jueves, 12 de abril de 2012


Disertación: sobre el uso y abuso de la filosofía del lenguaje


“El lenguaje es la sedimentación de la experiencia humana”
Husserl
Introducción
Nuestro presente estudio pretende establecer unas consideraciones alrededor de las establecidas por Teun A. Van Dijk, a saber: ¿cómo se articulan semántica y pragmática del discurso? Nuestro estudio apuesta a establecer dicha relación desde el uso y abuso de la filosofía del lenguaje, que es nuestro punto de llegada. Creemos que es posible, de la mano Van Dijk, establecer una ciencia del texto que sea capaz de dar cuenta, categorialmente, de dar cuenta de los distintos tipos de texto sin referirse a las condiciones específicas en que se da un caso específico, que sería el estudio de una ciencia particular como la semántica. 

Así, tenemos que una ciencia del texto puede hablar tanto de semántica como de pragmática en el lenguaje, o del modo de articulación de tales lenguajes en contextos específicamente literarios; el desarrollo de las teorías literarias, lingüísticas, semánticas, corresponderían a la crítica literaria, la lingüística y la semántica, respectivamente. Pero dicha posibilidad de una ciencia del texto puede ser empleada abusivamente si pretende universalizar las categorías de análisis y excluyendo los hechos que pasan, como si lo único que importara es el lenguaje y el modo en que se da. No adelantemos tesis y veamos en el desarrollo que sucede.

Ahora bien, nuestro material de trabajo son tres textos antiguos, que son: Crátilo de Platón; peri hermeneias de Aristóteles y De magistro de San Agustín. Lo que haremos será un breve recuento sobre los textos y un comentario esbozando una propuesta de análisis sobre si es lícito o no hablar de ciencia del texto en los textos mencionados. De otra parte, echaremos mano de unas pocas líneas de Rorty, Van Dijk y Terry Eagleton, para alimentar el debate que pretendemos esbozar en el presente estudio.

Crátilo
“Me resultaría aún más agradable
saber qué opinas tú mismo
sobre la exactitud de los nombres”

Durante todo el diálogo de Platón podemos intuir dos cuestiones que interesan profundamente a Platón. La primera es saber si los nombres de las cosas tienen que ver con la esencia de las cosas mismas o si son convenciones hechas entre humanos; la segunda cuestión es quién pone los nombres en caso de no ser una convención. Para explicar esto último, es preciso remitirse a las dos grandes tesis que maneja Platón en el diálogo: en efecto, o los nombres tienen relación directa con la esencia de las cosas que enuncian o definitivamente no tienen nada que ver con ella; naturalismo o convencionalismo. En el diálogo Sócrates intenta defender el naturalismo llevando a cabo unas reflexiones donde se afirma:

Por consiguiente, si ni todo es para todos igual al mismo tiempo y en todo momento, ni tampoco cada uno de los seres es distinto para cada individuo, es evidente que las cosas poseen un ser propio consistente. No tienen relación ni dependencia con nosotros ni se dejan arrastrar arriba y abajo por obra de nuestra imaginación, sino que son en sí y con relación a su propio ser conforme a su naturaleza (Crátilo: 20)

Esto se afirma desde la siguiente consideración: las cosas no pueden ser para cada cual lo que le parezcan porque ese parecer está sujeto a tiempos y espacios, y está claro que el perro sigue siendo perro hoy que mañana, lo mismo que el hombre y el animal. Y si podemos enunciar esas cosas en los diferentes tiempos, entonces no hay diferencia alguna y la esencia del perro permanece, lo que permite que podamos seguirle dando ese nombre. De esto se sigue que si cada cosa tiene su esencia, a cada esencia le corresponde un nombre específico:

Entonces, ¿acaso si uno habla como le parece que hay que hablar lo hará correctamente hablando así, o lo hará con más éxito si habla como es natural que las cosas hablen y sean habladas y con su instrumento natural, y, en caso contrario, fracasará y no conseguirá nada? (…) ¿Luego también habrá que nombrar como es natural que las cosas nombren y sean nombradas y con su instrumento natural, y no como nosotros queramos, si es que va a haber algún acuerdo en lo antes dicho? ¿Y, en tal caso, tendremos éxito y nombraremos, y, en caso contrario, no? (Crátilo: 21)

De toda esta reflexión concluye Sócrates que si el taladro es para taladrar entonces el nombre es para nombrar, lo que da la categoría de instrumento. Luego “usar bien el nombre”, dirá Sócrates, es emplear el nombre “conforme al oficio de enseñar”, algo que tiene mucha relación con Agustín en el De magistro cuando afirma que la palabra hiere al oído, en un ejercicio de recordar. Ahora bien, antes de eso, recuerda Sócrates que el nombre de las cosas es (im)puesto, independientemente de que sea una convención. El asunto se complica en tanto Sócrates sostiene que hay distancia entre el que conoce lo que fabrica y el que usa lo que se fabrica:

-SÓC. - Pues bien, ¿quién es el que va a juzgar si se encuentra en cualquier clase de madera la forma adecuada de lanzadera: el fabricante, el carpintero o el que la va a utilizar, el tejedor?
-HERM. - Es más razonable, Sócrates, que sea el que la va a utilizar. (Cratilo: 25)

Consecuentemente, afirmará Sócrates que es el legislador quien pone los nombres, pero del mismo modo que no todos los herreros trabajan igual, lo mismo con los legisladores, son los que van a usar los nombres quienes deban poner el nombre. Estos son los filósofos, que son quienes saben preguntar y responder, quienes conocen la esencia de las cosas y a quienes les es lícito imponer nombres: “Nada importa que sean unas u otras las letras que expresan el mismo significado; ni tampoco que se añada o suprima una letra con tal que siga siendo dominante la esencia de la cosa que se manifiesta en el nombre” (Crátilo: 30)

 Luego, después de un largo análisis que se encarga de averiguar el origen de muchos de los nombres, tanto de los dioses como de conceptos, Sócrates encuentra dos cosas: 1) que los nombres tienen que ver, en su mayoría, con movimiento, y en una reflexión en la que trae a colación a Heráclito y el «todo fluye» sostiene que varios de los nombres tienen que ver con movimiento, aunque dicha tesis se bloquea al momento de analizar la justicia, que no encuentra una igualdad entre todos, a diferencia de otros nombres como episteme y rema[1]. 2) es el pensamiento, de los dioses o de los nombres, el que en última instancia pone los nombres (Cratilo: 60). Por vía de dicho análisis dice Sócrates que de los nombres se sigue lo bello, mediante un juego de palabras entre «lo nominativo»  (tò kaloûn) y «las cosas bellas» (kalá). 

Esta preocupación platónica sobre el origen y uso del lenguaje nace en una concepción de éste como un instrumento que se emplea para hacer algo. Platón quiere establecer la correspondencia entre las palabras y las cosas, alguna relación ontológica que permita hallar esa unión. Sin embargo Platón no establece la pregunta por el uso correcto del lenguaje; es decir, cree que el lenguaje puede usarse bien o mal, como cualquier otro instrumento,  y es en el uso que se le dé donde su utilidad se determina. Es Aristóteles quien hace la pregunta por la estructura del lenguaje.

Peri hermeneias
“dichos por sí mismos, los verbos son nombres y significan algo
—pues  el  que  habla  detiene  el  pensamiento, 
y  el  que  escucha  descansa—,  pero
no indican en modo alguno si existe <algo> o no”.

La preocupación de Platón es sobre la exactitud de los nombres en el uso, pero Aristóteles cambia el enfoque y empieza a preguntarse por la estructura lógica de los nombres. En efecto, ambos quieren determinar el modo en que la verdad se aparece en el lenguaje, pero para ello eligen vías distintas. En el peri hermeneias, Aristóteles pretende esbozar lo que es un verbo y un nombre, y desde ahí establecer lo que es la verdad y la falsedad, la contradicción y la contrariedad, por citar unos casos. 

Ahora bien, para crear una estructura que dé cuenta de los enunciados y el modo en que dicen verdad o falsedad, Aristóteles crea la noción de posibilidad, que usa de múltiples modos. En primer lugar, a él no le interesa la pregunta de Platón por la esencia de las palabras y la relación de ésta con la esencia de las cosas; se circunscribe en el convencionalismo: 

Y, [5] así como  las  letras  no  son  las  mismas  para  todos,  tampoco  los  sonidos  son  los mismos. Ahora  bien,  aquello  de lo  que  esas  cosas  son  signos  primordialmente, las  afecciones  del  alma,  <son>  las  mismas  para  todos,  y  aquello  de  lo  que  ésta son semejanzas, las cosas, también <son> las mismas (Aristóteles: 2)

Su interés es más bien la posibilidad de decir la verdad o la falsedad: “Ahora  bien,  entonces  nada  es  ni  llega  a  ser  por  azar, ni  llega  a  ser cualquier cosa al azar, ni será o no será, sino que todas las cosas son <lo que son> por necesidad” (Aristóteles: 12) Esa oposición entre necesidad y posibilidad es la que termina por formar la pregunta de por qué la verdad es el caso sólo en el contexto de la proposición. Probablemente lo que busca el estagirita, una vez hallado el convencionalismo del lenguaje, es crear una estructura de la cual todos podamos participar para saber de qué hablamos cuando hablamos; o para hablar con su lenguaje, la semejanza de las afecciones del alma.

Con una estructura del lenguaje la cuestión no tiene que ver con saber la relación entre las palabras y las cosas, pues como él mismo afirma, un nombre y un verbo pueden significar algo pero no determinan por sí mismos si ese algo es, existe. En este orden de ideas, es lícito pensar que el estagirita también ve el lenguaje como un instrumento que podemos emplear para afirmar o negar:

Una afirmación es la aserción de algo unido a algo, y una negación es la aserción de algo separado de algo.  Ahora bien, como quiera que es posible, tanto aseverar que no se da lo que se da, como aseverar que se da lo que no se da, y de igual modo respecto a los tiempos distintos del presente, cabría negar todo lo que  uno  afirmara  y  afirmar  todo  lo  que  negara;  así  que  es  evidente  que  a  toda afirmación  se  le  opone  una  negación  y,  a  toda  negación,  una  afirmación.  Y llamemos contradicción a eso, a la afirmación y la negación opuestas; digo que se oponen la <afirmación y negación> de lo mismo acerca de lo mismo (pero no de manera homónima, ni de ninguna de las otras maneras que distinguimos contra las distorsiones sofísticas) (Aristóteles: 7)

El lenguaje tiene pues esa posibilidad; sin embargo no es una posibilidad ilimitada, y no se puede decir cualquier cosa de cualquier forma. En efecto, las posibilidades del lenguaje de expresar verdades y falsedades las explica Aristóteles con la noción de cómputo y resta, para poder perfilar la conclusión: 

Es manifiesto también que la verdadera no cabe  que  sea  contraria  a  la  verdadera,  ni  la  opinión  ni  la  contradicción;  pues  son contrarias  las  <que  versan>  sobre  los  opuestos,  y  sobre  éstos  cabe  que  la  misma <persona> hable con verdad: en cambio, no cabe que los contrarios se den a la vez en la misma cosa (Aristóteles: 30)

Desde un mismo punto de vista una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo, dirá Aristóteles. Al introducir el concepto tiempo está sosteniendo que el ser, inmutable, uno, no tiene relación con el lenguaje, variable y que habla sobre cosas también variables. Sin quererlo Aristóteles anticipa que el lenguaje tiene la habilidad de cambiar, puesto que Aristóteles confía en la necesariedad de las cosas: “De  modo  que  ni  sería  preciso deliberar ni preocuparse, <pensando> que, si hacemos tal cosa, se dará tal cosa y, si no, no se dará” (Aristóteles: 13) El uso del lenguaje en este caso es establecer las condiciones en que se enuncia la verdad; los contextos señalan si las proposiciones empleadas funcionan o no para el caso. En última instancia Aristóteles defiende una posición en la que los contextos de enunciación crean el marco sobre el que el lenguaje establece sus posibilidades en cada acto de habla. Si el contexto cambia, el modo de enunciar del lenguaje también, y para las cosas necesarias no hace falta ni siquiera pensar en qué pasaría, pero ¿cómo determinar la necesidad de las cosas y del lenguaje? 

Hasta ahora podemos decir que la necesidad del lenguaje no tiene que ver con una ontología entre la palabra y la cosa, una relación que dé cuenta de la necesidad de que la palabra sea una y que se corresponda con el ser de la cosa, ya que reconoce Aristóteles que hay distintos lenguajes, distintos sonidos y eso impide hablar del ser de las cosas desde el punto de vista lingüístico; desde el punto de vista ontológico el ser sí es necesario que sea el que es, con lo que el problema queda resuelto. Dicho problema retornará con el problema de los universales de la Edad Media.

De Magistro
“At ego puto ese quoddam genus docendi
per commemorationem, magnum sane,
quid in nostra hac sermocinatione res ipsa indicabit”.

Agustín de Hipona en su texto del maestro desarrolla una concepción del lenguaje como una herramienta del habla que se usa para enseñar (Agustín: 683). Dicha concepción puede anticiparse desde el título del texto, el cual señala la vía por la cual va la argumentación. En el primer capítulo, afirma Agustín: “Pues el que habla, muestra exteriormente el signo de su voluntad por la articulación del sonido” (Agustín, 1947: 685). Esta noción de signo es uno de los ejes centrales de todo el texto, pues son los signos los que me permiten recordar: “por medio de la locución lo que hacemos es recordar, cuando la memoria, en la que las palabras están grabadas, trae, dándoles vueltas, al espíritu las cosas mismas, de las cuales son signos las palabras” (Agustín, 1947: 687).

El signo no puede ser signo sin representar algo (Agustín: 687). Agustín afirma que toda palabra es un signo pero se ve en aprietos para sostenerlo cuando debe enfrentarse al término nihil. “Por lo tanto, [nihil] no es un signo, pues nada significa; y falsamente hemos asentado que toda palabra es signo o significa algo” (Agustín, 1947: 687). El intento por explicar cómo las palabras son signos que se representan a sí mismos cae por su propio peso en una reducción al absurdo; Agustín cree que si la función del lenguaje es enseñar, al remitirme de palabra en palabra se llega a enseñar con el ejemplo, y los signos ya no son formados a partir de palabras sino de gesticulaciones:

¿No has visto nunca cómo los hombres casi hablan gesticulando con los sordos, y los mismos sordos preguntan con el gesto no menos, responden, enseñan, indican todo lo que quieren o, por lo menos, mucho? En este caso no sólo las cosas visibles se muestran sin palabras, mas también los sonidos, los sabores y otras cosas semejantes (Agustín, 1947: 691).

 Todas las preguntas del diálogo entre Agustín y Adeodato van encaminadas al cómo enseñar, pues el aprendizaje es un recordar, una remembranza. Al respecto dice Manuel Martínez en la introducción del texto:

El alma en su esencia lleva como prefiguradas estas verdades eternas, y cuando las conoce, con la ayuda de Dios, se da cuenta de lo que ya sabía virtualmente, y, en este sentido, ella se recuerda. San Agustín conserva, por tanto, la palabra reminiscencia, vaciándola de su significación platónica para introducir una doctrina que le es propia, la de la iluminación (Agustín, 1947: 672)

Agustín señala una definición de los signos, y al mismo tiempo que lo hace quiere seguir con la pregunta de cómo enseñar algo: “Pues llamamos universalmente signos a todas las cosas que significan algo, entre las cuales contamos con las palabras” (Agustín, 1947: 701). Ya ha mostrado que se enseña con palabras, pero aquello sobre lo que se habla es algo visible, que no está en la palabra sino en el mundo, o que está en el alma cuando no hay un referente en el mundo. No obstante, si se habla de palabras, entonces Agustín explica la reciprocidad de los signos y sobre la cual establece la idea del recuerdo en el capítulo V, donde se dice:

Si esto es así, consiguientemente toda palabra es un nombre y todo nombre palabra (…) Adviertes, según creo, que todo lo que, significando algo, brota mediante la articulación de la voz, hiere el oído para despertar la sensación y se transmite a la memoria para dar conocimiento. (Agustín, 1947: 705)

Hacia una ciencia del texto
“El mundo no habla. Sólo nosotros lo hacemos.
El mundo, una vez nos hemos ajustado
al programa del lenguaje, puede hacer que
sostengamos determinadas creencias.
Pero no puede proponernos un lenguaje
para que nosotros lo hablemos.
Sólo otros seres humanos pueden hacerlo”. Rorty

La reciprocidad de significar palabras mediante palabras mismas deviene en un problema de la filosofía del lenguaje sobre los contextos de enunciación. Por esta razón es que a Van Dijk le interesa fundar una ciencia del texto sobre la cual sea posible dar cuenta de las problemáticas lingüísticas como un todo, como una “nueva ciencia interdisciplinaria” (Van Dijk, 1983: 13). Con el recuento de los textos clásicos, pese a sus diferencias podemos evidenciar que todos consideran el lenguaje como un instrumento que se desarrolla en el uso; Van Dijk no tendría problema en reconocer como cierto esto, pero el problema general es que las palabras se refieren a las palabras mismas en contextos de enunciación cada vez más específicos, lo que dificulta el estudio:

También el concepto de “estilo” se refiere al uso de la lengua, pero en este caso alude a propiedades especiales, individualizadoras, dentro de contextos sociales especiales, y a funciones y acciones/efectos especiales dentro del proceso de comunicación. Puesto que el estilo no se puede estudiar convenientemente a partir de palabras, grupos de palabras o frases individuales, ya que se refiere al enunciado lingüístico como totalidad, también en este caso sería más adecuado el marco de la ciencia del texto (Van Dijk, 1983: 18)

Estas preocupaciones tienen por referente el lenguaje mismo, sobre lo cual Van Dijk hace mención a la hora de superar las divisiones de las distintas ramas del estudio de la lengua y fundamentar su ciencia. “…la lingüística apenas se preocupa por la descripción de diferentes tipos de ‘formas de uso de la lengua’, es decir: de textos” (Van Dijk, 1983: 18). Sin embargo, queda la pregunta: ¿hasta qué punto tiene validez establecer una ciencia del texto? Van Dijk intenta establecer una categoría, un marco general de estudio de los distintos tipos de textos, lo que hace a dicha ciencia una interdisciplinariedad. En este orden de ideas, afirma que “podemos considerar la retórica como un precedente histórico de la ciencia del texto si nos fijamos en la orientación general de la retórica clásica, consistente en la descripción de textos y de sus funciones específicas” (Van Dijk, 1983: 19).

La ventaja de una ciencia del texto es la habilidad que se adquiere para dar cuenta de problemas sociales, culturales, filosóficos (por mencionar algunos de los que nombre Van Dijk) eludiendo contextos específicos, no porque no sean importantes, sino dejándolos a las teorías que puedan dar cuenta de dichos problemas con mayor exactitud: “Una de las tendencias de investigación antropológica, a saber: la ‘etnography of speaking’, se interesa principalmente por la descripción de tales coincidencias o diferencias de textos y comunicaciones en diferentes contextos culturales” (Van Dijk, 1983: 27) Y es en el contexto (en el uso y el ejercicio del lenguaje) donde pueden determinarse los límites del lenguaje. Al respecto, dice Rorty en Contingencia, ironía y solidaridad:

La tentación de buscar criterios es una especia de la tentación, más general, de pensar que el mundo, o el ser humano, poseen una naturaleza intrínseca, una esencia. Es decir, es el resultado de la tentación de privilegiar a uno de los muchos lenguajes en los que habitualmente describimos el mundo o nos describimos a nosotros mismos (…) si alguna vez logramos reconciliarnos con la idea de que la realidad es, en su mayor parte, indiferente a las descripciones que hacemos de ella, y que el yo (…) es creado por el uso de un léxico, finalmente habremos comprendido (…) que la verdad es algo que se hace más que algo que se encuentra. Lo que de verdadero tiene esa afirmación es, precisamente, que los lenguajes son hechos, y no hallados, y que la verdad es una propiedad de entidades lingüísticas, de proposiciones (Rorty, 1991: 27).

Este argumento es la reacción a posturas como las de Terry Eagleton, que desde otra perspectiva filosófica sostiene aquello contra lo que Rorty pelea, y es la suposición de una orden, de una esencia natural intrínseca a las cosas:

Cuando la ciencia contempla el mundo, lo que conoce es un espacio impersonal de causas y procesos muy independiente del sujeto y preocupantemente indiferente al valor. Pero el hecho de que por lo general podamos conocer el mundo, a pesar de lo terribles que sean las noticias que este conocimiento nos proporcione, debe ciertamente presuponer que existe algún tipo de armonía fundamental entre nosotros y él (Eagleton, 2006: 126)

Quizá el problema fundamental de la filosofía [del lenguaje] sea el plantear las cosas en dicotomías o antinomias que, excluyéndose o sintetizándose, dejan de lado muchas cosas que son importantes:

De tal modo los combates entre el romanticismo y el moralismo, entre el idealismo y el realismo continuarán en la medida en que pensemos que existe la esperanza de hallarle un sentido a la cuestión de si un lenguaje determinado es ‘adecuado’ para una tarea: para la tarea de expresar adecuadamente la naturaleza de la especie humana o para la tarea de representar de manera propia la estructura de la realidad no humana (Rorty, 1991: 31)

El intento, pues, de Van Dijk de fundar una ciencia del texto es valioso si se asume como superación de luchas ideológicas sobre temas particulares y quiénes deben tratarlo, pero es problemático si se piensa –y no faltan motivos para ello– que dicha ciencia es susceptible de ser aplicada a todos los ámbitos de la vida humana y se haga referencia sólo al modo en que entendemos el mundo desde el lenguaje. Establecer como supuesto teórico fundamental el lenguaje humano como una ciencia y el mundo como un texto por interpretar puede ser válido siempre y cuando exista una referencia directa a la experiencia humana; de lo contrario, establecer metalenguajes (y los respectivos metalenguajes de éstos) es darle al lenguaje más poder del que debe tener.

En efecto, si hicimos referencia a los antiguos fue para mostrar cómo ellos consideraban el lenguaje un objeto de estudio en sí mismo pero una herramienta de la cual nos valemos y le damos un uso específico. Sobre este uso es que debe recaer la reflexión, lo que significa el estudio de categorías, métodos, semánticas, estructuras; y es válido hacer metalenguajes, pero hay que advertir el peligro que ello implica: un uso abusivo de las categorías de análisis que terminan sin referencia. El lenguaje es la sedimentación de la experiencia humana, ¿por qué preguntar por el lenguaje que empleamos para referirnos al lenguaje sobre el cual sedimentamos nuestra experiencia? ¿No es acaso esto un vaciamiento de conceptos y de la experiencia misma, pues se intuye la posibilidad de caer en una reducción al absurdo? ¿Qué pasa si perdemos de vista el horizonte práctico de las preguntas teóricas, el lugar de referencia, el mundo que da origen a tales reflexiones…?

Bibliografía




Lo importante de esta tesis es una intuición que cobra especial vigencia en nuestros días, y es que el lenguaje es un movimiento, las palabras cambian y los contextos de significación también. Algo que dificulta -pero tiene posibilidad de enriquecer también- la comunicación.

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