jueves, 12 de abril de 2012


Sobre los Ideales ascéticos
“Despreocupados, irónicos, violentos
..así nos quiere la sabiduría: es una mujer,
ama siempre únicamente a un guerrero...”
Así habló Zaratustra
“El hombre prefiere querer la nada a no querer”
Genealogía de la moral.
 
Introducción
Este ensayo es sobre el tercer tratado de la Genealogía de la Moral de Frederick Nietzsche, ¿qué significan los ideales ascéticos? Se hará un esfuerzo grande de interpretación y valoración del tratado (dos grandes conceptos que atraviesan la filosofía nietzscheana) teniendo en cuenta dos aforismos que utiliza Nietzsche para este tratado (los mismos que están al inicio del presente texto). El primero es tomado de Zaratustra y es puesto como epígrafe inicial del tratado; el segundo es «el humano prefiere querer la nada a no querer», afirmación que inicia y cierra el tercer tratado. Las preguntas que se intentarán responder son las siguientes: ¿cuál es la escisión entre el filósofo y el sacerdote con relación al ideal ascético? ¿Cuál es la «voluntad de nada»? y finalmente, ¿cómo se salta del nihilismo al vitalismo? Son preguntas grandes, y por ello, citaremos de entrada las definiciones –no explicaciones– que da Nietzsche del significado de los ideales ascéticos en general en el aforismo uno del tratado. Comencemos, pues, desde el principio.

I
“¿Qué significan los ideales ascéticos? – Entre artistas, nada o demasiadas cosas diferentes; entre filósofos y personas doctas, algo así como un olfato y un instinto para percibir las condiciones más favorables de una espiritualidad elevada; entre mujeres, en el mejor de los casos, una amabilidad más de la seducción, un poco de morbidezza sobre una carne hermosa, la angelicidad de un bello animal grueso; entre gentes fisiológicamente lisiadas y destempladas (la mayoría de los mortales), un intento de encontrarse «demasiado buenas» para este mundo, una forma sagrada de desenfreno, su principal recurso en la lucha contra el lento dolor y contra el aburrimiento; entre sacerdotes, la auténtica fe sacerdotal, su mejor instrumento de poder, y también la «suprema» autorización para el mismo; finalmente, entre santos, un pretexto para el letargo invernal, su novissima gloriae cupido, su descanso en la nada («Dios»), su forma peculiar de locura. Ahora bien, en el hecho de que el ideal ascético haya significado tantas cosas para el hombre se expresa la realidad fundamental de la voluntad humana, su horror vacui: esa voluntad necesita una meta – y prefiere querer la nada a no querer". 

II
¿Cuál es la escisión del filósofo y el sacerdote con relación al ideal ascético? Una respuesta corta puede ser esta: el filósofo rinde homenaje al ideal ascético porque “quiere escapar a una tortura” (Nietzsche: 2006; 137) mientras que el sacerdote no está interesado en escapar a tal tortura; parece más bien que se justifica en ella. Pero examinemos detenidamente esta cuestión.

Nietzsche ubica al filósofo en el ideal ascético en cuanto este último es el presupuesto para el primero; es decir, el filósofo debió representar un ascetismo para ser posible. Ahora bien, ¿por qué debió hacerlo? Según el filósofo alemán, por carecer de fuerza dado su predisposición a la contemplación. En consecuencia, el filósofo es un hombre contemplativo; mas ¿por qué negar el mundo?, ¿por qué negar los sentidos? ¿A qué viene el gusto por el desierto, la soledad, el desprecio…? Pareciera como si la voluntad de poder fuera el producto de aquellas almas que, en primer momento, dudaron de sí mismas y para afirmarse en el mundo, para afirmar su existencia y su confianza en sí mismas se hubieran retirado a un "desierto cualquiera" precisamente motivadas por un “afirmarse” en la vida. En efecto, el ideal ascético fue en un primer momento lo mismo para filósofos y sacerdotes –pues para ellos significó «algo», a diferencia de los artistas–, a saber: un querer-dominar

Nietzsche sostiene que tanto el filósofo como el sacerdote, el («hombre contemplativo») era despreciado por no ser temido; en consecuencia, tuvo que inspirar miedo en los demás y en sí mismo para hacerse temer y ganarse su “derecho a la vida”. Un proceso deconstruccionista que, según F.N., se usó para derrumbar creencias en sí mismo e inspirar miedo a los demás. Así pues, el retiro a la soledad, el retiro al desierto cualquiera lo define F.N., como la búsqueda de un optimum de condiciones para afirmar su existencia. ¿Pero por qué? El filósofo, al ser contemplativo, debe retirarse al desierto para hacer lo que otros no pueden hacer, a saber: el alcance de una espiritualidad elevada, entendiendo por ello, la expresión de la fuerza, de la voluntad de poder. Ahora bien, eso no suena a un filósofo sino a un sacerdote, que además se auto flagela frente a su público. Sin embargo, el filósofo fue así, ha sido así, aplaude cuando oye historias ascéticas como queda dicho en el texto. ¿Dónde se separaron el filósofo y el sacerdote?

La respuesta la encontramos cuando Nietzsche dice “un hombre fuerte y bien constituido digiere sus vivencias (incluidas las acciones, las fechorías) de igual manera que digiere sus comidas, aun cuando tenga que tragar duros bocados” (Nietzsche: 2006; 167). El filósofo se retira al desierto para probarse a sí mismo que es capaz de dominar sus instintos, para saber controlarse, lo mismo que el sacerdote. La diferencia radica en el impulso que motiva al uno y al otro. Ambos lo hacen por sed de poder, al fin de cuentas, es la voluntad la que está operando. Pero más allá hay otra cosa: Nietzsche clama porque se cambie el objetivo del filósofo y que el ideal ascético sea, aparte de querer dominar, un impulso por la verdad –o si se tienen oídos muy delicados, un impulso por la nada. Cierto es que se niega que exista una «verdad» como tal, sino simplemente interpretaciones de hechos; es a partir de diversas interpretaciones de una misma cosa (de la vida) que se puede tener más perspectivas de la misma y, en consecuencia, la objetividad que busca el filósofo, su verdad

En este punto surge la escisión con el sacerdote –quien ciertamente también carece de ese impulso por la nada, pues la motivación del sacerdote es la formación de su rebaño, su papel de enfermero. Acá, el sacerdote se aplica el látigo a sí mismo con una voluntad admirable, lo hace en frente de su público para mostrar su fuerza y terminar dominando al “rebaño”. Sobre esto, Nietzsche sostiene que la creación de rebaños sólo puede darse a partir de las “miserias comunes”. En esa medida, el progreso de la comunidad hará olvidar la miseria particular. 

Así las cosas, la escisión del filósofo y el sacerdote es la distancia y la actitud frente al ideal ascético, pues en el filósofo la aparente negación que entraña el ideal se transforma y se convierte en un sí a la vida, mientras que en el sacerdote queda como negación y expresión de la fuerza…pero afirmar la vida con el optitum de condiciones es decir sí a la vida, algo que el sacerdote no hace porque debe estar enfermo, sentirse enfermo, para entender a los enfermos, cambiar la dirección del resentimiento de éstos…y torturarlos, curando y envenenando las heridas poco a poco.

III
¿Cuál es la voluntad de nada? El nihilismo. Pero ¿qué quiere decir esa voluntad de nada? ¿Se puede entender como un no-querer-dominar(se)? Nietzsche sostiene una afirmación que suena mal para oídos delicados, a saber: “Lo que hay que temer, lo que produce efectos más fatales que ninguna otra fatalidad, no sería el gran miedo, sino la gran náusea frente al hombre; y también la gran compasión por el hombre. Suponiendo que un día ambas se maridasen, entraría inmediatamente en el mundo, de nodo inevitable, algo del todo siniestro, la «última voluntad» del hombre, su voluntad de la nada, el nihilismo. Y, en realidad, para esto hay mucho preparado”. (Nietzsche: 2006; 158) 

Efectivamente –y saliéndonos un momento de la teoría–, el mundo ha cambiado a partir de la II guerra mundial. El hecho de que los hombres hayan producido un Auschwitz, un Hiroshima, significó la caída de la “racionalidad” y el advenimiento del nihilismo que Nietzsche anunció, porque la vida perdió todo su valor en esos lugares y después de estos. El fatalismo de la cultura expresado en el desencanto de la misma (desencanto que puede rastrearse en la ausencia de Dios y de fundamentos últimos.) Ejemplos: Más allá de la culpa y la expiación de Jean Amery o la obra de teatro Esperando a Godot de Samuel Beckett, donde huele a desencanto, a desespero, a desazón. Pero tal vez quien da mayor cuenta de esto es Albert Camus en el siglo del miedo; me permito citar in extenso un párrafo de aquel ensayo, donde se afirma: 

“Por cierto, no es la primera vez que los hombres se hallan ante un porvenir materialmente cerrado. Pero salían adelante, por lo general, gracias a la palabra y al clamor. Recurrían a otros valores en los que depositaban sus esperanzas. Hoy nadie habla ya (salvo los que se repiten) porque el mundo nos parece conducido por fuerzas ciegas y sordas que no oyen las voces de advertencia, los consejos y las súplicas. Algo en nosotros fue destruido por el espectáculo de los años que acabamos de vivir. Y ese algo es aquella eterna confianza del hombre que le ha hecho creer siempre que podían obtenerse de otro hombre reacciones humanas hablándole con el lenguaje de la humanidad. Nosotros vimos mentir, envilecer, matar, deportar, torturar y cada vez que sucedía era imposible persuadir a los que lo hacían de no hacerlo, porque estaban seguros de sí mismos y porque no se persuade a una abstracción, es decir al representante de una ideología”.

En esas palabras huele a fatalismo, al fatalismo de un intelectual que avisó lo que podría pasar, fue capaz de verlo y sin embargo sucedió. De ahí la queja de Nietzsche contra los sitios de la cultura. El ideal ascético en filósofos y personas doctas significa las condiciones más óptimas para el desarrollo de una espiritualidad elevada, pero en el momento en que ese optimum desaparece, queda el vacío, la nada, y por tanto no hay algo qué querer. El que todo de igual es precisamente lo que Camus denomina con las siguientes palabras: “el mundo nos parece conducido por fuerzas ciegas y sordas que no oyen las voces de advertencia”. ¿No habrá ya nada qué querer…?

IV
Con lo anterior, queda expresado el nihilismo en sus términos más generales. El que nadie escuche las advertencias, lo que el profesor Carlos Fajardo Fajardo en su texto Rostros del totalitarismo afirma en repetidas ocasiones: el artista no tiene a quien hablar. Ese nihilismo de la cultura es una no-voluntad, un no-querer-hacer. Sin embargo, Nietzsche quiere llegar al nihilismo, clama por él en el último aforismo del tratado cuando sostiene el  humano prefiere querer la nada a no querer. En esa frase, el no-querer es el vitalismo, mientras que querer la nada, abrazar la nada es el nihilismo reactivo. ¿Qué quiere decir esto?

Efectivamente, el filósofo alemán propone como tarea de todo filósofo la determinación de la jerarquía de los valores, revalorarlos. Nietzsche no propone abrazar la nada porque eso es un fatalismo que deviene en cansancio, que fue justamente lo que representó Auschwitz. Ya no se confió en el hombre y su racionalidad…pero ¿qué quiere decir no-querer la nada? En rigor, querer algo, pero no por el querer mismo, sino por otra cosa. Una motivación diferente… ¿Podría ser el impulso por la belleza?

Dentro de las diversas corrientes filosóficas, puede ubicarse a Nietzsche en el vitalismo, pues ésta corriente niega los principios y fundamentos primeros y últimos, es amiga del devenir y, dicho escuetamente, se propone por un hacer algo con la vida mientras se tenga. El nihilismo es un pasivo, mientras que el vitalismo es un activo. Nihilismo y vitalismo tienen carencia de fundamentos, pero por lo mismo, el vitalismo es querer-hacer. Ya se salta del querer-dominar del sacerdote y del querer-escapar de la tortura del filósofo. 

No obstante, la pregunta ¿para qué el hombre? es la que quizá resuena con mayor eco –precisamente por la sensación de vacío que rodea al hombre–. Al final Nietzsche dice: “ese odio contra lo humano, más aún, contra lo animal, más aún, contra lo material, esa repugnancia ante los sentidos, ante la razón misma, el miedo a la felicidad y a la belleza, ese anhelo de apartarse de toda apariencia, cambio, devenir, muerte, deseo, anhelo mismo –¡todo ello significa, atrevámonos a comprenderlo, una voluntad de nada, una aversión contra la vida, un rechazo de los presupuestos más fundamentales de la vida, pero es, y no deja de ser, una voluntad!” (Nietzsche: 2006; 205)

Psicológicamente hablando, eliminar la voluntad es una tarea risible. La motivación siempre está existente, y en el ideal ascético se expresa la firmeza de la voluntad con el mayor rigor. No creo que Nietzsche pretenda eliminar la voluntad, sino más bien la condición de ideal de la voluntad. “Allí donde todos ven ideales, yo solo veo lo humano, demasiado humano”.

V
Hasta ahora hemos intentado poner en discusión el texto con las tres preguntas iniciales. Ahora vamos al tema importante. ¿Nihilismo o vitalismo? La belleza salvará al mundo, afirmó Dostoievski. Stendhal entiende la belleza como promesa de felicidad, y sobre esa base se puede discutir el tema. Ya dice Nietzsche que no se puede contemplar desinteresadamente la obra de arte. Incluso Schopenhauer lo hace, aunque proponga lo contrario. ‎"El alma, que ha sido creada con predisposición al amor, se lanza hacia todo lo agradable, tan pronto como es incitada por el placer a ponerse en acción" dice Dante en la divina comedia. Ese “ponerse en acción” es el quid de la cuestión. El hecho incuestionable de que tengamos que querer no significa, en modo alguno, que hagamos lo que deseamos. En un primer momento no importó qué se deseaba, dice Nietzsche, pero ahora sí importa, ahora vamos despreocupados por la vida con intención de hacer, de lanzarnos hacia lo bello, necesitamos la acción. ¡Aire puro!, el aire saludable; vitalismo. El deseo. El querer-hacer. 

“El ideal ascético tiene una meta, – y ésta es lo suficientemente universal como para que, comparados con ella, todos los demás intereses de la existencia humana parezcan mezquinos y estrechos” (Nietzsche; 2006: 189). Así pues, el clamor por el vitalismo, por la manifestación de la vida debe ser la pregunta por el qué y el porqué de la vida. ¿Cómo se salta del nihilismo al vitalismo? Ciertamente no es un salto al vacío en virtud del absurdo (Kierkegaard), sino más bien pasar de negar al mundo a afirmarlo. Si el ideal ascético es una única manera de interpretar la vida, examinar el impulso de esa interpretación deberá conducir a que hay otras maneras de interpretación y de afirmación de la vida. Nadie pelea con el ascetismo, de hecho se admira. Lo que se discute es el modo en que es afirmada la vida. Por esa razón es que el vitalismo es la fuerza que provee las condiciones para nuevas interpretaciones y metas de la vida; es el nuevo optimum del filósofo, su quehacer, su impulso por la verdad y la belleza:

“No te aflijas, la belleza volverá a regocijarte con su gracia." Hafiz, Poeta Persa.

Bibliografía
Nietzsche, F. Genealogía de la Moral. Editorial Alianza (2006)

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