"Tú sabías que intentaría darte
todo lo que necesitabas
pero no puedo, porque todo
lo que sentía está roto".
The notebook - Noah
Cuando se ha dejado de escribir, retomar la pluma es perjudicial en el primer movimiento en favor de la literatura misma. Las primeras punzadas desaparecen, luego son tímidas, como rayones de quien aprende a escribir y está imitando formas y figuras. El encantamiento de leer otros que lo hacen mejor es el primer esbozo de un sentimiento de querer ser como, de querer romper lo que hay y hallar algo nuevo para el sí mismo en cuanto sujeto. Esto es lo que los filósofos llamaron fenomenología. La literatura no tiene esos problemas de definiciones: de hecho, separar la literatura de la filosofía a partir de problemas y conceptos es una torpeza. Los problemas tienen abordaje filosófico o literario. ¿Eso tiene sentido? Las categorías y los conceptos filosóficos sobre problemas filosóficos o -lo que es lo mismo en un amplio sentido- sobre obras literarias (en tanto proponen problemas filosóficos) y ¿cómo garantizar que lo que se hace es filosofía y no literatura?
Si se piensa bien, de la filosofía hacia la literatura (suponiendo que el pensamiento se divide en regiones -como dividimos el mundo en nuestros sentidos básicos-) hay una superioridad y la filosofía toma las obras literarias como recurso para proponer problemas y pensarlos. Un recurso muy sutil. Del otro lado, la literatura toma de la filosofía conceptos y los traduce a su antojo. Un ejemplo de eso es Borges, el inclasificable Borges que al leer sus cuentos no se sabe si es literatura o filosofía. Sus cuentos son filosofía transformada en situaciones. Y ese es quizá el principal problema de la filosofía. Los problemas que propone son interesantísimos pero a la hora de resolverlos no lo hace porque la tarea es para las ciencias sociales, para las ciencias exactas o para los artistas. La literatura. Ahora bien, la filosofía lleva años (por lo menos el siglo XX y finales del XIX...como mínimo) proponiendo una salida estética a las cuestiones más difíciles de tratar. Entonces los filósofos echan mano de pinturas, esculturas, música y libros literarios aparentemente sencillos y de fácil abordaje para desarrollar propuestas que la misma filosofía no debería tener en tanto tiene pretensiones de seriedad y de "cientifización", por llamarlo de algún modo.
No creemos que exista un modo de hacer filosofía, un modo de hacer literatura y un modo de universalizar eso. La conclusión de una premisa como esta es que algo así como "el pensamiento europeo" no existe en tanto europeo. Simplemente los problemas que se presentan son resueltos. Si fueran los mismos problemas en Asia y en Latinoamérica, los postulados y los desarrollos serían más o menos iguales. Pero de ahí a defender que existe un pensamiento latinoamericano, europeo, asiático, y que de ahí se desprende el modo de pensamiento es algo exagerado. El pensamiento es universal. De ahí que no podamos defender regionalismos como la identidad.
Si estamos separándonos en regiones, ¿cómo afecta eso a la literatura en tanto expresión artística? La cuestión es la siguiente. Un lugar como Colombia encuentra riquezas en historia y cultura para escribir demasiados buenos libros sin que sean necesariamente trágicos o que desarrollen los problemas del país. Cierto es que las grandes obras han tocado las principales guerras (cien años de soledad y las bananeras, la vorágine y la guerra del caucho, angosta y los terribles años ochenta, sin remedio y la represión...) del país, pero un Caicedo o un Molano no son producto de eso. Son producto de la comprensión de una cosmovisión que no distingue entre ‘lo colombiano’ y ‘lo extranjero’. Qué difícil sostener esta tesis si preguntamos por lo costeño que tiene García Márquez a la hora de escribir. Sin embargo, es posible hacerlo. García Márquez propone el problema de la soledad en el hombre: ese tema es desarrollado a su modo. Habrá otras maneras. El suicidio como opción; la alienación del sujeto, etc. Los temas son diversos y su modo de plantearlos también. Pero es el hecho de plantearlos lo que hace que los problemas deban ser resueltos. La filosofía (o los filósofos, más bien) no responden a los problemas, pero dejan la brecha para una propuesta estética, que se traduce en una acción.
Cuesta demasiado trabajo expresar estas ideas en premisas simples y con lenguaje claro y sencillo. Abordar la cuestión de lo propiamente "latinoamericano", lo "europeo" como expresiones de un ser en general es problemático. Quienes gustan de abordar los problemas a sabiendas de que las cuestiones no se acaban pueden abordar este tipo de problemas una y otra vez. Quienes, no obstante, gustan de mirar el universo (como Borges) entonces se saltan estas cuestiones para retomar el lenguaje de los mayores y hacerlo propio de un modo distinto. En consecuencia, lo último que hallamos en nuestros razonamientos es si en realidad necesitamos esa conciencia latinoamericana. Si la respuesta es sí, si acaso necesitamos resolver esta cuestión antes de enfrentarnos a temas más profundos entonces no necesitamos buscar una identidad, solo necesitamos ser lo que ya somos, pues los problemas nos definen, y dar solución a esos problemas es lo que tenemos que encontrar. Ahora bien, suponiendo que la cuestión estuviera superada y que no tuviéramos la necesidad de plantear regionalismos de toda clase, ¿cómo es que es posible un replanteamiento profundo de la vida? Lo que estamos preguntando es si somos capaces de superar capitalismos, socialismos, aparatos ideológicos de Estado, modas, culturas, diferencias e igualdades, y una vez superada nuestra propia existencia (el volar por encima de sí mismo en las alturas donde soplan los fuertes vientos) podemos replantear una salida nueva a la vida misma, que parece encerrarse en problemas de orden lógico y parece salirse de control mediante una salida ilógica (Bukowski).
La propuesta es una salida estética y no ética. La razón de esto es porque Kant propuso ya una ética (para ángeles) que no se pudo llevar a cabo pero que es fin en sí misma: actúa de modo que quieras que tus acciones se conviertan en máximas universales. Así las cosas, necesitamos una salida estética, el sueño de total creación que tuvo Estanislao Zuleta con la Edad Media, donde el pueblo era creador. Sin embargo -y acá es donde se dificultan las cosas- no puede ser un "regresar" a ese tipo de vida, en tanto no tenemos la posibilidad ni las condiciones de la Edad Media para poder asumir una postura anacrónica frente a la vida. No son solo los problemas ambientales y si la literatura o la filosofía o cualquier arte o rama del pensamiento da cuenta de ellos; no se trata de si la ciencia económica está mal formulada o de que simplemente el capitalismo no sirva y por eso debamos ir a la calle: se trata de encontrar una propuesta que niegue y que incluya a todos los seres humanos (los problemas ambientales, mal que bien nos unifican: nos atañen a todos) para traducir la teoría en una acción. ¿Cómo debemos vivir? Esta pregunta está presuponiendo, implícitamente, que deseamos seguir viviendo. Y esta intuición la tuvo Nietzsche en su concepción de la voluntad de poder, donde la vida quiere la vida, la vida quiere seguir viviendo y quiere traducirse precisamente en poder.
La división filosofía-literatura –en un tiempo tan profundamente marcada y concreta– hoy responde a problemas de tipo metodológico; la filosofía se estudia de atrás hacia adelante (se presupone que de otro modo es incomprensible) mientras que la literatura es estudiada de adelante hacia atrás (metódicamente es más práctico y podría dar mejores frutos hacerlo así; empezar por la juventud y lo contemporáneo para llegar a lo antiguo, que es donde se hallan las cuestiones escatológicas –en el más amplio sentido de la expresión–). En rigor son la misma cosa y, aún más, no es un problema de expresión. “Ambas cosas” son manifestaciones estéticas que se pretenden reveladoras –y creadoras– de realidad. Su campo común –quizá el más viejo y joven a la vez–: la poesía.
La dinámica introductoria de todo reflexión seria (rigurosa metodológica y lingüísticamente hablando) supone el paradigma de aceptación; una presentación es lo ideal para iniciar en buenos términos. Un ejemplo de ello son las presentaciones de los niños en el colegio, que no pretenden sino introducir la imagen del sujeto y el espacio donde se habituarán a estar. Ahora bien, en la filosofía el espacio son los conceptos o preceptos; allí convivimos y compartimos. El Otro, como imagen o rostro, no es un problema de la Otredad; es una trampa en la que nos pretendemos iguales en tanto posesión de rostro, cuerpo, intelecto, etc. En última instancia, eso Otro puede –incluso– ser el modo en que soy no siendo. De allí es de donde se salta hacia la esfera –o categoría filosófica– del Otro en cuanto en él soy Yo. Un espejo, al fin y al cabo. En consecuencia, la filosofía se pretende un espejo (o este preciso campo de la filosofía), un revelador, un esclarecedor de situaciones, vivencias, estado de cosas; la realidad, para resumir. Esto aclara – ¡paradójicamente! – la discusión sobre la intelección de la realidad; a saber, que no es aprehendida (ni mucho menos comprensible) desde un escritorio, un café, un argumento, una corriente filosófica. La realidad es aprehendida en ella y por ella misma; no obstante, los filósofos –que no han desconocido este punto – se proponen la realidad como objeto de estudio (algo que hay que explicar), como esa gran “no-filosofía” que posibilita, en definitiva, hacer filosofía (arte, novelas literarias, documentales, etc.) En este sentido, es lícito decir –o suponer– que la exposición de una determinada corriente filosófica sólo es un modo de entender el modo en que argumentamos, no el mundo, los hombres, ni Dios. O en lenguaje filosófico, la física, la antropología y la metafísica («15 minutos de fama»). Esa totalidad sólo es comprensible desde la filosofía y los argumentos esgrimidos en lo que se ha denominado historia y contrahistoria de la filosofía (se suponen mutuamente). Es decir, tenemos consideraciones teóricas actuales sobre lo que es determinada cosa; quizá también tengamos acceso a lo que aquella ‘cosa’ significó antes. En este lapso antes-ahora, sólo obtenemos la comprensión de los cambios de nuestra intelección.
Nota bene: uno de los problemas que más lúcidamente planteó Nietzsche fue precisamente el suponer que, lo que se sabe ahora no es ni está mejor comprendido que lo que entendían los antiguos; un problema antropológico que sitúa específicamente en la comprensión del hombre desde un solo punto de la historia (Humano demasiado humano – el pecado original de los filósofos).
No hay comentarios:
Publicar un comentario