martes, 17 de abril de 2012

La apariencia es casi tan importante como la esencia

 La apariencia es casi tan importante como la esencia: eso es lo que nos enseña la reciente cumbre que vivió Cartagena en estos días, donde se reunieron mandatarios a "discutir" temas de "vital importancia" aunque, como era de esperarse, no se llegara a ningún acuerdo, lo cual era previsible pues poner de acuerdo a 33 presidentes no es tarea fácil. Por eso la insistencia del presidente Santos al decir que si un país no estaba de acuerdo no se podía hacer ningún acta.

Esto ha sido motivo de críticas por parte de intelectuales y periodistas; en el fondo ellos ya conocían que esto era lo que ocurriría en una cumbre donde lo importante se discute a puerta cerrada como ocurre en política. Lo que sale a la luz es el chisme, quien jugó mejor al fútbol, quien bebió más, quien bailó, rió, se la gozó más. Y pese a lo que se crea esa apariencia tiene importancia vital; de otro modo, ¿cómo explicar la masiva creación de páginas en redes sociales donde el tema de discusión fue el traspié que sufrió Shakira?
Es probable que, después de todo, eso no sea inmadurez ni pendejada de los medios de comunicación. ¿Quién propuso el tema? ¿Cuál fue el motivo de reflexión de la cumbre? Yo creo que el escándalo con los escoltas del presidente Obama, junto con el error de Shakira y las demás picardías -por llamarlo de algún modo- que sucedieron en la cumbre nos dejan para pensar que no son solo caprichos de los medios sino de estrategia en el juego político. Naturalmente que las decisiones importantes se toman a puerta cerrada, como ocurrió con la ley Lleras y el TLC -que por cierto, pasaron bastante desapercibidos frente a la noticia del aumento de la visa norteamericana para colombianos de 5 a 10 años (algo que fue muy bien visto por todos)-. 

Hoy por hoy, como afirma el título de un artículo de la revista Semana, estamos en nuestro cuarto de hora. El cuarto de hora de la apariencia, quedando bien con todos, saliendo en la foto con la sonrisa y las amistades. Y eso es importante porque le cambia la cara al país en el exterior. De hecho, en dicho artículo se afirmaba lo siguiente: "Que el país esté de moda en estos escenarios globales no es un logro menor ni un resultado artificial, producto de la percepción o el mercadeo". Sin embargo, hay que superar el escenario de la apariencia y empezar a preguntar hacia donde se dirige el país. Pese a que es importante lo que María Jimena Duzán describe como un "show social hasta cierto punto intrascendente" lo es a ojos del público. A ojos de los directamente implicados no creo que sea así, entre otras porque se juegan reelecciones y posiciones estratégicas como líderes políticos. 

Santos hizo quedar muy bien al país en esa cumbre de la que no se pueden sacar dictámenes apresurados de triunfo o de fracaso. El marcador parcial es: Colombia está cambiando. Pero es el ciudadano de a pie, el funcionario, el trabajador, el estudiante, el artista, el opositor, el que tiene que encargarse de que la apariencia se vuelva también un asunto esencial La apariencia es importante, pero no lo es todo...que no se nos olvide.

jueves, 12 de abril de 2012


Sobre el prejuicio del culturalismo y la igualdad

Sobre el prejuicio del culturalismo habrá mucho que decir, pero en Colombia los cimientos de doctrinas de este estilo calan a fondo en el imaginario colectivo. Aún no sabemos muy bien por qué, pero todos los problemas del país parecen desprenderse del problema cultural. Y cada colombiano estará de acuerdo en desprender todos los problemas por falta de cultura. El transmilenio está muy lleno: falta de cultura. La gente se pelea: falta de cultura. Se matan en las calles: falta de cultura. Los policías son unos cerdos: falta de cultura. Los políticos son corruptos: acá no hay cultura política.

Bien, no conozco mucho de estos asuntos pero creo que quienes afirman esto están desconociendo que 1) el Estado se instituyó precisamente como un garante de seguridad con uso exclusivo y legítimo de fuerza. Obviamente a nadie le preguntan si quiere hacer parte, lo incluyen, pero tácitamente usted se puede salir, aunque asumiendo las consecuencias. 2) Sostener que todos los problemas se derivan de la cultura es suponer demasiado porque con ello lo que se está queriendo decir es que por medio de algún tipo de comunitarismo antropológico deberíamos ser capaces de vivir en comunidad, con la madurez necesaria para discutir nuestras diferencias. Lo que a su vez significa que es la educación lo que nos permitirá salir de la barbarie y "culturizarnos".

No se tienen en cuenta factores como la calidad de la educación y los medios de acceso a ella. EL país fue hecho por economistas y abogados, probablemente sean ellos y no los filósofos y los antropólogos los que tengan la respuesta  a este asunto. Pero con toda seguridad el problema no es solo de educación; vías en mal estado y pésimo transporte no son un asunto de cultura -ni siquiera política-, sino de corrupción: nuestra cultura es la de la corrupción. Sin embargo no quiero que esto suene a arenga: seguro que podemos ser mejores, pero eso será legislando, construyendo un Estado fuerte, lo que se logrará cuando dejemos de ver derechos únicamente y veamos también que hay obligaciones. Porque aquí todo el mundo habla de paz y se compromete, pero no cumple.

Por mi parte creo que es un sueño metafísico eso de vivir en comunidad pacíficamente, no porque seamos inherentemente violentos, sino por egoísmo. Es decir, las marchas, las protestas están llegando a un extremo donde si mi objetivo es llamar la atención bloqueo transmilenio, porque quiero llamar la atención, como ocurrió el lunes pasado con los trabajadores de saludcoop hacia el norte de la ciudad. Creo que quienes nos dieron ejemplo de hacer buenas marchas fueron los estudiantes el año pasado: un marcha puede ser mucho más creativa que bloquear la ciudad, entre otras razones porque el que protesta tiene tanto derecho a protestar como yo tengo el mismo derecho a no prestarle atención. O ¿estoy obligado a oír todo lo que ocurre? Si yo soy un godo, ¿no tengo también derecho a vivir acá en mi país? No quiero defender doctrinas políticas, pero hay violencia en nuestro lenguaje, y por lo tanto no me parece lícito hablar en términos de paz. Como dice les luthiers: "nuestro canto es para la paz y para la concordia...y para que se mueran los cerdos burgueses". ¡Plop!

¿Cómo contribuye la filosofía del lenguaje al planteamiento y resolución de problemas políticos y sociales?
“Este libro quiere, pues, trazar unos límites al pensamiento,
o mejor, no al pensamiento, sino a la expresión de los pensamientos;
porque para trazar un límite al pensamiento tendríamos
que ser capaces de pensar ambos lados de este límite,
y tendríamos por consiguiente que ser capaces de pensar
lo que no se puede pensar. Este límite, por lo tanto, sólo puede
ser trazado en el lenguaje y todo cuanto quede
al otro lado del límite será simplemente un sinsentido.”
Wittgenstein

I
Aunque la cuestión suena muy ruidosa –y en efecto lo es– y complicada para resolver en unas pocas páginas, y más aún, en caso de ser resuelta en el papel debe ser resuelta en la realidad, cosa bastante difícil; aun sabiendo todas estas cosas, la cuestión debe ser planteada en la medida en que nos enfrentamos a un problema real, y es la educación superior como centro de producción de conocimiento. Naturalmente esto no es nuevo y no lo invento acá, lo estoy tomando de un texto de Wlad Godzich titulado Teoría literaria y crítica de la cultura, en el que se hace el siguiente planteamiento:

la recesión económica de los años setenta y el período de alta inflación con el que se cerró esa década empujó a muchos estudiantes, y todavía más a los administradores universitarios, hacia lo que acabaría siendo conocido como el ‘Nuevo Vocacionalismo’, una concepción utilitarista de la universidad que anunciaba su actual transformación en centro de abastecimiento de la nueva fuerza productiva de la sociedad posindustrial: el conocimiento (Godzich, 1998: 9)

Godzich sostiene que es muy problemática la especialización del lenguaje al momento de comunicar conocimiento entre las distintas disciplinas, y una de las causas que señala, entre muchas otras, es entender la universidad como un centro de formación, fenómeno que fue denominado en Estados Unidos (donde centra su análisis inicial) como ‘Nuevo Vocacionalismo’. Dicho fenómeno es producto de condiciones socioeconómicas que hicieron que en los años setenta y ochenta la preocupación central del gobierno norteamericano fuera producir gente que saliera a trabajar, poniendo a la universidad a desempeñar tal rol (Godizch,1998).

Ahora bien, visto desde la filosofía del lenguaje este asunto es mucho más complicado si se tienen en cuenta algunos de los aforismos del primer Wittgenstein en su Tractatus. Al definir el lenguaje como límite, Wittgenstein asume el lenguaje también como posibilidad. Lo que no se puede pensar no se puede pensar, es lo que dice empleando una tautología. Sin embargo, si el lenguaje es el límite del mundo en tanto posee sentido, ¿qué consecuencias tiene esto en un ámbito como el descrito por Godzich, a saber, el de la especialización del lenguaje y la incomprensión entre distintos lenguajes?

Sin embargo, hay que aclarar desde dónde habla Godzich y cómo entiende el lenguaje para trasladarlo a la cuestión política. Efectivamente él se ubica desde un punto donde distingue ‘lenguaje’ de ‘cultura escrita’, siendo el primero un “mediador universal” (Godzich, p.17). En este orden de ideas, la cultura escrita la entiende como el producto de la necesidad de transmitir conocimiento de público conocimiento, siendo la cultura escrita un ámbito de dominio público; de ahí su discusión con la especialización del lenguaje, principalmente en el lenguaje político y el lenguaje del crítico literario. Luego lo dice más simple:

La existencia misma de dominios de la actividad práctica caracterizados por lenguajes especiales es legítima, de acuerdo con los principios básicos de la ideología de la cultura escrita, sólo si estos lenguajes especializados pueden ser traducidos a un lenguaje universal y si la traducción resultante es universalmente comprensible (Godizch, 1998: 17)

Si el problema se plantea así, se entiende que la crítica y teoría literaria tiene que ver mucho en la formación del lenguaje, tanto más si se tiene en cuenta que el análisis de los teóricos literarios suele ser formal, con independencia de los contenidos de los textos. Al decir de Wittgenstein, “la figura representa lo que representa, independientemente de su verdad o falsedad, por medio de la forma de figuración” (Tractatus, 2.22). En este orden de ideas no se discute la existencia del lenguaje especializado por sí mismo sino la traductibilidad de dichos lenguajes.

Con todo esto, la pregunta por el lenguaje tiene incluso que someterse a una consideración esencial y es cómo se quiere comunicar lo que se quiere comunicar, pues lenguaje no es igual a palabras. Aunque sean ellas las que permitan el pensamiento, es posible traducir ideas a imágenes, a sonidos, y en esa medida el lenguaje especializado deja de ser un problema de traductibilidad para ser un problema de instrumentalización:

mientras que uno hubiese esperado que una crisis de la cultura escrita propiciara un mayor aprecio por la multiplicidad de funciones desempeñadas por el lenguajes, sobre todo por su capacidad para codificar y transcodificar la experiencia y proporcionar directrices culturales para su interpretación, manejo y elaboración, uno se encuentra con una nueva instrumentalización del lenguaje, en la que éste es fragmentado en una multiplicidad de lenguajes autónomos, no relacionados entre sí, y en la que la competencia para adquirirlo se restringe a uno solo de ellos (Godzich, 1998: 13)
II
Ahora bien, si nos detenemos a pensar este asunto en relación con la situación actual de nuestro país frente a lo que se entiende por educación y la reforma que se propone, en últimas el problema no es la inversión de la empresa privada, sino la desaparición de la educación pública. Aunque se argumenta mal (“el país necesita poetas”, como si sólo los estudiantes de universidad pública llegaran a serlo), la discusión se está dando en niveles distintos: por un lado se entiende la desaparición de la universidad pública y, por el otro, el papel de la universidad como centro de formación de mano de obra. Quizá haya que discutir el papel de la educación técnica y tecnóloga en este sentido, pero lo que me interesa resaltar es que tanto los estudiantes como el gobierno están discutiendo en canales diferentes.

La movilización estudiantil es una expresión de una situación y, más allá de los hechos, hay una agrupación producto de una percepción general: el factor económico implícito en la reforma, que quizá no tiene que ver con el valor de la universidad pero sí con el dinero que tiene que producir el estudiante graduado al país. Dicha comprensión del asunto es producto, como lo expresa Goldzich, de un estado de cosas que posee factores de desempleo y otras cosas. De hecho este es un buen ejemplo: mientras las manifestaciones pasan ¿cómo podemos nosotros aportar a la discusión desde la filosofía del lenguaje?
Lo que la filosofía hace es ofrecer conceptos y categorías, maneras de analizar, búsqueda de métodos de expresión novedosos, ampliar horizontes. Esto no lo ignora Wittgenstein y por ello ofrece trazar “límites al pensamiento”, en la medida en que “lo que no puede decirse debe mostrarse”. Con tal afirmación quedamos susceptibles de resumir este “mostrar” a una cuestión estética: efectivamente al buscar nuevas maneras de ver, analizar e interpretar el asunto es estético en tanto creación, pero los problemas no cambian, por lo que dicha concepción puede volcarse hacia lo político y lo cultural, un intento que no tiene nada de nuevo y que puede rastrearse en Goldmann y Luckács, por ejemplo.

III
En efecto, si asumimos con Wittgenstein que el mundo son las cosas que pasan, el lenguaje no sólo nos permite referirnos a esas cosas sino producirlas. Dice Van Dijk en Texto y contexto que un hallazgo importante de la filosofía del lenguaje es precisamente descubrir que hacemos algo más que hablar cuando hablamos, precisamente porque la relación palabra-mundo es mucho más fundamental que un mero mostrar, algo que Wittgenstein resuelve con su concepto de posibilidad, donde el lenguaje deja el espacio para expresar cosas novedosas, sacándonos de decir tautologías informativas para expresar cosas en proposiciones que, verdaderas o falsas, son estructuralmente –desde el lenguaje– posibles, con independencia del contexto de enunciación, lo que permite la literatura, en última instancia:

los estudiosos de literatura se han instalado en el territorio, mucho más apreciado, del sentimiento y de la experiencia. A quién pertenezca esa experiencia y de qué clase sean esos sentimientos es cuestión aparte (Eagleton, 1988: 39)

IV
Con estas reflexiones creemos que es posible traducir las palabras a hechos prácticos, como lo hacen los estudiantes, quienes manifiestan una posición y la defienden. En esa medida el problema político y cultural es cómo el grueso de la población percibe la marcha, y principalmente, si se entiende por qué se está marchando. Este comentario lo hago porque por incomprensión y frases inconexas es que sale un señor a decir que hay que “meter voltios” a los estudiantes y que se pongan a estudiar. Por entender la movilización de ese modo es que no se resuelven las cuestiones, y en este momento la filosofía debe estar en capacidad de ofrecer respuesta, así que después de este recorrido, aquí está la mía.

La filosofía tiene la capacidad de brindar herramientas de análisis útiles al momento de discutir. Si bien es cierto que no puede entenderse la universidad como un centro de formación de mano de obra, también es cierto que en condiciones sociales como las de nuestro país no se puede vivir soñando con una sociedad educada y erudita, entre otras por la percepción que se tiene de la educación como sinónimo de pobreza; percepción fácilmente demostrable con la cotidianidad y que más allá de teorías sociológicas indican que el nivel de pobreza es alto, por lo que culturalmente estudiar no es rentable, y mucho menos si es en el área de humanidades. Ahora, en el terreno de la reforma a la educación superior el profesor Cajiao señala un problema vital, y es que por contrariar la reforma se corre el peligro de ver lo positivo que hay en ella. Y otro gran problema que señala es los recursos que sí se destinan y que son infructuosos: 

“temas como la ampliación de los tiempos de aprendizaje de los estudiantes, el aprendizaje de otros idiomas y la articulación de la educación media con la superior deben ser estudiados a fondo para convertirlos en algo más que enunciados genéricos. Algunos de estos programas ya se han iniciado y vale la pena evaluar con rigor si están siendo eficaces o si son vías de escape de cuantiosos recursos que al final no producen resultados” (Cajiao, 2011)

Dicha revisión es tarea de la ciudadanía pero la filosofía brinda las herramientas para ello, como determinar la calidad de la educación, que es un factor al que no se le ha prestado la atención necesaria y que es quizá una de las discusiones fundamentales a la reforma, y es precisamente cuántos estudiantes podrán ingresar a educación superior de calidad.

Así, los planteamientos teóricos esbozados son solo materia de análisis y la guía para resolver y asumir problemas políticos y sociales. Más allá de lo que dicen o no los autores como Wittgenstein, sus consideraciones pueden ser aplicadas a la realidad: si por ejemplo los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, en lenguaje político ¿qué significa dicha afirmación? Tal vez que los movimientos sociales, en este caso la movilización estudiantil, es un lenguaje que no dice pero que muestra. Lo que sucede es que hay que superar el inconformismo, y eso es un problema que está en el límite entre lo que puede decirse y lo que debe mostrarse, sobre todo, en la manera en que nos expresamos.

Bibliografía


Disertación: sobre el uso y abuso de la filosofía del lenguaje


“El lenguaje es la sedimentación de la experiencia humana”
Husserl
Introducción
Nuestro presente estudio pretende establecer unas consideraciones alrededor de las establecidas por Teun A. Van Dijk, a saber: ¿cómo se articulan semántica y pragmática del discurso? Nuestro estudio apuesta a establecer dicha relación desde el uso y abuso de la filosofía del lenguaje, que es nuestro punto de llegada. Creemos que es posible, de la mano Van Dijk, establecer una ciencia del texto que sea capaz de dar cuenta, categorialmente, de dar cuenta de los distintos tipos de texto sin referirse a las condiciones específicas en que se da un caso específico, que sería el estudio de una ciencia particular como la semántica. 

Así, tenemos que una ciencia del texto puede hablar tanto de semántica como de pragmática en el lenguaje, o del modo de articulación de tales lenguajes en contextos específicamente literarios; el desarrollo de las teorías literarias, lingüísticas, semánticas, corresponderían a la crítica literaria, la lingüística y la semántica, respectivamente. Pero dicha posibilidad de una ciencia del texto puede ser empleada abusivamente si pretende universalizar las categorías de análisis y excluyendo los hechos que pasan, como si lo único que importara es el lenguaje y el modo en que se da. No adelantemos tesis y veamos en el desarrollo que sucede.

Ahora bien, nuestro material de trabajo son tres textos antiguos, que son: Crátilo de Platón; peri hermeneias de Aristóteles y De magistro de San Agustín. Lo que haremos será un breve recuento sobre los textos y un comentario esbozando una propuesta de análisis sobre si es lícito o no hablar de ciencia del texto en los textos mencionados. De otra parte, echaremos mano de unas pocas líneas de Rorty, Van Dijk y Terry Eagleton, para alimentar el debate que pretendemos esbozar en el presente estudio.

Crátilo
“Me resultaría aún más agradable
saber qué opinas tú mismo
sobre la exactitud de los nombres”

Durante todo el diálogo de Platón podemos intuir dos cuestiones que interesan profundamente a Platón. La primera es saber si los nombres de las cosas tienen que ver con la esencia de las cosas mismas o si son convenciones hechas entre humanos; la segunda cuestión es quién pone los nombres en caso de no ser una convención. Para explicar esto último, es preciso remitirse a las dos grandes tesis que maneja Platón en el diálogo: en efecto, o los nombres tienen relación directa con la esencia de las cosas que enuncian o definitivamente no tienen nada que ver con ella; naturalismo o convencionalismo. En el diálogo Sócrates intenta defender el naturalismo llevando a cabo unas reflexiones donde se afirma:

Por consiguiente, si ni todo es para todos igual al mismo tiempo y en todo momento, ni tampoco cada uno de los seres es distinto para cada individuo, es evidente que las cosas poseen un ser propio consistente. No tienen relación ni dependencia con nosotros ni se dejan arrastrar arriba y abajo por obra de nuestra imaginación, sino que son en sí y con relación a su propio ser conforme a su naturaleza (Crátilo: 20)

Esto se afirma desde la siguiente consideración: las cosas no pueden ser para cada cual lo que le parezcan porque ese parecer está sujeto a tiempos y espacios, y está claro que el perro sigue siendo perro hoy que mañana, lo mismo que el hombre y el animal. Y si podemos enunciar esas cosas en los diferentes tiempos, entonces no hay diferencia alguna y la esencia del perro permanece, lo que permite que podamos seguirle dando ese nombre. De esto se sigue que si cada cosa tiene su esencia, a cada esencia le corresponde un nombre específico:

Entonces, ¿acaso si uno habla como le parece que hay que hablar lo hará correctamente hablando así, o lo hará con más éxito si habla como es natural que las cosas hablen y sean habladas y con su instrumento natural, y, en caso contrario, fracasará y no conseguirá nada? (…) ¿Luego también habrá que nombrar como es natural que las cosas nombren y sean nombradas y con su instrumento natural, y no como nosotros queramos, si es que va a haber algún acuerdo en lo antes dicho? ¿Y, en tal caso, tendremos éxito y nombraremos, y, en caso contrario, no? (Crátilo: 21)

De toda esta reflexión concluye Sócrates que si el taladro es para taladrar entonces el nombre es para nombrar, lo que da la categoría de instrumento. Luego “usar bien el nombre”, dirá Sócrates, es emplear el nombre “conforme al oficio de enseñar”, algo que tiene mucha relación con Agustín en el De magistro cuando afirma que la palabra hiere al oído, en un ejercicio de recordar. Ahora bien, antes de eso, recuerda Sócrates que el nombre de las cosas es (im)puesto, independientemente de que sea una convención. El asunto se complica en tanto Sócrates sostiene que hay distancia entre el que conoce lo que fabrica y el que usa lo que se fabrica:

-SÓC. - Pues bien, ¿quién es el que va a juzgar si se encuentra en cualquier clase de madera la forma adecuada de lanzadera: el fabricante, el carpintero o el que la va a utilizar, el tejedor?
-HERM. - Es más razonable, Sócrates, que sea el que la va a utilizar. (Cratilo: 25)

Consecuentemente, afirmará Sócrates que es el legislador quien pone los nombres, pero del mismo modo que no todos los herreros trabajan igual, lo mismo con los legisladores, son los que van a usar los nombres quienes deban poner el nombre. Estos son los filósofos, que son quienes saben preguntar y responder, quienes conocen la esencia de las cosas y a quienes les es lícito imponer nombres: “Nada importa que sean unas u otras las letras que expresan el mismo significado; ni tampoco que se añada o suprima una letra con tal que siga siendo dominante la esencia de la cosa que se manifiesta en el nombre” (Crátilo: 30)

 Luego, después de un largo análisis que se encarga de averiguar el origen de muchos de los nombres, tanto de los dioses como de conceptos, Sócrates encuentra dos cosas: 1) que los nombres tienen que ver, en su mayoría, con movimiento, y en una reflexión en la que trae a colación a Heráclito y el «todo fluye» sostiene que varios de los nombres tienen que ver con movimiento, aunque dicha tesis se bloquea al momento de analizar la justicia, que no encuentra una igualdad entre todos, a diferencia de otros nombres como episteme y rema[1]. 2) es el pensamiento, de los dioses o de los nombres, el que en última instancia pone los nombres (Cratilo: 60). Por vía de dicho análisis dice Sócrates que de los nombres se sigue lo bello, mediante un juego de palabras entre «lo nominativo»  (tò kaloûn) y «las cosas bellas» (kalá). 

Esta preocupación platónica sobre el origen y uso del lenguaje nace en una concepción de éste como un instrumento que se emplea para hacer algo. Platón quiere establecer la correspondencia entre las palabras y las cosas, alguna relación ontológica que permita hallar esa unión. Sin embargo Platón no establece la pregunta por el uso correcto del lenguaje; es decir, cree que el lenguaje puede usarse bien o mal, como cualquier otro instrumento,  y es en el uso que se le dé donde su utilidad se determina. Es Aristóteles quien hace la pregunta por la estructura del lenguaje.

Peri hermeneias
“dichos por sí mismos, los verbos son nombres y significan algo
—pues  el  que  habla  detiene  el  pensamiento, 
y  el  que  escucha  descansa—,  pero
no indican en modo alguno si existe <algo> o no”.

La preocupación de Platón es sobre la exactitud de los nombres en el uso, pero Aristóteles cambia el enfoque y empieza a preguntarse por la estructura lógica de los nombres. En efecto, ambos quieren determinar el modo en que la verdad se aparece en el lenguaje, pero para ello eligen vías distintas. En el peri hermeneias, Aristóteles pretende esbozar lo que es un verbo y un nombre, y desde ahí establecer lo que es la verdad y la falsedad, la contradicción y la contrariedad, por citar unos casos. 

Ahora bien, para crear una estructura que dé cuenta de los enunciados y el modo en que dicen verdad o falsedad, Aristóteles crea la noción de posibilidad, que usa de múltiples modos. En primer lugar, a él no le interesa la pregunta de Platón por la esencia de las palabras y la relación de ésta con la esencia de las cosas; se circunscribe en el convencionalismo: 

Y, [5] así como  las  letras  no  son  las  mismas  para  todos,  tampoco  los  sonidos  son  los mismos. Ahora  bien,  aquello  de lo  que  esas  cosas  son  signos  primordialmente, las  afecciones  del  alma,  <son>  las  mismas  para  todos,  y  aquello  de  lo  que  ésta son semejanzas, las cosas, también <son> las mismas (Aristóteles: 2)

Su interés es más bien la posibilidad de decir la verdad o la falsedad: “Ahora  bien,  entonces  nada  es  ni  llega  a  ser  por  azar, ni  llega  a  ser cualquier cosa al azar, ni será o no será, sino que todas las cosas son <lo que son> por necesidad” (Aristóteles: 12) Esa oposición entre necesidad y posibilidad es la que termina por formar la pregunta de por qué la verdad es el caso sólo en el contexto de la proposición. Probablemente lo que busca el estagirita, una vez hallado el convencionalismo del lenguaje, es crear una estructura de la cual todos podamos participar para saber de qué hablamos cuando hablamos; o para hablar con su lenguaje, la semejanza de las afecciones del alma.

Con una estructura del lenguaje la cuestión no tiene que ver con saber la relación entre las palabras y las cosas, pues como él mismo afirma, un nombre y un verbo pueden significar algo pero no determinan por sí mismos si ese algo es, existe. En este orden de ideas, es lícito pensar que el estagirita también ve el lenguaje como un instrumento que podemos emplear para afirmar o negar:

Una afirmación es la aserción de algo unido a algo, y una negación es la aserción de algo separado de algo.  Ahora bien, como quiera que es posible, tanto aseverar que no se da lo que se da, como aseverar que se da lo que no se da, y de igual modo respecto a los tiempos distintos del presente, cabría negar todo lo que  uno  afirmara  y  afirmar  todo  lo  que  negara;  así  que  es  evidente  que  a  toda afirmación  se  le  opone  una  negación  y,  a  toda  negación,  una  afirmación.  Y llamemos contradicción a eso, a la afirmación y la negación opuestas; digo que se oponen la <afirmación y negación> de lo mismo acerca de lo mismo (pero no de manera homónima, ni de ninguna de las otras maneras que distinguimos contra las distorsiones sofísticas) (Aristóteles: 7)

El lenguaje tiene pues esa posibilidad; sin embargo no es una posibilidad ilimitada, y no se puede decir cualquier cosa de cualquier forma. En efecto, las posibilidades del lenguaje de expresar verdades y falsedades las explica Aristóteles con la noción de cómputo y resta, para poder perfilar la conclusión: 

Es manifiesto también que la verdadera no cabe  que  sea  contraria  a  la  verdadera,  ni  la  opinión  ni  la  contradicción;  pues  son contrarias  las  <que  versan>  sobre  los  opuestos,  y  sobre  éstos  cabe  que  la  misma <persona> hable con verdad: en cambio, no cabe que los contrarios se den a la vez en la misma cosa (Aristóteles: 30)

Desde un mismo punto de vista una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo, dirá Aristóteles. Al introducir el concepto tiempo está sosteniendo que el ser, inmutable, uno, no tiene relación con el lenguaje, variable y que habla sobre cosas también variables. Sin quererlo Aristóteles anticipa que el lenguaje tiene la habilidad de cambiar, puesto que Aristóteles confía en la necesariedad de las cosas: “De  modo  que  ni  sería  preciso deliberar ni preocuparse, <pensando> que, si hacemos tal cosa, se dará tal cosa y, si no, no se dará” (Aristóteles: 13) El uso del lenguaje en este caso es establecer las condiciones en que se enuncia la verdad; los contextos señalan si las proposiciones empleadas funcionan o no para el caso. En última instancia Aristóteles defiende una posición en la que los contextos de enunciación crean el marco sobre el que el lenguaje establece sus posibilidades en cada acto de habla. Si el contexto cambia, el modo de enunciar del lenguaje también, y para las cosas necesarias no hace falta ni siquiera pensar en qué pasaría, pero ¿cómo determinar la necesidad de las cosas y del lenguaje? 

Hasta ahora podemos decir que la necesidad del lenguaje no tiene que ver con una ontología entre la palabra y la cosa, una relación que dé cuenta de la necesidad de que la palabra sea una y que se corresponda con el ser de la cosa, ya que reconoce Aristóteles que hay distintos lenguajes, distintos sonidos y eso impide hablar del ser de las cosas desde el punto de vista lingüístico; desde el punto de vista ontológico el ser sí es necesario que sea el que es, con lo que el problema queda resuelto. Dicho problema retornará con el problema de los universales de la Edad Media.

De Magistro
“At ego puto ese quoddam genus docendi
per commemorationem, magnum sane,
quid in nostra hac sermocinatione res ipsa indicabit”.

Agustín de Hipona en su texto del maestro desarrolla una concepción del lenguaje como una herramienta del habla que se usa para enseñar (Agustín: 683). Dicha concepción puede anticiparse desde el título del texto, el cual señala la vía por la cual va la argumentación. En el primer capítulo, afirma Agustín: “Pues el que habla, muestra exteriormente el signo de su voluntad por la articulación del sonido” (Agustín, 1947: 685). Esta noción de signo es uno de los ejes centrales de todo el texto, pues son los signos los que me permiten recordar: “por medio de la locución lo que hacemos es recordar, cuando la memoria, en la que las palabras están grabadas, trae, dándoles vueltas, al espíritu las cosas mismas, de las cuales son signos las palabras” (Agustín, 1947: 687).

El signo no puede ser signo sin representar algo (Agustín: 687). Agustín afirma que toda palabra es un signo pero se ve en aprietos para sostenerlo cuando debe enfrentarse al término nihil. “Por lo tanto, [nihil] no es un signo, pues nada significa; y falsamente hemos asentado que toda palabra es signo o significa algo” (Agustín, 1947: 687). El intento por explicar cómo las palabras son signos que se representan a sí mismos cae por su propio peso en una reducción al absurdo; Agustín cree que si la función del lenguaje es enseñar, al remitirme de palabra en palabra se llega a enseñar con el ejemplo, y los signos ya no son formados a partir de palabras sino de gesticulaciones:

¿No has visto nunca cómo los hombres casi hablan gesticulando con los sordos, y los mismos sordos preguntan con el gesto no menos, responden, enseñan, indican todo lo que quieren o, por lo menos, mucho? En este caso no sólo las cosas visibles se muestran sin palabras, mas también los sonidos, los sabores y otras cosas semejantes (Agustín, 1947: 691).

 Todas las preguntas del diálogo entre Agustín y Adeodato van encaminadas al cómo enseñar, pues el aprendizaje es un recordar, una remembranza. Al respecto dice Manuel Martínez en la introducción del texto:

El alma en su esencia lleva como prefiguradas estas verdades eternas, y cuando las conoce, con la ayuda de Dios, se da cuenta de lo que ya sabía virtualmente, y, en este sentido, ella se recuerda. San Agustín conserva, por tanto, la palabra reminiscencia, vaciándola de su significación platónica para introducir una doctrina que le es propia, la de la iluminación (Agustín, 1947: 672)

Agustín señala una definición de los signos, y al mismo tiempo que lo hace quiere seguir con la pregunta de cómo enseñar algo: “Pues llamamos universalmente signos a todas las cosas que significan algo, entre las cuales contamos con las palabras” (Agustín, 1947: 701). Ya ha mostrado que se enseña con palabras, pero aquello sobre lo que se habla es algo visible, que no está en la palabra sino en el mundo, o que está en el alma cuando no hay un referente en el mundo. No obstante, si se habla de palabras, entonces Agustín explica la reciprocidad de los signos y sobre la cual establece la idea del recuerdo en el capítulo V, donde se dice:

Si esto es así, consiguientemente toda palabra es un nombre y todo nombre palabra (…) Adviertes, según creo, que todo lo que, significando algo, brota mediante la articulación de la voz, hiere el oído para despertar la sensación y se transmite a la memoria para dar conocimiento. (Agustín, 1947: 705)

Hacia una ciencia del texto
“El mundo no habla. Sólo nosotros lo hacemos.
El mundo, una vez nos hemos ajustado
al programa del lenguaje, puede hacer que
sostengamos determinadas creencias.
Pero no puede proponernos un lenguaje
para que nosotros lo hablemos.
Sólo otros seres humanos pueden hacerlo”. Rorty

La reciprocidad de significar palabras mediante palabras mismas deviene en un problema de la filosofía del lenguaje sobre los contextos de enunciación. Por esta razón es que a Van Dijk le interesa fundar una ciencia del texto sobre la cual sea posible dar cuenta de las problemáticas lingüísticas como un todo, como una “nueva ciencia interdisciplinaria” (Van Dijk, 1983: 13). Con el recuento de los textos clásicos, pese a sus diferencias podemos evidenciar que todos consideran el lenguaje como un instrumento que se desarrolla en el uso; Van Dijk no tendría problema en reconocer como cierto esto, pero el problema general es que las palabras se refieren a las palabras mismas en contextos de enunciación cada vez más específicos, lo que dificulta el estudio:

También el concepto de “estilo” se refiere al uso de la lengua, pero en este caso alude a propiedades especiales, individualizadoras, dentro de contextos sociales especiales, y a funciones y acciones/efectos especiales dentro del proceso de comunicación. Puesto que el estilo no se puede estudiar convenientemente a partir de palabras, grupos de palabras o frases individuales, ya que se refiere al enunciado lingüístico como totalidad, también en este caso sería más adecuado el marco de la ciencia del texto (Van Dijk, 1983: 18)

Estas preocupaciones tienen por referente el lenguaje mismo, sobre lo cual Van Dijk hace mención a la hora de superar las divisiones de las distintas ramas del estudio de la lengua y fundamentar su ciencia. “…la lingüística apenas se preocupa por la descripción de diferentes tipos de ‘formas de uso de la lengua’, es decir: de textos” (Van Dijk, 1983: 18). Sin embargo, queda la pregunta: ¿hasta qué punto tiene validez establecer una ciencia del texto? Van Dijk intenta establecer una categoría, un marco general de estudio de los distintos tipos de textos, lo que hace a dicha ciencia una interdisciplinariedad. En este orden de ideas, afirma que “podemos considerar la retórica como un precedente histórico de la ciencia del texto si nos fijamos en la orientación general de la retórica clásica, consistente en la descripción de textos y de sus funciones específicas” (Van Dijk, 1983: 19).

La ventaja de una ciencia del texto es la habilidad que se adquiere para dar cuenta de problemas sociales, culturales, filosóficos (por mencionar algunos de los que nombre Van Dijk) eludiendo contextos específicos, no porque no sean importantes, sino dejándolos a las teorías que puedan dar cuenta de dichos problemas con mayor exactitud: “Una de las tendencias de investigación antropológica, a saber: la ‘etnography of speaking’, se interesa principalmente por la descripción de tales coincidencias o diferencias de textos y comunicaciones en diferentes contextos culturales” (Van Dijk, 1983: 27) Y es en el contexto (en el uso y el ejercicio del lenguaje) donde pueden determinarse los límites del lenguaje. Al respecto, dice Rorty en Contingencia, ironía y solidaridad:

La tentación de buscar criterios es una especia de la tentación, más general, de pensar que el mundo, o el ser humano, poseen una naturaleza intrínseca, una esencia. Es decir, es el resultado de la tentación de privilegiar a uno de los muchos lenguajes en los que habitualmente describimos el mundo o nos describimos a nosotros mismos (…) si alguna vez logramos reconciliarnos con la idea de que la realidad es, en su mayor parte, indiferente a las descripciones que hacemos de ella, y que el yo (…) es creado por el uso de un léxico, finalmente habremos comprendido (…) que la verdad es algo que se hace más que algo que se encuentra. Lo que de verdadero tiene esa afirmación es, precisamente, que los lenguajes son hechos, y no hallados, y que la verdad es una propiedad de entidades lingüísticas, de proposiciones (Rorty, 1991: 27).

Este argumento es la reacción a posturas como las de Terry Eagleton, que desde otra perspectiva filosófica sostiene aquello contra lo que Rorty pelea, y es la suposición de una orden, de una esencia natural intrínseca a las cosas:

Cuando la ciencia contempla el mundo, lo que conoce es un espacio impersonal de causas y procesos muy independiente del sujeto y preocupantemente indiferente al valor. Pero el hecho de que por lo general podamos conocer el mundo, a pesar de lo terribles que sean las noticias que este conocimiento nos proporcione, debe ciertamente presuponer que existe algún tipo de armonía fundamental entre nosotros y él (Eagleton, 2006: 126)

Quizá el problema fundamental de la filosofía [del lenguaje] sea el plantear las cosas en dicotomías o antinomias que, excluyéndose o sintetizándose, dejan de lado muchas cosas que son importantes:

De tal modo los combates entre el romanticismo y el moralismo, entre el idealismo y el realismo continuarán en la medida en que pensemos que existe la esperanza de hallarle un sentido a la cuestión de si un lenguaje determinado es ‘adecuado’ para una tarea: para la tarea de expresar adecuadamente la naturaleza de la especie humana o para la tarea de representar de manera propia la estructura de la realidad no humana (Rorty, 1991: 31)

El intento, pues, de Van Dijk de fundar una ciencia del texto es valioso si se asume como superación de luchas ideológicas sobre temas particulares y quiénes deben tratarlo, pero es problemático si se piensa –y no faltan motivos para ello– que dicha ciencia es susceptible de ser aplicada a todos los ámbitos de la vida humana y se haga referencia sólo al modo en que entendemos el mundo desde el lenguaje. Establecer como supuesto teórico fundamental el lenguaje humano como una ciencia y el mundo como un texto por interpretar puede ser válido siempre y cuando exista una referencia directa a la experiencia humana; de lo contrario, establecer metalenguajes (y los respectivos metalenguajes de éstos) es darle al lenguaje más poder del que debe tener.

En efecto, si hicimos referencia a los antiguos fue para mostrar cómo ellos consideraban el lenguaje un objeto de estudio en sí mismo pero una herramienta de la cual nos valemos y le damos un uso específico. Sobre este uso es que debe recaer la reflexión, lo que significa el estudio de categorías, métodos, semánticas, estructuras; y es válido hacer metalenguajes, pero hay que advertir el peligro que ello implica: un uso abusivo de las categorías de análisis que terminan sin referencia. El lenguaje es la sedimentación de la experiencia humana, ¿por qué preguntar por el lenguaje que empleamos para referirnos al lenguaje sobre el cual sedimentamos nuestra experiencia? ¿No es acaso esto un vaciamiento de conceptos y de la experiencia misma, pues se intuye la posibilidad de caer en una reducción al absurdo? ¿Qué pasa si perdemos de vista el horizonte práctico de las preguntas teóricas, el lugar de referencia, el mundo que da origen a tales reflexiones…?

Bibliografía




Lo importante de esta tesis es una intuición que cobra especial vigencia en nuestros días, y es que el lenguaje es un movimiento, las palabras cambian y los contextos de significación también. Algo que dificulta -pero tiene posibilidad de enriquecer también- la comunicación.

Reflexiones personales.

"Cuando uno escucha 'la ley del embudo'
del grupo vallenato 'Los Betos' ve el problema
del paramilitarismo expresado en el arte y el
folclore colombiano. Pero saltar de allí a la
liberación de un pueblo que nunca ha querido
ser liberado (¿de qué?) como el pueblo
colombiano es un sueño metafísico".

En latinoamérica aun sufrimos de un resentimiento endémico que se disfraza de "pensamiento crítico". Yo mismo he caído en la trampa de verme criticando a quienes celebran el día de San Valentín (y aun lo hago) en la medida en que no comprendo a quienes festejan sus razones. Pero soy capaz de entender que detrás hay intereses económicos fuertes que nada tienen que ver con capitalismos salvajes sino con egoísmo o ignorancia de los consumidores compulsivos. De hecho, si se piensa detenidamente, si se va a hablar de comunitarismo o alguna otra doctrina que se pretenda "más humana" esa doctrina tendrá que tener en cuenta que hoy día no es lícito emplear los conceptos en abstracto; por lo tanto, no se puede hablar de "consumismo" como un fenómeno de quienes compran, entre otras porque esos compradores benefician a quienes venden. El día de la mujer, San Valentin, hasta San Patricio he visto celebrando, y nada de eso es nuestro. Sin embargo ¿qué lo es?

Creo que es hora de dejar de lamentarnos por nuestros indígenas. No podemos olvidarlos y estarán presentes en nuestro idioma y nuestra conciencia; no obstante ya no hablamos quechua o alguna lengua similar ni andamos con taparabos. Es más, ¿a qué regresar? No es momento de lamentarnos porque hayan venido los españoles en lugar de los ingleses o los franceses o los alemanes. Creo que es momento de unirnos como latinoamericanos, pero no bajo ideales ingenuos y anacrónicos como "el sueño del libertador" y amparar toda una campaña política bajo la imagen de Simón Bolivar. Si dicha unión se va a realizar -como en efecto ocurrirá tarde o temprano- será auspiciada por un fenómeno que tenga en cuenta que una nación tan grande que vaya desde Argentina hasta México es una nación que será capaz de enfrentarse "al mundo globalizado" (un cuento tan antiguo como el mundo mismo) y será capaz de hacer negocios y proteger los recursos que se poseen sin temer a las multinaciones extranjeras ni a Estados egoístas que las protegen (especialmente en el caso colombiano y el fenómeno del paramilitarismo).

En estos momentos tenemos empeñado nuestro territorio a empresas multinacionales que explotan los recursos que hay porque no tenemos con qué. Tenemos un alto índice de violación a los derechos humanos y una historia de paramilitarismo bastante aguda y triste que aun hoy día se vive pero que no se puede escapar. Si somos capaces de dejar las bromas tontas entre países hermanos, si somos capaces de superar los estigmas (colombiano= droga, peruano= poyada, brasilero=follador compulsivo, argentino=europeo egocéntrico, etc. -sin desconocer que de una u otra manera esos rasgos son propios en cierta medida de cada región-) y dejar las tonterías entre países latinoamericanos; si somos capaces de olvidarnos de ese sueño de ser hermanos y mirarnos unos a otros como idiotas (mejor ser amigos, o primos, o empresarios) entonces ahí sí podríamos ser capaces de crear esa nación con que sueña la OEA y dejar de hacer reuniones ridículas entre presidentes para empezar a resolver los problemas que realmente importan.


Sin embargo eso también se dará cuando Colombia resuelva sus problemas de narcotráfico, paramilitarismo y desplazamiento, lo mismo que cuando los brasileros resuelvan el asunto de sus favelas y los argentinos resuelvan el problema de las villas. En suma cuando se resuelva la ausencia del Estado allá en los límites (aunque siempre habrán los límites del Estado) y podamos enfrentarnos, ahí sí como una sola nación, al problema del amazonas y esa idea de ser un "espacio universal" que "debe ser protegido" por el el pulmón de la tierra. Lo mismo con los problemas por los que atraviesa Bolivia en recursos naturales y la escazes de trabajo.

Apuesto a que dicho en estos términos ya no dan tantas ganas ni parece tan sencillo armar la unión latinoamericana soñada. Entre otras razones porque Colombia ha sido un país tradicionalista y derechista. Sin embargo esto no es una arenga para fomentar una latinoamérica de izquierda unida -quizá ese es el problema, soñar con una izquierda unida que no se ha dado más que por la fuerza- sino todo lo contrario: una latinoamérica que reconozca que hacer dinero es importante y que los bancos no son realmente el problema sino el lugar hacia donde dirigen todo el flujo de dinero que hay. Eso significa que no habría que eliminar la banca y que todo fuera público, pero sí habría que ejercer control sobre el lugar al que el dinero se dirige cada vez que sale de mi bolsillo y lo dirijo al banco y éste me quita dinero por cada transacción que haga (ojalá se apruebe la ley colombiana de generar un solo cobro por cada transacción; eso no significa menos descuentos sino más control sobre éstos, es decir, un paso previo).

No sé. Honestamente el tema es mucho más complicado de lo que suena y no es solo cuestión de voluntad política. Si todos fueramos tan buenos hombres entonces seríamos capaces de cuidar unos de otros en todos los aspectos, pero eso no ocurre porque el mundo no funciona así. Lo que podemos hacer es generar mecanismos legales para lograrlo. Y al mismo tiempo hacernos mejores personas para cuidar de los otros, para salvarnos del egoísmo que nos pertenece. Para eso se hace filosofía, para ir preparando el camino para estas cosas. Quizá lo que se ha malinterpretado es el ejercicio mismo de la escritura o la enseñanza; no creo que el problema vaya a resolverse con quitar el seminario de Hegel por poner uno de Alejo Carpentier o algo por el estilo; ni que se trate de "generar conciencia" o "cambiar de conciencia" (ni nada que tenga que ver con conciencia) sino del modo de enfrentar los problemas. Tradicionalmente al pueblo colombiano no le han gustado nunca las protestas (porque no dejan "al colombiano de bien trabajar"), pero los estudiantes el año pasado dieron buena prueba de que se puede hacer algo seriamente sin llegar a recurrir a la violencia. Ahora, con todo y los insultos que recibió la ministra (infantiles en el mejor de los casos y abusivos y obsenos en el peor) ella tenía razón en un punto: venga y proponga.

Me he esforzado en esbozar una propuesta pero no es tan fácil como parece. Y el colombiano padece de eso...padece de criticar y de sabelotodo. De creerse el pavoreal con el mejor plumaje del continente (quizá por eso la envidia con los argentinos). Todos son tan excelentes directores técnicos de la selección (basta echar un vistazo a cualquier tienda del país un día que juegue la selección colombiana de fútbol y escuchar, entre gritos y comentarios, los consejos siempre apropiados de los televidentes), todos tan buenos legisladores y políticos. Eso hay que cambiarlo señores. Hay que empezar por proponer más y "hacer" menos. Tenemos en la academia excelentes intrérpretes de otros filósofos, lo mismo que traductores e investigadores, pero hay que fomentar la investigación. No obstante, lo primero es resolver nuestro problema de tierras, de desplazamiento, de narcotráfico. Si alguien se sorprende de no ver acá el problema de las farc la respuesta es simple: solucionando los problemas señalados (fomentados por la desprotección del Estado a las ciudades donde hay mayor cantidad de recursos y que son explotados por compañías extranjeras) las farc no serán un problema. De lo contrario, seguirán asesinando y secuestrando extranjeros y gente con dinero. Y quién sabe, a lo mejor en el futuro no se llamen farc sino tengan otro nombre, y volveremos a la misma situación de siempre, esperando otra vez que las cosas se resuelvan por la fuerza.

Con un poco de Grog

Pólemos pántôn men patếr esti 
pántôn de basileýs
kai tous men theous edeixe tous de anthrốpous;
tous men doulous epoíese toús de elethérous

[El pólemos, la guerra, es el padre de todas las cosas.
el rey de todas las cosas
de ciertas cosas establece -o prueba- que
son dioses, de otras que son hombres;
de algunas hace esclavos, de otras seres libres]
 
Heráclito de Éfeso

La intencionalidad del presente texto no es, ni mucho menos, responder una pregunta. Acaso partimos de aceptar la siguiente premisa: el arte es una embriaguez. El gozo, la angustia, la pasión, incluso la sanación que viene de la mano con el arte es parte de esa embriaguez. Más allá de la discusión conceptual y teórica, el arte escapa a toda definición: nos acercamos por medio de una epojé y, no obstante, no llegamos hasta donde queremos. “El logos es general, pero los hombres viven como si tuvieran cada uno su logos particular” sostenía el gran Heráclito: ¿el arte cabe en ese aforismo? – ¿acaso se ha entendido alguna vez a Heráclito? ¿Se ha entendido el arte? ¿Hay algo que entender en el arte, que va más allá de la obra misma…? –.

I
Jamás seremos lo suficientemente delicados para disertar sobre el arte; jamás trataremos con la suficiente finura la pregunta por el arte, cualquiera que ella sea. Esto tiene un buen fundamento. Nuestro lenguaje (entendiendo por ello palabras…) no llega a aproximarse a la verdad, a la realidad, ni siquiera por medio de él somos capaces de figurarnos una idea certera del mundo. Esto lo expresa muy bien el texto Arte y poesía de Martín Heidegger, pues se ve de qué modo el lenguaje se reviente, no alcanza, y entonces Heidegger pregunta por la cosa de la cosa, el útil de lo útil, lo obra de la obra, por su esencia, por su origen, y por una cantidad de conceptos que él mismo toma por incompletos, por inapropiados (sin discutir su verdad, su falsedad; parece que poseen los conceptos esa verosimilitud que maneja el arte, el mundo, la vida…). En repetidas ocasiones sostiene Heidegger que nos expresamos de manera tosca, vulgar…Además de la dificultad de la traducción, donde expresiones como cosidad, cósico, son neologismos de los cuales podemos decir que, en rigor, son inexistentes. 

II
“El pensamientos es una especie de suicidio de la realidad, constantemente se está lanzando al vacío de la interpretación”. Frase de Albert Camus que se encuentra en su Mito de Sísifo. A mí me parece (y acá empiezo a interpretar) que tiene razón el filósofo francés con esa sentencia tan estricta. Ahora bien, nos parece que no es mala esa interpretación. Acaso estamos impulsados a ella, así como estamos arrojados al mundo y a re-interpretarlo, a darle sentido. La obra de arte es mitad cosa, mitad útil, según Heidegger. Yo dividiría en tres la obra de arte: una parte útil, una parte cosa, y una parte interpretación. Así es puesto que sería injusto escindir de la obra del arte a su creador y a su interpretador. 

Roland Barthes tenía una posición al respecto. Cuando el autor muere (y cambiamos la palabra autor por artista) la intención de quien crea desaparece…En esa medida, podemos interpretar independientemente de lo que el artista quiso decir. Además que nos enfrentamos en la dificultad de no saber qué quiso decir el artista: esto se debe a que cuando el arte se explica pierde su encanto. La verdad, en términos heideggerianos, ya no aparece. Ya no se desoculta y, en esa medida, no aparece la verdad de la obra de arte.

III
Como se ve, hay una intencionalidad que consiste en interpretar a Heidegger. Ahora bien, siendo poperianos, no podemos interpretar objetivamente en tanto estamos sumidos en una realidad temporal, en una época histórica determinada y con una ideología marcada. No obstante, se sabe que el arte no puede analizarse a sí…pero ¿quién analiza el arte? Más bien Heidegger está escribiendo poesía. La belleza de sus palabras podría ser precisamente artística, pero en su afán de entender y asistir a la fiesta del pensamiento entonces usa conceptos. No nos interesa la verdad de esos conceptos, pues al fin de cuentas, todos vienen del humano. Tampoco nos interesan las teorías, pues todas pueden tener verosimilitud, facticidad, posibilidad, etc. Así pues, el arte mismo debería tener tales características en cuanto son posibles. Mas como no es propiamente teórico, el arte posee algo más, a saber: embriaguez.

Todo filósofo ha inventado un lenguaje y unos conceptos. El mismo texto de arte y poesía comienza con un “entendemos aquí, por origen…”. En el aquí estriba la fuerza del argumento que se desarrolla. Así pues, la embriaguez es aquí un estado de exaltación. La embriaguez es exaltación en cualquier lado, de hecho. Ahora bien, no debe tomarse la embriaguez por borrachera, o por risa burlona, por felicidad, por lagrimeo simplón. En suma, no debe tomarse al embriagado por un simple borracho… ¿Se preguntará cuál es la diferencia? Ya la he dado: el borracho es un sujeto y la borrachera el estado propio del sujeto, su esencia; la embriaguez es un estado. No se oye decir “está embriagado”, sino “está en estado de embriaguez”. Se debe a que el borracho lo es por alcohol, por vicio, pero la embriaguez, ¿a qué se debe? Repito: esto aplica únicamente acá, en este pedazo de papel y en este preciso instante.

El poeta Charles Baudelaire comprendió a la perfección esto, y como la poesía no se explica (ni el arte en general), entonces yo tampoco lo haré. Pero él lo dijo así en su poema embriaguez

“Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso:
ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso
del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace
inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.
¡embriáguense, embriáguense sin cesar!
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca”.

En el poema se menciona al tiempo. Estamos atrapados en él, aunque estemos arrojados al mundo. Somos un ente que posee una verdad en el tiempo; cuando salimos de él es porque hemos muerto, porque nuestra finitud ha hecho que seamos completos, así no tengamos conciencia de ello. El arte sirve para tomar conciencia de nuestra finitud.

En última instancia, no seremos lo suficientemente finos y delicados para tratar estas cuestiones. Esta es una reflexión que hago a partir del texto de Heidegger y otras cosas…Interpreto el arte desde la realidad, pues el arte, aunque posee su más allá, siempre viene a la realidad, a la propia realidad. El arte es, en lenguaje husserliano, una vivencia. Pertenece al mundo de la vida. Creo que cuando Estanislao Zuleta dice que tenemos necesidad del arte, como un impulso vital, está diciendo que esa necesidad es precisamente el arrojo al mundo.