Eichmann: o sobre la risa y el cuchillo
¡Oh, Alemania!
Quien solo oiga los discursos
que de ti nos
llegan, se reirá.
Pero quien vea lo que haces,
echará mano al cuchillo.
Bertold
Bretch.
¿Qué es banal?, fue la pregunta que
se me vino a la mente en primera instancia. Busqué y encontré una acepción que
me pareció interesante, a saber: trivial, común, insustancial. Esas fueron las
palabras clave para la lectura del texto de la teórica política Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. ¿El mal se ha
vuelto trivial, se banalizado? Arendt sostiene que sí, y la pregunta que nos
hacemos es ¿por qué?
La mecánica del libro es una
narración del juicio con unos comentarios filosóficos e históricos que van
encaminados a una ulterior comprensión de las palabras explícitas de Eichmann
durante su juicio. Sin embargo, el epígrafe inicial del libro –que es el mismo
que he usado yo para este texto– refleja lo que se puede leer a lo largo y
ancho del libro, es decir, el juego entre la risa y el cuchillo. Efectivamente,
la risa y el cuchillo son Eichmann, y Arendt es insistente al decir que durante
el juicio, Eichmann hacía reír –o sus declaraciones, para hablar con precisión–,
mientras que los testigos, el jurado y el público en general, contaban
testimonios que no hacían reír en absoluto. Por un lado, Eichmann hacía reír
por sus discursos (quien oiga los
discursos que de ti nos llegan se reirá), pero quienes sabían lo que había
hecho y cómo lo había hecho (quien vea lo
que haces) querían matarlo[1].
Difícil era saber si podía o no
tomarse en serio a Eichmann, y esta constante dicotomía –por llamarlo de algún
modo– es reflejada por Arendt todo el tiempo. Yo he seleccionado dos pasajes
que considero esenciales: “Para todo
esto, era esencial tomarle en serio, y esto resultaba difícil, a menos que,
tomando el camino más fácil para resolver el dilema entre el execrable horror
de los hechos y la innegable insignificancia del hombre que los había
perpetrado, se le tuviera por un mentiroso inteligente y calculador, cosa que
ciertamente no era”. Y luego: “A
pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquier podía darse cuenta de que aquel
hombre no era un «monstruo», pero en realidad se hizo difícil no sospechar que fuera un payaso” (P.85).
En
realidad, se esperaba ver a un monstruo, al mal
hecho carne en la persona de Eichmann…pero no sucedió. ¿Qué quiere decir esta personificación del mal? Arendt menciona
que luego de la guerra, los nazis empezaron a juzgarse unos a otros, que yo no
fui, que fue él, que nadie quería llevar las cosas tan lejos a como sucedió en
la Solución Final; sin embargo nadie inculpó a Hitler. Y además, viendo a
Hitler, tampoco veo al diablo en persona. ¿Qué es lo que sucede? ¿Qué fue lo
que nos pasó? Y con mucho dolor, con
mucha culpa en la conciencia, Hannah Arendt concluye: “el
pueblo alemán se mostró indiferente, sin que, al parecer, le importara que el
país estuviera infestado de asesinos de masas, ya que ninguno de ellos
cometería nuevos asesinatos por su propia iniciativa; sin embargo, si la
opinión mundial —o, mejor dicho, lo que los alemanes llaman «das Ausland», con
lo que engloban en una sola denominación todas las realidades exteriores a
Alemania— se empeñaba en que tales personas fueran castigadas, los alemanes
estaban dispuestos a complacerla, por lo menos hasta cierto punto”. Lo
que sucedió fue un acostumbramiento al horror y al mal, y Hannah Arendt
cuestiona –como cuestionaron todos los judíos– el pensamiento de justificar ese
mismo mal por una obediencia ciega a un «ideal».
Ahora bien, lo mismo nos puede estar
sucediendo en Colombia a propósito de los falsos positivos. ¿Será que en cada
lugar del mundo habrá un Auschwitz? Y si esto es cierto, ¿por qué precisamente
comparar con nuestros falsos positivos? ¿Qué tiene que ver la tragedia y lo
macabro con la burla? ¿Será la risa el medio de acostumbrarse a los horrores de
la existencia? Y yo sostengo que sí, por eso la consideración de si Eichmann no
sería un payaso es tan fundamental, porque ¿cómo puede uno reírse de una
matanza? ¿y no es Colombia un país acostumbrado a los horrores, al punto que
nos reímos de nuestros muertos? La relación entre lo trágico, lo grotesco y las
ganas de reír (por ejemplo el hipismo como la respuesta a la guerra de Vietnam)
es mucho más profunda de lo que se cree, y echa raíces en el fondo de la
conciencia humana. Nos obligamos a reír, pero… ¿por qué?...
Ahora
bien, hay un llamado sobre esto que Hannah Arendt hace sobre el tema, cuando
escribe la siguiente frase, dicha por alguien durante el juicio: “queremos
dejar bien sentado ante todas las naciones que millones de personas, por el
solo hecho de ser judíos, y millones de niños, por el solo hecho de ser niños
judíos, fueron asesinados por los nazis”. ¿Qué significa esto? Y la respuesta
la pone Arendt más adelante: “Sirvámonos de nuevo de las palabras de Ben
Gurión: «Queremos que todas las naciones sepan... que deben avergonzarse»”. Efectivamente, debemos
avergonzarnos de lo sucedido en la segunda guerra mundial (porque no podemos
excluirnos con pretextos como “yo no tuve nada que ver” y cosas similares),
como de nuestros falsos positivos, pero principalmente, debemos avergonzarnos
de reírnos de esos hechos para soportar seguir viviendo: “Quien con monstruos lucha cuide de
convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de
ti.”. Nietzsche.
Bibliografía
Eichmann en Jerusalén. Segunda Edición en DeBOLS!LLO:
diciembre, 2006
[1] Si es que la muerte es un castigo. Lo que se buscaba
era la justicia, y no debe olvidarse
lo que escribe Arendt en uno de los capítulos: “Al igual que todos los ciudadanos de
Israel, el fiscal Hausner estaba convencido de que tan solo un tribunal judío
podía hacer justicia a los judíos, y de que a estos competía juzgar a sus
enemigos”.
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