jueves, 19 de julio de 2012

Una salida estética


"Tú sabías que intentaría darte
todo lo que necesitabas
pero no puedo, porque todo
lo que sentía está roto".
The notebook - Noah

Cuando se ha dejado de escribir, retomar la pluma es perjudicial en el primer movimiento en favor de la literatura misma. Las primeras punzadas desaparecen, luego son tímidas, como rayones de quien aprende a escribir y está imitando formas y figuras. El encantamiento de leer otros que lo hacen mejor es el primer esbozo de un sentimiento de querer ser como, de querer romper lo que hay y hallar algo nuevo para el sí mismo en cuanto sujeto. Esto es lo que los filósofos llamaron fenomenología. La literatura no tiene esos problemas de definiciones: de hecho, separar la literatura de la filosofía a partir de problemas y conceptos es una torpeza. Los problemas tienen abordaje filosófico o literario. ¿Eso tiene sentido? Las categorías y los conceptos filosóficos sobre problemas filosóficos o -lo que es lo mismo en un amplio sentido- sobre obras literarias (en tanto proponen problemas filosóficos) y ¿cómo garantizar que lo que se hace es filosofía y no literatura?

Si se piensa bien, de la filosofía hacia la literatura (suponiendo que el pensamiento se divide en regiones -como dividimos el mundo en nuestros sentidos básicos-) hay una superioridad y la filosofía toma las obras literarias como recurso para proponer problemas y pensarlos. Un recurso muy sutil. Del otro lado, la literatura toma de la filosofía conceptos y los traduce a su antojo. Un ejemplo de eso es Borges, el inclasificable Borges que al leer sus cuentos no se sabe si es literatura o filosofía. Sus cuentos son filosofía transformada en situaciones. Y ese es quizá el principal problema de la filosofía. Los problemas que propone son interesantísimos pero a la hora de resolverlos no lo hace porque la tarea es para las ciencias sociales, para las ciencias exactas o para los artistas. La literatura. Ahora bien, la filosofía lleva años (por lo menos el siglo XX y finales del XIX...como mínimo) proponiendo una salida estética a las cuestiones más difíciles de tratar. Entonces los filósofos echan mano de pinturas, esculturas, música y libros literarios aparentemente sencillos y de fácil abordaje para desarrollar propuestas que la misma filosofía no debería tener en tanto tiene pretensiones de seriedad y de "cientifización", por llamarlo de algún modo.

No creemos que exista un modo de hacer filosofía, un modo de hacer literatura y un modo de universalizar eso. La conclusión de una premisa como esta es que algo así como "el pensamiento europeo" no existe en tanto europeo. Simplemente los problemas que se presentan son resueltos. Si fueran los mismos problemas en Asia y en Latinoamérica, los postulados y los desarrollos serían más o menos iguales. Pero de ahí a defender que existe un pensamiento latinoamericano, europeo, asiático, y que de ahí se desprende el modo de pensamiento es algo exagerado. El pensamiento es universal. De ahí que no podamos defender regionalismos como la identidad.

Si estamos separándonos en regiones, ¿cómo afecta eso a la literatura en tanto expresión artística? La cuestión es la siguiente. Un lugar como Colombia encuentra riquezas en historia y cultura para escribir demasiados buenos libros sin que sean necesariamente trágicos o que desarrollen los problemas del país. Cierto es que las grandes obras han tocado las principales guerras (cien años de soledad y las bananeras, la vorágine y la guerra del caucho, angosta y los terribles años ochenta, sin remedio y la represión...) del país, pero un Caicedo o un Molano no son producto de eso. Son producto de la comprensión de una cosmovisión que no distingue entre ‘lo colombiano’ y ‘lo extranjero’. Qué difícil sostener esta tesis si preguntamos por lo costeño que tiene García Márquez a la hora de escribir. Sin embargo, es posible hacerlo. García Márquez propone el problema de la soledad en el hombre: ese tema es desarrollado a su modo. Habrá otras maneras. El suicidio como opción; la alienación del sujeto, etc. Los temas son diversos y su modo de plantearlos también. Pero es el hecho de plantearlos lo que hace que los problemas deban ser resueltos. La filosofía (o los filósofos, más bien) no responden a los problemas, pero dejan la brecha para una propuesta estética, que se traduce en una acción.

Cuesta demasiado trabajo expresar estas ideas en premisas simples y con lenguaje claro y sencillo. Abordar la cuestión de lo propiamente "latinoamericano", lo "europeo" como expresiones de un ser en general es problemático. Quienes gustan de abordar los problemas a sabiendas de que las cuestiones no se acaban pueden abordar este tipo de problemas una y otra vez. Quienes, no obstante, gustan de mirar el universo (como Borges) entonces se saltan estas cuestiones para retomar el lenguaje de los mayores y hacerlo propio de un modo distinto. En consecuencia, lo último que hallamos en nuestros razonamientos es si en realidad necesitamos esa conciencia latinoamericana. Si la respuesta es sí, si acaso necesitamos resolver esta cuestión antes de enfrentarnos a temas más profundos entonces no necesitamos buscar una identidad, solo necesitamos ser lo que ya somos, pues los problemas nos definen, y dar solución a esos problemas es lo que tenemos que encontrar. Ahora bien, suponiendo que la cuestión estuviera superada y que no tuviéramos la necesidad de plantear regionalismos de toda clase, ¿cómo es que es posible un replanteamiento profundo de la vida? Lo que estamos preguntando es si somos capaces de superar capitalismos, socialismos, aparatos ideológicos de Estado, modas, culturas, diferencias e igualdades, y una vez superada nuestra propia existencia (el volar por encima de sí mismo en las alturas donde soplan los fuertes vientos) podemos replantear una salida nueva a la vida misma, que parece encerrarse en problemas de orden lógico y parece salirse de control mediante una salida ilógica (Bukowski).

La propuesta es una salida estética y no ética. La razón de esto es porque Kant propuso ya una ética (para ángeles) que no se pudo llevar a cabo pero que es fin en sí misma: actúa de modo que quieras que tus acciones se conviertan en máximas universales. Así las cosas, necesitamos una salida estética, el sueño de total creación que tuvo Estanislao Zuleta con la Edad Media, donde el pueblo era creador. Sin embargo -y acá es donde se dificultan las cosas- no puede ser un "regresar" a ese tipo de vida, en tanto no tenemos la posibilidad ni las condiciones de la Edad Media para poder asumir una postura anacrónica frente a la vida. No son solo los problemas ambientales y si la literatura o la filosofía o cualquier arte o rama del pensamiento da cuenta de ellos; no se trata de si la ciencia económica está mal formulada o de que simplemente el capitalismo no sirva y por eso debamos ir a la calle: se trata de encontrar una propuesta que niegue y que incluya a todos los seres humanos (los problemas ambientales, mal que bien nos unifican: nos atañen a todos) para traducir la teoría en una acción. ¿Cómo debemos vivir? Esta pregunta está presuponiendo, implícitamente, que deseamos seguir viviendo. Y esta intuición la tuvo Nietzsche en su concepción de la voluntad de poder, donde la vida quiere la vida, la vida quiere seguir viviendo y quiere traducirse precisamente en poder.

La división filosofía-literatura –en un tiempo tan profundamente marcada y concreta– hoy responde a problemas de tipo metodológico; la filosofía se estudia de atrás hacia adelante (se presupone que de otro modo es incomprensible) mientras que la literatura es estudiada de adelante hacia atrás (metódicamente es más práctico y podría dar mejores frutos hacerlo así; empezar por la juventud y lo contemporáneo para llegar a lo antiguo, que es donde se hallan las cuestiones escatológicas –en el más amplio sentido de la expresión–). En rigor son la misma cosa y, aún más, no es un problema de expresión. “Ambas cosas” son manifestaciones estéticas que se pretenden reveladoras –y creadoras– de realidad. Su campo común –quizá el más viejo y joven a la vez–: la poesía.

La dinámica introductoria de todo reflexión seria (rigurosa metodológica y lingüísticamente hablando) supone el paradigma de aceptación; una presentación es lo ideal para iniciar en buenos términos. Un ejemplo de ello son las presentaciones de los niños en el colegio, que no pretenden sino introducir la imagen del sujeto y el espacio donde se habituarán a estar. Ahora bien, en la filosofía el espacio son los conceptos o preceptos; allí convivimos y compartimos. El Otro, como imagen o rostro, no es un problema de la Otredad; es una trampa en la que nos pretendemos iguales en tanto posesión de rostro, cuerpo, intelecto, etc. En última instancia, eso Otro puede –incluso– ser el modo en que soy no siendo. De allí es de donde se salta hacia la esfera –o categoría filosófica– del Otro en cuanto en él soy Yo. Un espejo, al fin y al cabo. En consecuencia, la filosofía se pretende un espejo (o este preciso campo de la filosofía), un revelador, un esclarecedor de situaciones, vivencias, estado de cosas; la realidad, para resumir. Esto aclara – ¡paradójicamente! – la discusión sobre la intelección de la realidad; a saber, que no es aprehendida (ni mucho menos comprensible) desde un escritorio, un café, un argumento, una corriente filosófica. La realidad es aprehendida en ella y por ella misma; no obstante, los filósofos –que no han desconocido este punto – se proponen la realidad como objeto de estudio (algo que hay que explicar), como esa gran “no-filosofía” que posibilita, en definitiva, hacer filosofía (arte, novelas literarias, documentales, etc.) En este sentido, es lícito decir –o suponer– que la exposición de una determinada corriente filosófica sólo es un modo de entender el modo en que argumentamos, no el mundo, los hombres, ni Dios. O en lenguaje filosófico, la física, la antropología y la metafísica («15 minutos de fama»). Esa totalidad sólo es comprensible desde la filosofía y los argumentos esgrimidos en lo que se ha denominado historia y contrahistoria de la filosofía (se suponen mutuamente). Es decir, tenemos consideraciones teóricas actuales sobre lo que es determinada cosa; quizá también tengamos acceso a lo que aquella ‘cosa’ significó antes. En este lapso antes-ahora, sólo obtenemos la comprensión de los cambios de nuestra intelección.

Nota bene: uno de los problemas que más lúcidamente planteó Nietzsche fue precisamente el suponer que, lo que se sabe ahora no es ni está mejor comprendido que lo que entendían los antiguos; un problema antropológico que sitúa específicamente en la comprensión del hombre desde un solo punto de la historia (Humano demasiado humano – el pecado original de los filósofos).

lunes, 9 de julio de 2012

Seis personajes en busca de autor (Ensayo)

I
Seis personajes en busca de autor es una obra teatral que tiene dos niveles que pretenden ser uno real y otro ficcional. El primero pertenece a los actores mientras que el segundo es otorgado a los personajes. Sin embargo durante el desarrollo de la obra se irá minando esta concepción inicial al punto que son los personajes los que reclaman un reconocimiento de su identidad en cuanto tal. El argumento es el siguiente: un autor creó unos personajes, creó sus dramas, pero se negó a llevar la obra a cabo, por lo que cada personaje quedó como una historia aislada, inacabada, donde su drama se repite una y otra vez. No hacen una obra sino que juntan sus soledades. Estos personajes se dirigen a la caza de un autor que quiera "recrearlos" en cierto sentido, es decir, que quiera escuchar su historia y dejar que la cuenten. Irrumpen, pues, en el ensayo teatral de un director que está intentando el montaje de una obra del propio Pirandello.

Pirandello llama la atención sobre la especial importancia que se requiere en distinguir los personajes de los actores. Los primeros son: el padre, la madre, la hijastra, el muchacho, el niño y la niña. Los segundos son actores de una compañía teatral que se dedican al montaje y la reproducción de obras. Al comienzo, los personajes quieren hacer notar al director que nacieron personajes, que ellos son más reales -aunque ciertamente menos verdaderos- que los actores, quienes se dedican simplemente a "representar" un papel, y no más. Así pues, la trama se torna complicada al obligar al lector a mantener esa distinción entre uno y otro universo: el de la compañía teatral y el de unos personajes que quieren representar su propio drama.

Al comienzo la conversación entre el director y los personajes se torna imposible, entre otras razones por las constantes erudiciones de Pirandello, quien a veces se excede en sus referencias a lo real y lo fantasioso, dificultando aun más el trabajo. Luego de un rato de explicaciones, el director se queja argumentando que ellos le están contando una historia. El padre se defiende y dice que esa historia es lo que se presupone, es el argumento de la obra. Está, pues, contextualizando la escena. Y aquí el ingenio de Pirandello es sencillamente genial a mi entender, en tanto que el drama que ha ideado es, por sí mismo, digno de ser representado en cualquier teatro. Los personajes representan, palabras más palabras menos, el siguiente drama:

El padre se casa con la madre y tienen un hijo. La madre trabaja en una dependencia y tiene de compañero de trabajo a un hombre del que pronto se hace muy amigo, al punto de que le consulta a éste todo. El padre obliga a su esposa a irse con él, irritado de esta situación, argumentando que ella estará mejor con él. Ella, obligada y no teniendo más opciones, accede. El padre, no obstante, quiere cuidarla a la distancia, por lo que está al tanto de lo que ocurre en esa nueva familia la cual, como es natural, aumenta con otros tres hijos, que corresponden en la obra a la hijastra, el niño y la niña. El padre conoce a su hijastra y la sigue a la salida del colegio, la saluda y la niña, un tanto asustada, comenta a su madre la aparición de un extraño. La madre reconoce al vuelo de quien se trata y, por motivos y azares de la vida, la familia se retira lejos del alcance del padre. Pasan los años y el esposo actual y padre de la familia muere, dejando a su familia en la pobreza. La madre se ve obligada a trabajar como costurera para Madame Pace, quien la acoge como su empleada sólo porque tiene los ojos puestos en la hija, quien es muy bella. Madame Pace tiene un prostíbulo, y secretamente prostituye a la hija sin que la madre lo note. Hasta que sucede el encuentro fatal...entre la hijastra y el padre. Este último acudía porque se agotó de la soledad. Parece que era un cliente habitual. Entonces el drama empieza. El padre, reconociendo a su hijastra, se lamenta. La madre también. Él los acoge y los lleva a vivir a su casa, aunque su hijo, el muchacho, no esté de acuerdo. Y el drama prosigue hasta sus últimas consecuencias, pero mi recuento va hasta este punto para que el lector haga su propia lectura.

Hasta este punto los actores cuentan su historia y la obra se interrumpe -aunque no posea más que un solo acto y dos cortes dentro del mismo-. El director, interesado en la historia de los personajes, los hace entrar al camerino del teatro donde intentará clarificar detalles que le permitirán representar esa prometedora obra. Los actores, desconcertados, no saben qué decir y charlan entre ellos sobre el carácter de esos personajes. Entra el director y les pide que "actúen", lo cual es de todo punto de vista imposible porque ellos simplemente están siendo ellos mismos. El director, algo impaciente, les pide que representen su propia vida. Empiezan el padre y la hijastra en la escena en que se reencuentran. Al comienzo éste no la reconoce porque a ella no se le ve la cara porque lleva puesto un sombrero. Entonces el director los corta y pide a dos de los actores que repitan lo que acaba de ocurrir. Ellos, obedientes, lo hacen, y los personajes, viéndose tan mal representados, no pueden evitar reírse o enfadarse, según estado de ánimo. El director les dice que ellos no saben actuar y, por lo tanto, se requiere de los actores. El padre, desconcertado, intenta explicar por todas las vías posibles que aunque él no sea un actor puede perfectamente desempeñar su papel, sin lograr convencer al director. 
"El drama está en nosotros, somos nosotros; y estamos deseando impacientemente representarlo, con la urgencia de la pasión que se encierra en nosotros" (Pirandello, 1992: 114)
Finalmente el padre se rinde y deja que los malinterpreten en todo el sentido de la palabra. Entretanto la situación se torna más y más confusa conforme avanza la obra, pues los personajes no cesan de intervenir por más que lo eviten. A cada intervención de los personajes sigue una discusión sobre la naturaleza de un personaje, cualquiera que sea. Esas discusiones son bastante eruditas lo cual, en cierto sentido, le quita verosimilitud a la obra misma. Sin embargo esos momentos de erudición se combinan con otros tantos de extrema lucidez actoral de los personajes, quienes, conforme avanza la obra, se van haciendo más convincentes, al punto que parecen estar "actuando". La interpretación se ve interrumpida por las constantes peleas entre los personajes, quienes, pese a pertenecer a la misma historia, no son sino dramas aislados -debido al abandono inicial de su autor-. El padre, quien es, junto a la muchacha, el que más interviene en la obra, intenta sortear esta acusación diciendo lo siguiente:
"Cuando un personaje nace, adquiere inmediatamente una independencia tal, incluso con respecto al propio autor, que cualquier podría imaginarlo en un sinfín de situaciones en las que el autor jamás pensó presentarlo hasta adquirir incluso, a veces, un significado que el autor nunca quiso darle" (1992: 160)
Este tipo de intervenciones que parecen más las de un crítico literario que las de un personaje de una obra de teatro son las que, a mi entender ensombrecen la comedia. Sin embargo, el director sigue la de cerca la discusión, y deja de intervenir en la obra para ver cómo se desarrolla y luego él, por su cuenta, adaptarla como mejor le parezca. Desiste de la idea de ir ensayando con sus actores y empieza a ver el drama. El hijo, que no quiere actuar dice durante sus pocas intervenciones que no tiene nada que ver con todo ese asunto. Entre más lo presionan para que diga algo más se niega:
"¿cree que se puede vivir ante un espejo que, no contento con inmovilizarnos en la imagen de nuestra propia expresión, nos la ofrece además como una irreconocible mueca de nosotros mismos?" (1992: 166)
Entonces el padre, por la fuerza, pretende obligarlo a que represente la escena que ya ocurrió y que seguirá ocurriendo. Un asesinato. Entonces alguien muere y el director, estupefacto, queda con los sentidos inmovilizados, mientras los actores se dividen en dos grupos: los que creen que es un truco y los que creen que es verdad.


II
Hay varias ideas filosóficas en la obra de Pirandello. Una de las que primero se me antoja es la del eterno retorno nietzscheano que se ve expresada en la voz del padre, quien es el que más insiste en la idea de que ellos están condenados a vivir lo mismo una y otra vez. Ingenuamente cree que eso le otorga más realidad que a aquellos quienes pueden trocar su vida por otra, como sucede con un actor cualquiera. Hagan sus apuestas.

Otra idea interesante que expresa Pirandello es la de la realidad. El tránsito que hacen los personajes de la ficción a la realidad es genial, y hay varios sutiles momentos donde se expresa esto, en especial cuando se menciona que el escenario "es un lugar donde se juega a hacer las cosas de verdad". Esto recuerda que cada uno es su propio drama, actor de su propia obra, como quería Wilde. Pirandello lo logra, pero su devaneo entre escenas vívidas y valiosas y pasajes netamente eruditos y reflexivos hacen que la obra pierda por momentos la verosimilitud. Sin embargo mi apuesta personal es que vale la pena llevarla al teatro, con todas las dificultades que implica como, por ejemplo, la escenografía, o la constante e importante distinción personaje-actor

Ahora, me atrevería a decir que las ideas de Pirandello influyeron mucho en el cine. Esa fijación, por ejemplo, de Woody Allen por hacer que sus actores miraran a la cámara en varios de sus filmes son los que recuerda esta obra, adelantada, por demás, a su tiempo. Quizá la película que se me antoja que mejor retrata algo similar es Stranger than fiction, protagonizada por Will Ferrel, un hombre  promedio que sin darse cuenta es un personaje de novela. No obstante, hay algo interesante en Pirandello y que esa película no muestra. Mientras ésta última pretende mostrar la vida de un hombre aparentemente normal, que por algún extraño artificio empieza a escuchar la voz de su creador -centrando el drama en este preciso instante-, la obra de Pirandello posee, además, la genialidad de mostrar la fatalidad de una obra que por sí misma valía la pena. Quizá la historia del padrastro que acude a las prostitutas para encontrar a su hijastra allí es demasiado melodramática en nuestros días, pero como argumento vale bastante. Además de la escena del asesinato con que concluye la obra es sencillamente indescriptible. Y también la habilidad del autor para cubrir todo ese drama de una comedia en escenas que realmente harían reír. 

Para finalizar, creo que la crítica a la que alude Pirandello en el prólogo que escribió a la obra, a saber, que ponía sus propias preocupaciones morales en boca del padre era un molesto error; si bien esto es cierto -el propio Pirandello lo reconoce-, su defensa es válida en tanto argumenta lo que pone en boca de su personaje, y es que éstos adquieren independencia de sus creadores. El problema es que usa argumentos venidos de la crítica literaria (recuérdese a Bajtin sobre la libertad ideológica de los personajes dostoievskanos) en lenguaje de crítico literario. Y aunque sea vano discutirle a un artista por qué usó los materiales y elementos que usó, es válido, para este caso, plantearse la pregunta de si ideas tan complejas como las que pretende mostrar el autor italiano deben decirse o si, más bien, deben indicarse, insinuarse...



Bibliografía.
Pirandello, L (1992) Seis personajes en busca de autor. Ediciones Cátedra. Madrid.

miércoles, 4 de julio de 2012

Ideas


Hace mucho pensé en escribir un texto que, espero, sea este que al fin me atrevo a escribir. En rigor, escribí muchas ideas en la mente, lo que me hizo pensar cosas pero nunca aclararlas, lo que al fin y al cabo es lo mismo que nada. Entonces...este texto supone una “propuesta” de ideas políticas y económicas. Debo aclarar que esto no son “teorías”. No pretendo esbozar teorías serias y rígidas, construcciones conceptuales. Son simplemente opiniones. Y la razón de esto es que en filosofía se le da la palabra al experto. Desde la Crítica de la Razón Pura, los filósofos “no pueden permitirle a cualquiera opinar”. En mi opinión esa actitud ha ido en detrimento del propio pensamiento filosófico en tanto que en su afán de construirse de manera válida, terminan implantándose límites al pensamiento desde dentro, lo que lleva a tener bases poco seguras. Esta idea, naturalmente no es mía, es una preocupación que se encuentra bien desarrollada (aunque en un contexto totalmente diferente, a saber: la religión) en El regreso de los dioses escrito por uno de los homónimos de Fernando Pessoa, António Mora. Así pues...mis opiniones son basadas en un asunto de percepción, fundadas en la ignorancia y sin argumentar. En algunos casos son afirmaciones groseras y torpes.

***
Para que Colombia sea un país viable ya se han señalado varios problemas que deben ser resueltos, a nivel general (de Estado y de administración); otros, a nivel personal (cultura). Quizá el que más se mencionó en los últimos años fue este último, pues se supuso que resolviendo éste se resolverían los demás (hablo, desde luego, desde la perspectiva de un bogotano), suponiendo que con educación (¿en qué?) las cosas mejorarían notablemente. Lo que quiero decir es que la educación es importante, pero antes hay que responder la pregunta: ¿educación de calidad en qué? Evidentemente, resolver el problema cultural (respeto y demás) requiere educación, pero el problema no es sólo de calidad, sino de qué se enseña. Como yo lo veo, los colegios se volvieron guarderías de 7 a 3 porque los padres ya no tienen tiempo de estar con sus hijos, ni el dinero para pagar una niñera. Lo que significa que el problema no es "la educación" hablada en abstracto, esa que los profesores dicen que empieza por casa, esa de la que nadie se hace cargo, para entender que pasa por temas económicos y políticos, temas que trascienden los respectivos ministerios de hacienda y educación. El problema es mucho más grave que unos colegios públicos mediocres y unos colegios privados carísimos. Hay que ver qué se enseña, hay que trazar objetivos claros si quieren obtenerse mejores resultados a nivel internacional, no sólo académico sino social. Es decir, habrá que enseñarnos a nosotros mismos a ser humanos. En el caso colombiano, ese es el problema cultural a grandes rasgos, un problema que no es de dinero ni de oportunidades, sino de respeto.

Ahora bien, unos creen que resolviendo el problema de cultura por medio de educación generan empleo y oportunidades, mientras que otros creen que generando empleo y oportunidades resuelven el problema de cultura ciudadana y respeto. Yo me siento inclinado a pensar que la respuesta está más de esta última posición lo cual, desde luego, es arriesgado. Creo que la respuesta está del lado de los economistas y no los filósofos. Esto es así no por una esencia natural de las cosas, sino simplemente por las condiciones sociales en que se formó este país (que aun está en formación), y es que el país lo formaron abogados y economistas. Si hubiéramos sido formados en una tradición filosófica, ésta sería la del pragmatismo inglés, pero jamás el idealismo alemán, por ejemplo. De esto se desprenden un par de consecuencias que hacen que unas cosas sean aplicables y otras no. Es evidente que, cualquiera que sea el camino, se trata de construir una sociedad con bases sólidas; y en Latinoamérica, dada la tradición de explotación de los recursos por parte de extranjeros que hace que los latinoamericanos no vean en plenitud los frutos de su basta riqueza geográfica (como la repartición que se da en el amazonas), eso ha generado unas consecuencias que hacen que no se busque una cultura como tal, sino resolver otros problemas más inmediatos. De hecho, como latinoamericano, cuesta mucho hablar de cultura e identidad, porque ni podemos identificarnos con la choza y la kena a plenitud, como tampoco podemos hacerlo con la música clásica y la hamburguesa (y así tantos ejemplos cabe imaginarse).

Los escritores latinoamericanos han dedicado esfuerzos a la formación de esa cultura que busca generar identidad entre nosotros. Se verá que la globalización no es ninguna novedad del siglo XX y XXI, sino que es algo que se ha venido trabajando hace mucho rato. No obstante, mi posición es que latinoamérica es un lugar digno para vivir en el que se vive indignamente. No se trata de buscar culpables e inocentes, sino soluciones. En el caso colombiano, estas soluciones pasan por reformas a la ley, reformas a la cultura y empleo. Por ejemplo, en una entrevista Antanas Mockus decía algo parecido a que mientras la ley siga siendo tan inestable, mientras la percepción del ciudadano promedio sea que la ley es floja, se la pasan por la galleta y es variable, achacar el problema a un asunto netamente cultural es un error metodológico. Una vez la ley pruebe que puede hacerse respetar, una vez la ley pruebe su valor, ahí puede emprenderse el proceso educativo respecto a la interiorización de la ley. Antes de eso es improbable un logro real de cara a una nueva ciudadanía.

Para esto, insisto, hay que hablar con los economistas, y más aún, con los empresarios, nacionales e internacionales. Para nadie es un secreto que en últimas es en el mercado y no en el congreso donde las leyes se aprueban y se niegan, no solo en el caso Colombia, sino en el mundo. Acá quisiera resaltar que no me refiero, como se creería, a una “clase política dominante” (en el sentido tradicional, quiero decir. Muchas veces se ve que la clase política dominante se ve sometida a las reglas del mercado internacional, que parece ser ya una máquina fuera de control que sigue su propio tempo). Me refiero simplemente a a los empresarios, los banqueros, los ejecutivos que son los que manejan y apuestan el dinero de la gente en las grandes bolsas de valores del mundo (esos que se caracterizan por no salir en los medios masivos, ni apoyar a ningún político en campaña: esos eternos desconocidos, esas sombras de personas que poseen cantidades enormes de dinero; esos que todos saben quienes son y sin embargo, parecen pertenecer al anonimato). Mi posición al respecto es clara: un banco es necesario para una economía sana. Lo que hay que buscar no es la eliminación del banco, sino la regulación de las ganancias (lucro, para hablar como economista) que genera el dinero que cada persona aporta. Cada año los bancos registran y registran ganancias y no dan ninguna ventaja o reconocimiento a los usuarios, que son, en últimas, los dueños de la plata. Sin embargo, basta con que se declaren en crisis para que el gobierno “tome medidas”, lo que significa un apoyo a los bancos, inversión, impuestos, etc. Y el proceso se repite. Como se ve, no es el honorable congreso ni el senado el que toma la decisión, es el banco. Así que si se quiere un cambio realmente serio, hay que hablar con los dueños de los bancos, con los dueños de las empresas y de la industria y desde allí generar no sólo política económica, sino economía ciudadana (si es que eso algo significa).

[Siento en el ambiente una intención muy característica de los humanistas a pensar que lo que hay que hacer con los sistemas económicos (léase capitalismo, socialismo, o lo que sea) es humanizarlos. Yo creo que esa misma intención fue la que llevó a descubrir a Marx que el hombre se vuelve un bien, que se le instrumentaliza y se vuelve fuerza de trabajo. Entonces corregir el error sería “humanizar” el asunto. Lo que pasa es que no han logrado ponerse de acuerdo en qué es lo humano y qué no lo es, entre otras razones porque definir eso implica, directamente, una consecuencia altamente peligrosa: quitarle humanidad a lo que probablemente la tenga (si por ejemplo digo que "lo humano" es el ser racional, personas con atrasos mentales no serían del todo humanas, por ejemplo. El tema ha sido ampliamente discutido en la bioética y la biopolítica. El debate, como todos, está abierto)].

Así las cosas, creo que primero hay que resolver los problemas políticos y económicos, metodológicamente hablando. Entre otras razones porque todas estas discusiones están muy bien en occidente, pero en oriente las cosas son a otro precio, especialmente en estos momentos donde la situación parece tan incierta y se está cocinando en el ambiente algo más que un fenómeno revolucionario a la americana del siglo XIX. Lo que está en juego es precisamente las condiciones sociales, económicas y políticas en que viven las personas, el asunto de las dinastías y la represión. En todo caso, como decía un profesor, la filosofía llega tarde a estos asuntos, pero podemos aventurarnos a decir que con todo occidente no tiene el derecho (por mucha ONU y Human Rights que existan) ni la autoridad moral para sentar cátedra de cómo formar sociedades.

Para ello, habrá que superar las barreras ideológicas existentes y que sólo han servido para dividir a las personas. Propongo que en el caso colombiano, en miras a un futuro país que tenga algún sentido, tendremos que considerar varios puntos, como son:

Reducción de congreso, senado y cámara de representantes. Estas instituciones son prescindibles pero pueden ser de utilidad. El pasado escándalo de la justicia lo único que consiguió fue demostrarnos que congresistas y senadores son simplemente representantes del pueblo colombiano, que si a este le place (y ojalá no le plazca) decretar que la homosexualidad es una enfermedad y debe tratarse como tal, lo puede hacer y puede hacer que se firmen leyes para eso. La cuestión no es qué tan fácil es o no sustituir las leyes -está claro que en nuestro país eso es relativamente fácil-, pero habrá que ser positivos y pensar que el hundimiento de esa escandalosa reforma sirve, básicamente, para sentar un precedente. Sin embargo, ese tire y afloje entre el presidente y el congreso, ese lanzamiento de pelota de un lado al otro sin ton ni son, sin ningún responsable claro (salvo el ex ministro de justicia que entre más pasa el tiempo más parece un idiota útil que un hombre realmente malvado como, por ejemplo, el presidente del senado -a propósito de la banalización del mal de que habla Hannah Arendt en un ámbito netamente político-). Ese tire y afloje, digo, demuestra que hay demasiados congresistas y senadores, y además, nuestro congreso y senado son de los más grandes del mundo. ¿Realmente son necesarios? Sí. ¿Todos los que están? Habrá que considerarlo.

Otro punto que hay que considerar es la manera en que está dividido el poder político, ejecutivo y judicial y quién lo ostenta. Cada quien tendrá su interpretación, pero como de esto es mejor no hablar en abstracto pongamos un ejemplo. Independientemente de lo que haya pasado, el hecho de que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, para el año 2009-2010 hayan demorado la elección de fiscal tanto como les plació, es algo escandaloso. Otro tanto ocurre con el carnaval de contratos que se celebra en el Consejo Superior de la Judicatura (del cual tengo serios motivos para creer que solo cambiará el nombre, tal y como ocurrió con el DAS, pero ningún cambio serio), donde los magistrados eligen funcionarios y los elegidos deben pagar el favor recibido, como siempre. ¿Y quien controla a los magistrados? Los honorables ostentan demasiado poder, nombran demasiados cargos, demasiados jueces y eso habrá que entrar a regularlo de una manera u otra. Repito, soy ignorante de estas cosas y probablemente esa regulación ya exista; sin embargo, ya que estamos en estas, es posible que entremos a considerar quién nombre un fiscal, o qué investidura tienen los magistrados de la corte suprema de justicia, quién los elige, etc. (Por eso digo, esto no es mi campo, es el campo de todos, habrá que hablar con los economistas, con los abogados, pero que hablen claro).

En un ambiente más global, creo necesaria una unión entre países americanos parecida a la europea, pero una unión económica. No sé si unificar la moneda o no (probablemente sí). Lo que sigue sin sonarme es esa idea romántica de Simón Bolívar y la América Soñada. Yo creo que más bien unidos de esa manera estaríamos más aptos para enfrentar, no el mundo globalizado, sino los negocios, la explotación de recursos (el amazonas ya está en la mira del mundo, y no sé por qué siento que hay unos pocos que se lo están repartiendo antes de tiempo, como por si acaso...). Eso significa que dicha unión no solo es deseable, sino necesaria, siempre que no incluya algo así como un control internacional y cada país conserve su soberanía.

Estas reflexiones son del lado del ámbito legislativo. Naturalmente que el país enfrenta otros problemas de recursos, movilidad, tlc y demás. Seguramente que estos puntos pueden ser planteados y desarrollados de mejor manera y otros ni siquiera deberían ser tenidos en cuenta. Sin embargo, lo importante es al menos tenerlos en cuenta, si es que pretendemos alcanzar la paz (esa que hay que hacer sin anunciar como dijo Mockus) y alcanzar un estado político viable.