igual con todos, de todos amigos. De lo contrario, pueden venirle muchos dolores de cabeza”. (1983: 168)

Es así como Lengerke se sostiene al margen de las guerras civiles, aunque sintiendo cierta simpatía por los liberales: "Lengerke tenía cierta proclividad por los liberales, le fascinaba verlos actuar, oírlos repetir a su ídolo, Murillo Toro, evangelizar sus ideas liberales (la educación no es problema del Estado sino de la iniciativa de los ciudadanos, las vías de comunicación deben hacerlas los particulares, el gobierno debe sentirse lo menos posible...) (1983: 174)" Sin embargo siempre ajeno, busca el favor político del grupo que sea más retardatario porque es lo que a él le conviene. En ese sentido él no está de acuerdo con que Santander se vuelva un departamento más, y ahí viene una complicación. Una cesión de tierras dada a él por parte del Estado santandereano le fue arrebatada por una constitución nueva que desconocía ese pacto. ¿No suena esto familiar? El problema -en general- de las tierras en Colombia parece venir de esos años. Si miramos hoy la situación actual del país a propósito de una ley de restitución de tierras y reparación de víctimas bastante positiva en sus objetivos:

La presente ley tiene por objeto establecer un conjunto de medidas judiciales, administrativas, sociales y económicas, individuales y colectivas, en beneficio de las víctimas de las violaciones contempladas en el artículo 3º de la presente ley, dentro de un marco de justicia transicional, que posibiliten hacer efectivo el goce de sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación con garantía de no repetición, de modo que se reconozca su condición de víctimas y se dignifique a través de la materialización de sus derechos constitucionales.

A la luz de la novela de Valderrama vemos que Colombia es un territorio en disputa desde el mismo día de la Independencia. Hay que ver con qué lucidez Valderrama señala un problema que no es nuevo, y es la renta de la tierra a extranjeros con todas las comodidades ofrecidas por el Estado.

Luego del problemático asunto de la guerra, Lengerke reconoce que se vino con su prole "sin ningún plan" de devolverle al entonces Estado soberano de Santander todo lo que le había dado. En plena guerra hay una disputa y es mantener los actuales departamentos como estados soberanos o, por otro lado, unificarlos. Ahí brillan nombres: Jose Hilario Lopez, Manuel Murillo Toro, Antonio Nariño..., todos los protagonistas de la historia colombiana y que tuvieron que ver de una u otra medida con este delicado asunto que era la repartición del país, la formación teórica y práctica de lo que es Colombia.

Mientras se busca la manera legal de lograr dicha repartición hay que ir haciendo negocios. Y esta es la tierra de "El dorado", o como se denomina ahora, el país del Sagrado Corazón. Así el mito ha revivido a distintas versiones -como todo mito- y cuando fue la riqueza del oro, luego fue la riqueza de su fauna. En el caso de Lengerke, el dorado era la quina. Nuevamente la genialidad y lucidez de Valderrama no es recordar que la quina fue codiciada y fue un negocio lucrativo, sino su recreación de una situación que se ha repetido una y otra vez: un producto que cae en manos de los precios internacionales, que fue lo que, en definitiva, llevó a la ruina económica a Lengerke.

Ahora bien, no voy a negar acá que ese universo de lo político sea el grueso de la novela, que alterna con pasajes muy melancólicos y situaciones bastante solitarias de los personajes, empezando por el propio Lengerke. Las afirmaciones que acá se hacen no son más que hipótesis sobre la manera de plantear un problema en forma de literatura, no queriendo con ello significar que sea esa la única manera, o que lo único que nos deba interesar de la novela sea el asunto de cómo era el Estado colombiano en el siglo XIX. Es solo que se puede perder muchas cosas por ver solo a Lengerke como el mujeriego empedernido que fue. Ejemplo de ello son las hermosas reflexiones que hace Valderrama sobre la guerra, y ese símil con el ajedrez y el teatro:

Alguien, recordó el abuelo, habló convenientemente de que la representación teatral es una manera de hacer justicia. Como lo es la guerra, pensó, como lo matemático y cerebral de las guerras del poder(...) en el escenario del teatro continúa la guerra; y la guerra baja de él a las calles, las batallas de cartón del teatro tienen mucha más vida insospechada que la que sus mismos autores pensaron (...) y el teatro, el ajederez y la guerra son predestinación, están preconcebidos, no hacen otra cosa quedesarrollar esquemas lógicos que en muchas ocasiones no son distintos de racionalizaciones del absurdo (1983: 183)

En última instancia la novela es un pequeño universo, una narración que se ubica en un tiempo y un espacio para poder ser narrada y que desde ahí proyecta una visión de mundo, como diría Ricoeur en sus largas disquisiciones sobre la narración y la vida narrada. Salvar la distancia -es decir mantenerla- entre la intención del autor y la recepción del lector es un hallazgo fundamental que la filosofía le aporta constantemente a la literatura; no es que la literatura no lo supiera ya, es que la filosofía le da un sustento teórico, una razón, un por qué ha de ser así. Ahora, el universo creado por Pedro Gómez Valderrama es abierto a interpretación y, en definitiva, busca señalar un camino.

II
Con dicha reseña contada a grandes rasgos, queremos significar que la historia, en cuanto filosofía, no es -no debe solamente ser- un asunto del pasado. Es decir, Ricoeur intuye correctamente que la vida como narración no es solo contar sino también proyectar, lo que explica la necesidad de un pro-yecto. Así pues la historia no es solo un asunto de contar lo sucedido, sino de contarlo y reinterpretarlo, recrearlo, hacerlo visible y real para todos, y es ahí donde la hipótesis que tenemos es que la historia se estanca y da lugar a la afirmación nietzscheana “estamos enfermos de historia”. De hecho esa afirmación responde al espíritu de su época de haber hecho de la historia una ciencia, un resultado llevado a cabo por los alemanes y traído a colación por Ricoeur en su colección de trabajos titulada Del texto a la acción. Pensando en todos estos asuntos es que cabe preguntarse si acaso la historia se cuenta de una sola manera como para hacerla ciencia y si es susceptible de universalizarse.

Por otro lado, en Colombia, nos encontramos con la situación de un país que sigue en formación, algo que le sucede a Latinoamérica. Después de tantas guerras civiles aún se siguen los intentos por construir nación, y la literatura desempeña un papel que no se reduce a conocer lo ocurrido en el pasado -curiosamente leyendo la novela de Valderrama tuve la sensación de que la historia es un eterno ciclo que se repite una y otra vez-. La literatura no solo cuenta sino que acerca. No muestra, pero acerca. Se burla de los contenidos de la historia, los traiciona, los viola, pues la literatura no es “buscar el documento” como diría Goldmann alguna vez, sino solo señala.

La invitación de la literatura es a narrar pero a hacerlo con sentido. Honestamente hay una motivación que nos hace remitirnos todavía al relato oral, a la historia mágica, al cuento, que no remiten a ninguna realidad más que la que ellos mismos están inmersos. Como comunidad tenemos aún todavía muchos textos que son solo manifestaciones intelectuales pero que aún no nos acercan. De hecho, la intención de la literatura latinoamericana es expresada por varios teóricos, del cual destaco a R-H Moreno Durán, quien en su texto De la barbarie a la imaginación hace un poco de crítica literaria y sostiene que la  preocupación de escritores latinoamericanos por encontrar un “modo de ser” que se corresponda con la esencia es la tarea general de nuestra literatura, buscar esa ontología latinoamericana que, en el fondo, no es un problema menor.

Durán es insistente, y nos recuerda que la literatura latinoamericana, pese a todo, no puede reducirse a unos orígenes indígenas de los que poco se sabe sino que se intuyen cosas. No es la choza y la cabaña, dirá en un tono mordaz pero certero. Para poder añadir luego: “De todas formas, la inmadurez, la minoría de edad y apelativos afines revierten, quiérase o no, en el tema de la responsabilidad o irresponsabilidad frente a la conquista de la autonomía americana” (Moreno: 77)

La literatura es, según él, un modo de hacernos responsables a nosotros mismos, o de tomar conciencia (¡esa odiosa expresión!) de lo que somos, sin perseguir ideales ciegos, que es lo que ocurre en la novela de Valderrama a Lengerke, que vio en estas tierras la posibilidad de hacer su imperio para preguntarse al final si eso tenía algún sentido.

III
¿Qué puede una novela frente a la realidad? El valor literario de la novela de Valderrama no es precisamente su verdad o falsedad, sino su verosimilitud. El valor histórico es la capacidad de transportar al lector a una situación desde su visión. En el fondo el personaje narrador que al final del libro narra en primera persona es un hombre que se lamenta por la centralización del Estado y la eliminación de la constitución federalista de 1863. También se burla, en cierto sentido, de la apreciación que se le atribuye a Victor Hugo con su sentencia de que "esa constitución era para ángeles". Otro tanto se burla del mito del buen salvaje de Rosseau en tanto que la selva, a ojos de Lengerke, no aparece como benigna. Y mucho menos el indio, que se presenta tan peligroso como cualquier otro animal que amenaza la vida (haciendo una especie de homenaje a José Eustasio Rivera en La vorágine).

Mi experiencia frente a la novela es que despierta una curiosidad histórica por lo que ha ocurrido en el país de unos años para acá. No solo el problema de la repartición de la tierra, o de reformas agrarias, sino por ejemplo, ¿qué decía la constitución de Rionegro para ser considerada como una constitución para ángeles? Confieso que no la he leído, pero eso es algo que planeo hacer. Ahora bien, esto tiene un problema al que nos debemos enfrentar y por el cual tiene sentido la creación de la historia como ciencia, y es con respecto a la pregunta: ¿quién puede contar la historia y cómo puede contarla? Muchos dirán que las novelas literarias no tienen el rigor que se requiere para la historia. Concedo que el papel de la literatura no es contar la historia; la historia se cuenta a ella misma. La literatura son figuraciones, más o menos veraces de la historia. Se acercan o se alejan según lo que se quiera expresar. Mas en el fondo, la historia puede contarla cualquiera. Dan fe de ello los procesos de reparación de víctimas, donde cada una de esas personas tiene una historia que debe ser contada. ¿Le quita valor el que alguien se entere de esos procesos por medio de la literatura, o la pintura, o la música?

Parece que la clave del asunto está no en la narración de la historia sino en la comprensión de la historia. Lo que ofrece Ricoeur al respecto es muy significativo, no en el plano de la diferencia entre explicar y comprender, sino con su concepto de apropiación:

Por lo tanto, lo que es apropiación [Zueignung] desde un punto de vista es desapropiación desde otro. Apropiarse es conseguir que lo que era ajeno se haga propio. Aquello de lo que nos apropiamos es siempre la cosa del texto. Pero ésta sólo se convierte en algo mío si me desapropio de mí mismo para dejar que sea la cosa del texto. Entonces cambio el yo, dueño de sí mismo, por el sí mismo, discípulo del texto (Ricoeur, 2010: 53)

En el fondo lo que trato de expresar con la novela de Valderrama y lo que ocurre con la manera de entender la historia sin hacerla ciencia es esa apropiación de lo que no nos es propio, al menos directamente. Acercarse por esta vía a la historia es una manera de ver las micro-historias, o para usar el lenguaje de Ricoeur, para escuchar también el testimonio del testigo. Pongamos un ejemplo. Al término de la segunda guerra mundial, todos los sobrevivientes contaron, de uno u otro modo, su historia. Los que pudieron, como pudieron. Los dos escritores más lúcidos que leí fueron Jean Amery en más allá de la culpa y la expiación y Primo Levi en su Trilogía de Auschwitz. El primero de ellos hace una crítica fuerte a Hannah Arendt y su banalización del mal, diciendo que el mal no puede ser banal para la víctima, un asunto que la teórica política norteamericana desconoce totalmente en su análisis (a mi juicio, claro está.) Y a eso es a lo que me refiero: la historia contada desde la historia puede terminar en asuntos de cifras, de datos, de erudición, o pueden volverse un sentimiento, un recuerdo. Bueno o malo depende del ojo con que se le mire: las masacres ocurridas en nuestro país (mapiripan, bojayá, salao, trujillo...) pueden volverse un asunto de cifras, o pueden grabarse en la memoria colectiva como hechos históricos irrefutables e inolvidables. Lo mismo que los hechos "positivos" que nos hayan ocurrido (el 1-1 con Alemania, el 4-4 con Rusia por allá por los años 40 o 50 que todavía algunos recuerdan, el inolvidable 5-0 con Argentina; todas esas cosas son, en el imaginario, un asunto de cifras que ya hoy día no significa nada y que son más bien hechos para olvidar -en el sentido en que no permiten avanzar hacia otros destinos, otras metas-.)

La apuesta personal es en favor de la literatura en la medida en que esta favorece el sentimiento al hecho, la percepción a la objetividad, la conmoción al conocimiento. No se trata de un asunto de verdades expresadas con grandilocuencia y lucidez teórica, se trata de darse a entender y acercarse y acercar al lector a un hecho. Incluso el propio escritor recorre ese camino de acercamiento a su modo. En rigor, lo que está en juego no es la verdad de la historia, es la interpretación que de ella se hace, como lo entendía Nietzsche. Ahora, no puede despreciarse el trabajo de los historiadores así nada más. Lo que queremos significar es simplemente que si vamos a contar la historia, lo hagamos antes de que lleguen los historiadores.

Segunda Parte.

La segunda parte de este trabajo es, como se dijo, un análisis más teórico del problema de la historia y los que la cuentan. Trabajamos sobre textos específicos, que son El problema de la conciencia histórica de Gadamer y la vida: un relato en busca de narrador de Paul Ricoeur. ¿Qué finalidad tiene hacer historia hoy? Hace mucho que se sabe que la historia la escriben los ganadores de las guerras, los ricos o los poderosos. Los otros, los vencidos, hacen lo que podría llamarse una contrahistoria, antihistoria o, en el mejor de los casos, dan testimonio. Con dichos testimonios se pretende reconstruir la memoria de un pueblo, una nación, haciendo de cada persona un documento inalterable. Ejemplo: las masacres en Colombia en los últimos veinte años. Usar esta clase de ejemplos es odioso porque es algo que al país le duele (le debería doler) y es usar el dolor de otros para hacer reflexiones eruditas. Por eso quisiera ir más allá y decir que no se trata de si las víctimas tienen o no derecho a ser escuchadas, sino de si estamos dispuestos a escuchar esa voz. Si la historia tiene algún sentido, es ese. Y tal es la tesis que quiero defender en las siguientes líneas.

En última instancia, Ricoeur con su noción de vida narrada recoge también una noción de reconocimiento que es la aspiración del hombre. Aunque ciertamente desarrolla más y mejor esa idea en el texto de caminos del reconocimiento, aquí puede entreverse un esbozo de dicha noción. Así pues, mi tesis es que la historia, tal y como la entiende Ricoeur se debe entender como narración de una aspiración al reconocimiento de una vida. Tengo toda la libertad de narrarme, y hago lo posible por hacerlo con los elementos de que dispongo. El objetivo de ello es narrar una historia y que se me reconozca. 

Por otro lado, dice Gadamer que entiende la conciencia histórica como "el privilegio del hombre moderno de tener plenamente conciencia de la historicidad de todo presente y de la relatividad de todas las opiniones" (Gadamer, 41). Y el sentido histórico lo define como "pensar expresamente en el horizonte histórico que es coextensivo con la vida que vivimos y que hemos vivido" (43). Acá es donde surge la pregunta: ¿por qué narrar la historia? ¿Con qué objeto? No solo la historia personal, mía, sino la historia en general. Gadamer responde esta pregunta afirmando que "lo que interesa al conocimiento histórico es la univocidad: cómo esto ha podido suceder allí" (Gadamer: 50).

En el fondo lo que está en discusión es la importancia de la historia, su papel y más específicamente los actores, los que cuentan la historia. Cuando Dilthey halló que la conciencia histórica era un modo de conocerse a sí mismo creyó encontrar el fundamento de la historia, que sería ese autoconocimiento; algo sobre lo que Ricoeur llamará la atención en su recurso a Sócrates y la frase "una vida no examinada no es digna de ser vivida". Dicho autoconocimiento a autorreflexión es lo que Gadamer expone desde su lectura de Dilthey y la "filosofía de la filosofía", que se refiere a la meditación que hace cada hombre sobre sí mismo, su propia vida y el significado que ella entraña. Ahí es donde la historia tiene un lugar.

II
"Como las letras de una palabra, 
la vida y la historia 
poseen un significado". 
Dilthey.

Esta frase que le atribuye Gadamer a Dilthey entraña todo el peso en la palabra "significado". Pues ¿cómo interpretar correctamente? Mi opinión personal es que la historia se ha perdido en su propio rumbo, tratando de hallar una objetividad que no es posible en la medida en que, en rigor, un documento no comporta más verosimilitud que una poesía. Poseen, eso sí, significados diferentes, maneras de interpretar, pero nada más. Entonces Gadamer introduce su lectura de las ciencias humanas: "[las ciencias humanas] no esperaron nunca una 'objetividad' distinta de la que comporta toda experiencia" (Gadamer, 69). 

Si ha de entenderse la historia de algún modo éste es como experiencia. No se trata de experimentar el pasado, sino de experimentar la narración en la que ese pasado está inmerso. En ese orden de ideas Ricoeur tiene razón cuando dice "la constitución de una tradición se basa, en efecto, en la interacción entre los dos factores de innovación y sedimentación" (Ricoeur, 14). Al entenderse la historia como experiencia y la tradición como ese devaneo constante entre innovación e interpretación, al hacer esto es como se llega a "la reconfiguración de la vida por el relato" de la que habla Ricoeur en su intento por salvar la paradoja de que las historias se narran y la vida se vive. Gadamer parece compartir esta idea cuando dice: "la realidad de la tradición no constituye, de hecho, un problema de conocimiento, sino un fenómeno de apropiación espontánea y producto de contenidos transmitidos" (Gadamer, 79)

Ahora bien, al comienzo de este trabajo se dijo que había una intuición, y era que en Latinoamérica se tenía necesidad de cercanía para que la historia significara algo. Así, dicen más los cuentos de García Márquez que todos los libros de los historiadores. Por los libros del nobel puede uno enterarse más de la vida y costumbres costeñas en lugar de los libros de historia, y no porque el escritor sea una autoridad. Más bien creo que lo que hace cercano a García Marquez es su lenguaje, ese universo que construye a partir de palabras y metáforas. Naturalmente, eso es del lado de la cercanía y se preguntará ¿y la historia dónde queda? Mi respuesta es que depende de lo que estemos dispuestos a escuchar y a aprender de los otros. 


En efecto, acercarse a un libro de historia, a documentos antiguos y a cifras y datos puede ser lo mismo que acercarse a una novela literaria actual que trate sobre hechos anteriores, como el caso de Ursúa de William Opsina, o Cien años de soledad de Gabo. Si la intención no es aprender, si la intención no es escuchar, no tiene caso acercarse a la historia, ni podrá comprenderse la tradición. Dice Ospina en Ursúa: "tengo tantas historias para llenar las noches del resto de mi vida y busco a quien contárselas, pero ésa es mi desgracia. En estas tierras ya nadie sabe oír las historias que cuento" (Ospina, 2005: 14). Esto solo quiere decir que el problema no es de quién cuenta la historia sino de quien la oye y la reconstruye al releerla. Al final Ospina vuelve sobre este asunto en su nota, aclarando que "los hechos son reales y casi todos los personajes lo son también". Hace un breve recuento de lo que él inventó y lo que en realidad pasó y lo que no se sabe pero que fue posible, para reconocer la utilidad de sus charlas con historiadores como las lecturas de poemas y textos de la época para acercarse a la historia y recrearla a través de la vida de Pedro de Ursúa. El punto crucial sigue siendo saber escuchar, estar dispuesto a ello. Dice Gadamer que para comprender primero hay que estar dispuesto a dejarse decir algo, y he allí nuestro dilema con la historia. Luego, el pensador alemán afirma:

Aquello que aportan la tradición viva, de una parte, y las investigaciones históricas de otra, forma finalmente una unidad efectiva que no sabrá ser analizada más que como red de acciones recíprocas (...) se trata (...) de familiarizarse con el papel que desempeña la tradición en el interior del comportamiento histórico, y de preguntarse por su productividad hermenéutica (Gadamer, 80).

En este orden de ideas, no solo el ejercicio hermenéutico, sino toda la relación con el mundo depende única y exclusivamente de esa apertura y esa disposición para escuchar a los demás. Reconozco que cuando empecé este trabajo tenía en mente una tradición histórica formada exclusivamente por novelas y textos literarios, porque así es como me he enterado de que Víctor Hugo dijo que la constitución de 1863 era para ángeles, o que en 1929 asesinaron a muchos colombianos de la costa atlántica por una compañía norteamericana; que en la época de la conquista españoles practicaban crueldades con los indígenas y esclavos como cortarles los testículos, o que en la década de los 80 Medellín era una ciudad donde llovían las bombas. En suma, despreciaba los textos propiamente históricos, no en tanto tales, sino en tanto se pretendían objetivos. "-¿Qué objetividad puede haber allí?,-" pensaba para mis adentros. Iba indispuesto a entender, lo cual es, desde luego, un prejuicio. Ese prejuicio era ante todo una ingenuidad de mi parte. Ni puede despreciarse el trabajo de los historiadores de un plumazo, ni puede despacharse el rigor de una novela simplemente por no discurrir sobre datos estadísticos y documentos. Al respecto el siguiente pasaje de Gadamer resulta clarificador:

la distancia temporal no es una distancia en el sentido en el que se habla de franquear o vencer una distancia. Éste era el prejuicio ingenuo del historicismo. Creía poder lograr el terreno de la objetividad histórica esforzándose en colocarse en la perspectiva de una época y penar con los conceptos y las representaciones propias de la época (Gadamer, 110).

Esta era una de las principales objeciones que se podían esgrimir frente a la literatura como modo de hacer historia en tanto era "deseable" una objetividad para evitar la falsedad. Hoy en día sostener esto es muy complicado por la diversidad de interpretaciones y porque, en el fondo, hemos aprendido a ver la historia sin buenos ni malos, sino como cosas que pasan. Naturalmente no se pide ser objetivo sino verosímil. Un hombre puede narrar su vida y plagarla de mentiras. Entre más evidentes sean éstas menos verosímil será su historia. Si es descubierto no puede pedir que se le "reconozca" en su narración, no puede pedir que lo narrado se corresponda con él. No puede testimoniar.

Creo que hoy en día el problema de la historia no tiene que ver con validez o la autoridad de quien la cuenta, sino de a qué y a quién estamos dispuestos a escuchar. No podemos escucharlo todo. El tiempo es el oro del mundo, y hay que elegir en qué gastarlo, qué oír, a qué prestar atención. Suponiendo que pudiéramos saberlo todo no tendríamos que enfrentarnos a este problema. Lastimosamente no es así, y debemos escoger qué saber, cómo acercarnos al pasado y cómo proyectamos futuro, individual y colectivamente.

Conclusión.
Como dije, al iniciar este trabajo despaché sin detenerme por un instante a pensar lo que decían los historiadores y creo que fue un error del cual he dado cuenta durante el desarrollo de este texto. Lo que creo es que no tiene por qué haber una primacía entre literatura o historia propiamente dicha. Así pues, alguien podrá objetar que el trabajo se cae, se quiebra en su desarrollo, desde el título hasta la última línea. Yo creo que lo que debe entenderse es que hoy día ya no estamos dispuestos a aceptar por verdad lo que digan los historiadores en tanto dueños de la verdad. No estamos dispuestos a aceptar por verdad lo que venga de una autoridad, escudado en cifras y objetividad. A eso a contribuido la literatura, contando una historia distinta a la oficial. En ese sentido, el ejemplo de las masacres y las víctimas es clarificador: una cosa es leer la historia por cifras, y otra por hechos, narrados por la víctima. Sé que eso no es literario, pero entra en la categoría de testimonio, y éste, del mismo modo que la historia, puede ser recreado literariamente. En dicha recreación no se presenta verdad o falsedad, sino verosimilitud, como toda buena literatura. Lo que quizá haya que revisar sean los fundamentos de los textos, literarios o históricos, y someterlos a una revisión hermenéutica para eliminar prejuicios y exageraciones. Esa es tarea del lector-espectador, en su ejercicio de complementación y en calidad de co-partícipe de una historia a la que, de todos modos, pertenecemos, de una u otra manera. Podemos, al fin y al cabo, contribuir al desarrollo de esa historia, o seguir siendo espectadores.

Bibliografía.
  • Ricoeur, Paul (2006). La vida: un relato en busca de narrador. Edición en línea disponible en: http://201.147.150.252:8080/jspui/bitstream/123456789/1066/1/Ricoeur.pdf (Consultado el 22 de marzo de 2012). 
  • Gadamer, Hans-Georg (2007). El problema de la conciencia histórica. Madrid. Editorial Tecnos.
  • Moreno Durán, R-H (1996). De la barbarie a la imaginación: la experiencia leída. Bogotá: Editorial Ariel.
  • Gómez Valderrama, Pedro. (1983) La otra raya del tigre. Bogotá: Editorial la oveja negra.
  •  Ricoeur, Paul. Del texto a la acción. (2010) Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
  • Ospina, William (2005). Ursúa. Bogotá. Alfaguara.

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