C´est pas des raisons d´homme
“La conciencia moral, a la que
tantos insensatos
han ofendido y de la que muchos más
han renegado, es cosa que existe y existió
siempre,
no ha sido un invento de los filósofos”.
Saramago
Introducción
Para
poder escuchar a Jankélévitch y a Derrida, es necesario tener un tema en común,
a saber: el perdón. Ahora bien, para tratar el tema con finura, es necesario
hablar del perdón en un mismo lugar. Jankélévitch defiende un perdón de tipo
religioso al otorgarle un sentido de gracia,
mientras que Derrida, intentando alejarse de la preocupación de si el perdón es
de carácter judeo-cristiano, propone un perdón político con implicaciones
morales.
Ahora
bien, ¿qué significa perdonar lo imperdonable? Ambos autores parecen coincidir
en la cuestión de que tiene que haber algo
qué perdonar que no haya sido expiado: “Para que haya perdón, es preciso
que se recuerde lo irreparable o que siga estando presente, que la herida siga
abierta” (Derrida; 2001: 75); “El perdón encuentra empleo cuando el agravio
permanece inexpiado y la culpa irreparada, y mientras la víctima no ha sido
indemnizada de su daño” (Jankélévitch; 1999: 18) Sin embargo, ¿qué hay que
perdonar? ¿Por qué pararse en la situación del agredido y no del agresor? ¿No
es la omisión un modo más de la
agresión? La pregunta rectora del presente ensayo es la siguiente: si el perdón
clama por una reparación de la víctima –reparación que en el plano político debe
partir del Estado pero de la que deben participar víctimas y victimarios como
en el apartheid–, ¿es ético querer reparar al verdugo?
En
la segunda parte se intentará una aplicación
de la filosofía en la realidad, pues como dice Jankélévitch: “El impulso
del perdón es tan impalpable, tan controvertible, que ahuyenta cualquier
análisis: ¿qué asideros harían posible un discurso filosófico en esa sacudida
fugitiva, en ese imperceptible parpadeo de la caridad?” (Jankélévitch; 1999:
11) Quizá no haya tales asideros, pero tal vez pueda haber aplicación del
discurso.
El perdón es un don
I
En
un sentido amplio, hablar de perdón implica hablar de una tradición religiosa,
tanto más si se tiene en cuenta el hecho que el vocablo «perdón»
no encuentra traducción a muchas lenguas africanas, pues es una palabra con una
significación judeo-cristiana y acaso musulmana (Derrida). Ahora bien, puede
tratarse el tema si no hablamos del perdón absoluto sino de perdón relativo.
(Jankélévitch; 1999: 11) En esa medida, es necesario escindir el Perdón del
perdón político, tanto más si partimos de la afirmación del propio Jankélévitch
al iniciar su ensayo: “El perdón es, desde este punto de vista, un
acontecimiento que nunca ha advenido en la historia, un acto que no tiene lugar
en ninguna parte del espacio, un movimiento del alma que no existe en la
psicología corriente” (Jankélévitch; 1999: 7).
Si
miramos con atención, no sólo la palabrita perdón tiene el mismo tinte
occidental que se mencionaba hace un instante. De hecho, hablar de perdón
implica hablar de «culpa»,
«expiación»,
«arrepentimiento»,
todos conceptos cristianos, judíos o en el mejor de los casos, musulmanes. El
perdón es una acción, acción que
Derrida define como perdonar lo imperdonable,
y en esa medida, nos enfrentamos a dos cuestiones: en primer lugar, la
superación lingüística del “problema del perdón” (para hablar filosóficamente)
y, en segundo lugar, el criterio de lo
imperdonable.
Para
evitar entrar en interpretaciones religiosas es que se habla desde lo político,
pues en este plano es posible hablar con otros conceptos, tales como «responsabilidad»,
«ética»,
«moral»,
«valor»,
«justicia»,
y «verdad».
Sin embargo, también hay un problema aquí, pues puede objetarse que el perdón
es un acto individual, o para decirlo con Derrida: “no tengo derecho a pedir
perdón o a perdonar en nombre de otros individuos, víctimas o criminales”
(Derrida; 2001: 76). Es decir que ni siquiera el Estado puede perdonar por sus
ciudadanos. Podrá firmarse una amnistía, un acuerdo de paz, incluso podrá
aprobarse una “ley de justicia y paz”, pero eso no significa que la víctima
quede saldada ni que haya perdonado. Entramos pues en el problema inicial: ¿qué
es el perdón?
II
Si Jankélévitch afirma que el perdón puede no
haberse dado en la historia y Derrida sospeche que el perdón que encuentra una
excusa no es perdón, y que por esa razón debe perdonarse lo imperdonable, esto
es, lo que no tiene justificación (Auschwitz, Hiroshima, Trujillo etc.), el
perdón es una acción que linda con lo
mágico, con lo milagroso: se vuelve un don. El don, por definición, es una
gracia que se tiene. No cualquiera puede perdonar, y esto debe tenerse
clarísimo. Sólo quien ha sido víctima puede perdonar. Encontramos aquí la
justificación cristiana de poner la otra mejilla, pues antes del primer golpe
(y según Jankélévitch puede que ni siquiera con ese primer golpe) no se ha padecido, no se ha sido víctima y, en
consecuencia, no es lícito perdonar, porque se carece de la condición previa,
el haber sido ofendido. Si a quien golpean no es a mí sino a Otro, tampoco
estoy yo en capacidad de perdonar por ese Otro.
“El verdadero perdón, al margen de la
legalidad, es un don gracioso del
ofendido al ofensor: el verdadero perdón es una relación personal con alguien” (Jankélévitch; 1999: 13) Ese alguien
es una ipsidad, un sí mismo. «Como no puedo perdonar el daño que
le hicieron a otros, perdono el daño que me hicieron a mí; aun cuando nadie
haya solicitado mi perdón, yo lo otorgo». Esto desde una
lectura religiosa es perfectamente posible, pues se entiende que el
resentimiento es un estado de intranquilidad y que el perdón supone lo
contrario. Se perdona por el bienestar del sujeto, para que éste se sienta bien
consigo mismo. Si no desea hacerlo, si se aferra a su resentimiento, el tiempo,
según Jankélévitch, se encargará de atenuar ese re-sentimiento y terminará por
secarse como una hoja desprendida de un árbol. No habrá habido perdón.
III
Ahora
bien, ¿por qué el perdón es un don? La respuesta (o parte de ella) la da
Derrida: “si el perdón es ético, es, como dice Jankélévitch, «hiperbólicamente
ético», es decir, que está más allá de las normas, de los criterios y de las
reglas” (Derrida; 2001: 76). No por la eticidad
sino por la transgresión de la norma
es que el perdón es un don. No hay un criterio – aparte del de ser víctima–,
que determine qué se debe o no se debe perdonar; solo se perdona o no. Si se es
víctima, se puede perdonar. Si la
víctima decide hacerlo, será porque busca la reconciliación, bien sea con el
otro-agresor, o consigo misma, pero buscará la gracia, la tranquilidad (y acá
Jankélévitch tiene parte de razón cuando afirma que comprender es perdonar): si
bien el perdón no implica olvidar ni sanar por completo, si puede implicar un
proceso de nuevo comienzo, en sentido
arendtiano.
No
obstante, se pregunta por la condición ética de la víctima y del verdugo, esto
es, por la responsabilidad: cabe
preguntar si es posible apelar a la conciencia del verdugo, cabe reformular la
pregunta por esta otra, para hablar como los ingleses: are you made to resist
or be abused?
La ética del perdón.
I
El
perdón tiene dos perspectivas: víctima y victimario. La víctima no le hace un
favor al victimario al perdonarlo. Incluso puede a este último serle
indiferente el ser perdonado o no. De ahí que Jankélévitch sostenga las
palabras de Cristo en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que
hacen”, presuponiendo que si hubieran sabido no lo hubieran hecho, y a partir
de ese análisis proponga una distinción entre el malvado que no es malvado; el
inocente más necio que malvado y el culpable que es más malvado que necio. Esos
criterios son establecidos teniendo en cuenta al verdugo, definiéndoselo…desde una óptica del ofendido.
Esto
puede parecer una nimiedad pero si se quiere hablar de perdón, habrá que
preguntar al victimario, al verdugo si está interesado en ese perdón. De lo
contrario, el perdón sólo puede darse en una autocomprensión (intelección, en
lenguaje de Jankélévitch), es decir, la víctima deberá otorgar un perdón que no
va al aire, sino que va a sí misma. Ese perdón no es autocomplacencia, pues
fácilmente puede caerse en el resentimiento desde aquella: «tengo derecho a
estar dolido y resentido, luego hago valer ese derecho»
(y ése es el apego al resentimiento que menciona Jankélévitch.) El perdón que
se da cuando no es solicitado es un perdón que va a la conciencia de la víctima
misma, un perdón que se perdona a sí mismo. La víctima debe perdonarse su
calidad de víctima, de haberse permitido ser víctima. Hablemos con ejemplos.
Jean Amery perfectamente habría podido suicidarse en el campo de concentración;
era difícil, pero habría podido hacerlo.
Sin embargo, no lo hizo y, lo más extraño: se suicidó…después.
En
sus argumentos, Amery culpa al mundo, un mundo que es ajeno a él, un mundo en
el que no se puede confiar: “quién sabe si el efecto de la responsabilidad
moral resultante de la confianza así
otorgada no habría inhibido la tentación delictiva y hubiera facilitado que
aflorase lo que de luminoso y noble podrá encontrarse hasta en las almas
endurecidas por la maldad” (Saramago; 2006: 25) Amery, como todos, depositó
confianza en el mundo y esta fue traicionada; ahí no hay perdón posible. No se
perdona a sí mismo el haber confiado.
Además no tenía a quien apelar. ¿Quiénes eran los culpables, los alemanes? En
una Europa que en su mayoría era antisemita y un hombre que renegaba de esa
condición, ¿qué perdón había allí? El mundo, en su totalidad, con sus
organizaciones y con sus distribuciones era el culpable. No se puede confiar…”you do it to yourself, just you, and
that´s what really hurts, to yourself, just you, you and no one else” (Just –
Radiohead.)
II
¿Cuál
es entonces la ética del perdón? Restablecer a la víctima y al verdugo. Pues se
comete el error de poner ojos únicamente en la víctima cuando se habla de
perdón, ya que es la víctima quien accede a ese derecho. Pero el verdugo ¿no
tiene también derecho a un nuevo comienzo? Y si lo tiene, ¿debe estar
arrepentido para acceder a ese derecho? La última pregunta tiene su respuesta
de inmediato: “convertir el arrepentimiento en la condición de la amnistía” fue
la tarea del apartheid. Pero ¿cómo determinar si el verdugo está arrepentido?
Esto es más complicado, sin embargo, en el caso específico del daño hecho,
puede decirse que el arrepentimiento se mide con la buena voluntad de
repararlo: “en efecto, con frecuencia las víctimas no piden ningún castigo, lo
único que quieren es saber dónde se encuentra el desaparecido para que el
trabajo de duelo pueda proseguirse. Todo esto está al servicio de un trabajo de
duelo, de curación y de reconstitución del cuerpo del Estado-nación” (Derrida;
2001: 70) Así pues, la ética del perdón es incluyente; víctima y victimario
deberán tener buena voluntad de una reconstitución, aunque ello no implique la
víctima deba perdonar si no desea hacerlo, si siente que no hay posibilidad de
ello. La buena voluntad de reconstitución es –ya se habrá comprendido– de tipo
político.
Efectivamente,
nadie sensato sostendría que el verdugo pudiera exigir ser perdonado. De hecho es muy poco lo que puede exigir. –El
perdón es una situación extrema–, en eso coinciden Derrida y Jankélévitch. Y
por esa razón, en tales situaciones límite, el verdugo nada puede exigir, ni
siquiera piedad. Eso queda a criterio de la víctima, de su historia y de su
juicio. Al respecto dice Primo Levi: “Todos los códigos morales son, por
definición, rígidos: no admiten matices, ni compromisos, ni se influencian
recíprocamente. Se toman o se dejan en bloque” (Levi; 2006: 286). Y más
adelante: “El universo moral de cada uno, interpretado rectamente, viene a identificarse
con la suma de sus experiencias precedentes y representa, por consiguiente, una
forma compendiada de su biografía” (Levi; 2006: 292) Así pues, si eliminamos
ese carácter personal de la ofensa y pasamos a delitos más graves, a atentados
contra la humanidad, por ejemplo, ¿es ética la reparación del verdugo?
III
Como
he insistido, el problema se ha abordado desde quien sufre, pero quien aplica
el dolor, quien tiene los medios coercitivos para hacerlo, ¿dónde queda? Nadie
niega que el verdugo deba pagar una deuda que ha adquirido con la sociedad, y
que una vez la deuda ha sido pagada él no queda automáticamente perdonado,
simplemente ya no debe. Tampoco es que el verdugo deba ser perdonado, pero ciertamente debe desempeñar otro papel, de
otro modo se le acusaría; se le mataría; se le metería en la cárcel y ahí pararía
el asunto y no habría necesidad de perdón ni de reparación. Habría tan solo una
expiación a la antigua, un castigo corporal y una misa en nombre del verdugo
para que Dios se apiadara de su alma. “Cuando luches con un monstruo, cuídate
de convertirte en uno peor” Nietzsche.
La Reparación
I
En
efecto, es ético reparar al verdugo también; no solo porque sea políticamente
necesario, ni por su utilidad, sino por responsabilidad. Independientemente de
si la víctima ha perdonado, el verdugo puede y debe ser reinstalado en la
sociedad, en la medida de lo posible. Entramos en el problema básico del
derecho, de si las penas se imponen para
castigar y hacer sufrir o para aprender y corregir.
Es
ético que la sociedad incluya a sus verdugos y los mire a la cara, es ético en
cuanto es una responsabilidad. Hacer omisión de esa responsabilidad, hacerse el
ciego es permitir que suceda lo que sucede. La ética demanda un carácter de
responsabilidad, y el verdugo existe, es tan real como la víctima. No puede
preferirse uno al otro porque ambos son producto de un proceso, que Amery
denomina “tortura”. Esta tortura también responde a otro proceso. De este
razonamiento nace la pregunta inicial de si se es culpable por omisión, de si
la omisión no es un modo más de
agredir.
II
Para
responder estas preguntas es necesario hacer un alto en el camino y hacer
frente a las dos únicas preguntas de las cuales se desprende toda intelección
(para hablar como Jankélévicth). Dos preguntas que formula Albert Camus, dos
preguntas que llaman a la responsabilidad, dos preguntas que, después de
Auschwitz, deben ser respondidas:
"« ¿Sí o no, directa o
indirectamente, quiere usted que lo maltraten y lo violenten? ¿Sí o no, directa
o indirectamente, quiere usted maltratar y violentar?» Todos los que
contesten no a estas dos preguntas quedan automáticamente enfrentados a una
serie de consecuencias que deben modificar su manera de plantear el problema."
(Camus; 2002: 86)
En consecuencia, si respondemos no,
nos enfrentamos a una responsabilidad. Reparar al verdugo en cuanto tal, es
decir, quitar la etiqueta de verdugo es parte de esa reparación, lo mismo que
la víctima debe dejar de serlo, en la medida de lo posible. El perdón de lo
imperdonable es un modo de acercarse a este proceso. Porque “Hurbinek murió en
los primeros días de marzo de 1945, libre pero no redimido” (Levi; 2006: 264). Y
aunque nadie mató a Hurbinek, todos fuimos sus verdugos, y al legar un
testimonio como ese, Primo Levi está apelando a la conciencia de todos, es
decir, se está asumiendo como verdugo también.
“Soñábamos en las noches feroces
Sueños densos y violentos
Soñados con el alma y con el
cuerpo:
Volver; comer, contar lo sucedido.
Hasta que se oía breve sofocada
La orden del amanecer: «Wstawać»;
Y el corazón se nos hacía pedazos.
Ahora hemos vuelto a casa,
Tenemos el vientre ahíto,
Hemos terminado de contar nuestra
historia.
Ya es hora. Pronto escucharemos de
nuevo
La orden extranjera: «Wstawać»”
Primo Levi.
Bibliografía
- · Jankélévitch, Vladimir. EL perdón. Editorial Seix Barral, 1999
- · Derrida, Jacques. ¡Palabra! Editorial Trota, 2001.
- · Amery, Jean. Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia. Pretextos, 2004
- · Saramago, José. Ensayo sobre la ceguera. Editorial Nomos, 2006
- · Levi, Primo. Trilogía de Auschwitz. Editorial El Aleph, 2006
- · Camus, Albert. Crónicas. Alianza Editorial, 2002
No hay comentarios:
Publicar un comentario