Reflexiones sobre 'deshacer el
género' de Judith Butler (aproximación uno)
Judith
Butler sostiene en deshacer el género
que hay cierta dificultad insoluble en plantear una total auto-indeterminación
desde el cuerpo, en la medida en que tener cuerpo implica de antemano un
contacto con otros, a quienes desde luego no elijo (como en un metro, dice
ella) pero al que me someto. El ideal es, según Butler, hacerse la vida propia
y la de los demás llevadera en términos de posibilidades. Para ello propone un
debate sobre "lo humano". Hace una especie de antropología filosófica
al plantear el debate en los siguientes términos: hay que indeterminar lo
humano, estar dispuesto a cambiarlo, a deconstruirlo si hace falta, si con ello
logramos una vida mejor, reducimos violencia, dirá Butler. Partiendo de ese
punto se puede decir que tener cuerpo me obliga a trato con otros y a
reconocimiento. Sin embargo hay un problema: en Colombia el sujeto no aparece
sino bajo ciertas formas. Y si se trata de hacer aparecer a los sujetos el
recurso de la risa, visto con ojos de sociólogo, es perfectamente válido. Es
decir: utilizar a un personaje ficticio y presentarlo como un -valga la
redundancia- representante de un grupo bajo la forma del humor es válido aunque
sólo como primer paso. Ese recurso se ha visto en distintas series de
televisión, donde el homosexual 'aparece'
como un personaje cómico. Es una manera de 'introducir' dicha figura en la
escena pública. Mediante la risa se revierte el efecto de violencia. Aún hay
problemas con la vulnerabilidad -y seguirá habiéndolos mientras haya cuerpo,
dirá Butler- pero la ventaja es que una vez el sujeto aparece en escena
desaparecerlo es más complicado de lo que se suele creer.
Ahora
bien, en este trabajo propongo entender y afrontar el problema en dos niveles
-al menos iniciales dado que puede haber más-: 1) ley y 2) cultura. Uno de los
principales problemas en Colombia y -por extensión- de Latinoamérica (problema
que no es matera de análisis en este trabajo) es la distancia entre la ley y la
cultura. Con esto lo que se quiere señalar es lo siguiente: no hay cultura por
la ley ni, a su vez, hay leyes que rijan la cultura. Aquí hay que ser lo más
preciso posible: la cultura implica leyes, la comunidad determina lo que está y
no está permitido. Sin embargo hay dos clases de ley: la ley de la cultura -lo
que el grupo determina permitido mediante prácticas- y la ley del marco
normativo-punitivo. Las comunidades indígenas, por ejemplo, se rigen por sus
propias leyes y tienen su propia cultura. El Estado no interviene pero les hace
saber la constitución para que ellos, a su modo, interpreten y traduzcan los
códigos en sus propias penas. En nuestro país hay una distancia entre esas dos
instancias. Esa distancia genera un problema de interpretación y abordaje del
problema al que debe responderse en al menos dos niveles: 1) el marco legal,
que atañe a todas las relaciones jurídicas de las personas. El derecho que da
la constitución a un libre desarrollo de la personalidad y todo lo que eso
implica. 2) la 'guettificación' de la comunidad LGTB. Eso se traduce en
problemas prácticos como la posibilidad de pertenecer a una religión como el
cristianismo -aunque el Estado colombiano como tal no pueda hacer nada a este
respecto-, la posibilidad de aspirar a cargos públicos, entre otros.
El Estado colombiano en nombre de su soberanía puede -y debe- garantizar estos derechos que se comprometió a dar. No así en nombre de los ciudadanos y la cultura, por la distancia ley-cultura, que se traduce en un desconocimiento por parte de los ciudadanos hacia el Estado. No obstante aun si tal diferencia no existiera, en todo caso el Estado no puede arogarse para sí la facultad de hablar por sus ciudadanos, de re-presentarlos, al menos hasta cierto punto y viceversa (en el primer caso puedo no estar de acuerdo con lo que el Estado dice y auto-expatriarme; en el segundo, el Estado tiene la facultad de quitarme la ciudadanía en caso extremo: me desconoce y así lo que yo diga no es en nombre del Estado al que pertenezco). Hay, pues, un límite que marca el reconocimiento -o la correspondencia- entre los ciudadanos con el Estado. Y es allí donde la estética funciona como mediador. Primera clase: la estética puede referirse al arte pero no se limite a él en tanto que es un método y, como tal, requiere un espectador. Eso significa que no tiene un objeto de estudio delimitado. Ahora bien, por muy utópico que suene el asunto -por un lado quienes creen inviable esta postura; por el otro, quienes lo creen posible solo en virtud de una vulgarización de las representaciones estéticas- el hecho de que Molano escriba una novela en la época en que la escribió y en los términos en que lo hizo significa que el texto sí tiene capacidad de sensibilizar al 'espectador' que reclama la estética en tanto método.
En efecto, la lucidez de este asunto es la contradicción implícita en el tema. Me explico: aun un nivel donde el Estado garantiza la condición de sujeto político pero no puede obligar al reconocimiento por parte de la comunidad. Así, la ley existe y el Estado puede obligar al notario a casar a una pareja homosexual, lesbiana, transgenerista, etc., pero no puede pedirme -como ciudadano- que los reconozca como pareja. Al menos no si soy católico, por ejemplo. Es por esa razón que la reflexión de Butler va más allá al intentar superar este dilema y plantea el debate en los siguientes términos -y esa es la lucidez de la norteamericana-: ¿qué es lo humano? Responder esta pregunta puede, en definitiva, deshumanizar la vida -o lo que es peor, antropocentrizarla-. Luego en el mejor de los casos, un homosexual es un enfermo (se le patologiza). En el discurso religioso occidental está alejado de Dios (pecador); en el discurso oriental, es un infractor de la ley. Curiosamente el problema 'debe' plantearse en términos de una antropología filosófica (¿qué es lo humano?) en virtud de que son los transgeneristas, los transexuales, los que precisamente transgreden las definiciones existentes y obligan a replantear la categoría "lo" humano.
Esa trasgresión no significa ampliar el vocabulario, advierte hábilmente Butler. El problema no es de designación de nombres, sino de posibilidad. ¿Qué posibilidad queda de fantasear con otra realidad? En el fondo lo que está en juego es dicha posibilidad de transformación de lo que se considera real. Butler dirá que eso solo puede ser posible si se elimina el código rígido de la categoría “lo humano” y se vuelve más amplia, modificable, incluso si ello implica ‘no saber hacia dónde se va’. A mi entender en el terreno político una propuesta de ese estilo es inviable, pero es igualmente inviable pretender que el humano es un ‘algo’ y se le cierren las puertas a todo lo que no coincide con ese criterio. Sería como hablar de una especie de selección natural que no se sostiene ni por formas, ni por inclinaciones, gustos, raza, preferencias sexuales, etc. ¿En razón de qué?
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