Sobre los Ideales ascéticos
“Despreocupados,
irónicos, violentos
..así nos quiere
la sabiduría: es una mujer,
ama siempre únicamente a un
guerrero...”
Así habló Zaratustra
“El hombre prefiere querer la nada
a no querer”
Genealogía de la moral.
Introducción
Este ensayo es
sobre el tercer tratado de la Genealogía
de la Moral de Frederick Nietzsche, ¿qué
significan los ideales ascéticos? Se hará un esfuerzo grande de interpretación y valoración del tratado (dos grandes conceptos que atraviesan la
filosofía nietzscheana) teniendo en cuenta dos aforismos que utiliza Nietzsche
para este tratado (los mismos que están al inicio del presente texto). El
primero es tomado de Zaratustra y es puesto como epígrafe inicial del tratado;
el segundo es «el humano prefiere querer
la nada a no querer», afirmación que inicia y cierra el tercer tratado. Las
preguntas que se intentarán responder son las siguientes: ¿cuál es la escisión entre el filósofo y el sacerdote con relación al
ideal ascético? ¿Cuál es la «voluntad de nada»? y finalmente, ¿cómo se salta del nihilismo al vitalismo?
Son preguntas grandes, y por ello, citaremos de entrada las definiciones –no
explicaciones– que da Nietzsche del significado
de los ideales ascéticos en general en el aforismo uno del tratado. Comencemos,
pues, desde el principio.
I
“¿Qué significan los ideales ascéticos? – Entre
artistas, nada o demasiadas cosas diferentes; entre filósofos y personas
doctas, algo así como un olfato y un instinto para percibir las condiciones más
favorables de una espiritualidad elevada; entre mujeres, en el mejor de los
casos, una amabilidad más de la seducción, un poco de morbidezza sobre una carne hermosa, la angelicidad de un bello
animal grueso; entre gentes fisiológicamente lisiadas y destempladas (la mayoría de los mortales), un intento de
encontrarse «demasiado buenas» para este mundo, una forma sagrada de
desenfreno, su principal recurso en la lucha contra el lento dolor y contra el
aburrimiento; entre sacerdotes, la auténtica fe sacerdotal, su mejor
instrumento de poder, y también la «suprema» autorización para el mismo;
finalmente, entre santos, un pretexto para el letargo invernal, su novissima gloriae cupido, su descanso en
la nada («Dios»), su forma peculiar de locura. Ahora bien, en el hecho de que
el ideal ascético haya significado tantas cosas para el hombre se expresa la
realidad fundamental de la voluntad humana, su horror vacui: esa voluntad necesita
una meta – y prefiere querer la nada
a no querer".
II
¿Cuál es la
escisión del filósofo y el sacerdote con relación al ideal ascético? Una
respuesta corta puede ser esta: el filósofo rinde homenaje al ideal ascético
porque “quiere escapar a una tortura” (Nietzsche: 2006; 137) mientras que el
sacerdote no está interesado en escapar a tal tortura; parece más bien que se
justifica en ella. Pero examinemos detenidamente esta cuestión.
Nietzsche ubica al
filósofo en el ideal ascético en cuanto este último es el presupuesto para el
primero; es decir, el filósofo debió representar un ascetismo para ser posible. Ahora bien, ¿por qué debió
hacerlo? Según el filósofo alemán, por carecer de fuerza dado su predisposición
a la contemplación. En consecuencia, el filósofo es un hombre contemplativo; mas
¿por qué negar el mundo?, ¿por qué negar los sentidos? ¿A qué viene el gusto
por el desierto, la soledad, el desprecio…?
Pareciera como si la voluntad de poder fuera el producto de aquellas almas que,
en primer momento, dudaron de sí mismas y para afirmarse en el mundo, para
afirmar su existencia y su confianza en sí mismas se hubieran retirado a un
"desierto cualquiera" precisamente motivadas por un “afirmarse” en la
vida. En efecto, el ideal ascético fue en un primer momento lo mismo para
filósofos y sacerdotes –pues para ellos significó
«algo», a diferencia de los
artistas–, a saber: un querer-dominar.
Nietzsche sostiene
que tanto el filósofo como el sacerdote, el («hombre contemplativo») era
despreciado por no ser temido; en consecuencia, tuvo que inspirar miedo en los
demás y en sí mismo para hacerse temer y ganarse su “derecho a la vida”. Un
proceso deconstruccionista que, según F.N., se usó para derrumbar creencias en
sí mismo e inspirar miedo a los demás. Así pues, el retiro a la soledad, el
retiro al desierto cualquiera lo define F.N., como la búsqueda de un optimum de condiciones para afirmar su
existencia. ¿Pero por qué? El filósofo, al ser contemplativo, debe retirarse al desierto para hacer lo
que otros no pueden hacer, a saber: el alcance de una espiritualidad elevada,
entendiendo por ello, la expresión de la fuerza, de la voluntad de poder. Ahora bien, eso no suena a un filósofo sino a un
sacerdote, que además se auto flagela frente a su público. Sin embargo, el
filósofo fue así, ha sido así, aplaude cuando oye historias ascéticas como
queda dicho en el texto. ¿Dónde se separaron el filósofo y el sacerdote?
La respuesta la
encontramos cuando Nietzsche dice “un hombre fuerte y bien constituido digiere
sus vivencias (incluidas las acciones, las fechorías) de igual manera que
digiere sus comidas, aun cuando tenga que tragar duros bocados” (Nietzsche:
2006; 167). El filósofo se retira al desierto para probarse a sí mismo que es
capaz de dominar sus instintos, para saber controlarse, lo mismo que el
sacerdote. La diferencia radica en el impulso
que motiva al uno y al otro. Ambos lo hacen por sed de poder, al fin de
cuentas, es la voluntad la que está operando. Pero más allá hay otra cosa:
Nietzsche clama porque se cambie el objetivo del filósofo y que el ideal
ascético sea, aparte de querer dominar, un impulso
por la verdad –o si se tienen oídos muy delicados, un impulso por la nada. Cierto es que se niega que exista una «verdad»
como tal, sino simplemente interpretaciones de hechos; es a partir de diversas
interpretaciones de una misma cosa (de la vida) que se puede tener más
perspectivas de la misma y, en consecuencia, la objetividad que busca el
filósofo, su verdad.
En este punto
surge la escisión con el sacerdote –quien ciertamente también carece de ese impulso por la nada–, pues la motivación del sacerdote es la formación de su rebaño, su
papel de enfermero. Acá, el sacerdote se aplica el látigo a sí mismo con una
voluntad admirable, lo hace en frente de su público para mostrar su fuerza y
terminar dominando al “rebaño”. Sobre esto, Nietzsche sostiene que la creación
de rebaños sólo puede darse a partir de las “miserias comunes”. En esa medida,
el progreso de la comunidad hará olvidar la miseria particular.
Así las cosas, la
escisión del filósofo y el sacerdote es la distancia
y la actitud frente al ideal
ascético, pues en el filósofo la aparente negación que entraña el ideal se
transforma y se convierte en un sí a la vida, mientras que en el sacerdote
queda como negación y expresión de la fuerza…pero afirmar la vida con el optitum de condiciones es decir sí a la
vida, algo que el sacerdote no hace porque debe estar enfermo, sentirse enfermo,
para entender a los enfermos, cambiar la dirección del resentimiento de éstos…y
torturarlos, curando y envenenando las heridas poco a poco.
III
¿Cuál es la
voluntad de nada? El nihilismo. Pero ¿qué quiere decir esa voluntad de nada?
¿Se puede entender como un no-querer-dominar(se)? Nietzsche sostiene una
afirmación que suena mal para oídos
delicados, a saber: “Lo que hay que temer, lo que produce efectos más fatales
que ninguna otra fatalidad, no sería el gran miedo, sino la gran náusea frente
al hombre; y también la gran compasión
por el hombre. Suponiendo que un día ambas se maridasen, entraría
inmediatamente en el mundo, de nodo inevitable, algo del todo siniestro, la «última
voluntad» del hombre, su voluntad de la nada, el nihilismo. Y, en realidad,
para esto hay mucho preparado”. (Nietzsche: 2006; 158)
Efectivamente –y saliéndonos
un momento de la teoría–, el mundo ha cambiado a partir de la II guerra
mundial. El hecho de que los hombres hayan producido un Auschwitz, un
Hiroshima, significó la caída de la “racionalidad” y el advenimiento del nihilismo
que Nietzsche anunció, porque la vida perdió todo su valor en esos lugares y después de estos. El fatalismo de la
cultura expresado en el desencanto de la misma (desencanto que puede rastrearse
en la ausencia de Dios y de fundamentos últimos.) Ejemplos: Más allá de la culpa y la expiación de
Jean Amery o la obra de teatro Esperando
a Godot de Samuel Beckett, donde huele a desencanto, a desespero, a
desazón. Pero tal vez quien da mayor cuenta de esto es Albert Camus en el siglo del miedo; me permito citar in extenso un párrafo de aquel ensayo,
donde se afirma:
“Por cierto, no es la primera vez que los hombres se
hallan ante un porvenir materialmente cerrado. Pero salían adelante, por lo
general, gracias a la palabra y al clamor. Recurrían a otros valores en los que
depositaban sus esperanzas. Hoy nadie habla ya (salvo los que se repiten)
porque el mundo nos parece conducido por fuerzas ciegas y sordas que no oyen
las voces de advertencia, los consejos y las súplicas. Algo en nosotros fue
destruido por el espectáculo de los años que acabamos de vivir. Y ese algo es
aquella eterna confianza del hombre que le ha hecho creer siempre que podían
obtenerse de otro hombre reacciones humanas hablándole con el lenguaje de la
humanidad. Nosotros vimos mentir, envilecer, matar, deportar, torturar y cada
vez que sucedía era imposible persuadir a los que lo hacían de no hacerlo,
porque estaban seguros de sí mismos y porque no se persuade a una abstracción,
es decir al representante de una ideología”.
En esas palabras
huele a fatalismo, al fatalismo de un intelectual que avisó lo que podría
pasar, fue capaz de verlo y sin embargo sucedió. De ahí la queja de Nietzsche
contra los sitios de la cultura. El ideal ascético en filósofos y personas
doctas significa las condiciones más óptimas para el desarrollo de una
espiritualidad elevada, pero en el momento en que ese optimum desaparece, queda el vacío, la nada, y por tanto no hay algo qué querer. El que todo de
igual es precisamente lo que Camus denomina con las siguientes palabras: “el mundo nos parece conducido por fuerzas
ciegas y sordas que no oyen las voces de advertencia”. ¿No habrá ya nada
qué querer…?
IV
Con lo anterior,
queda expresado el nihilismo en sus términos más generales. El que nadie
escuche las advertencias, lo que el profesor Carlos Fajardo Fajardo en su texto
Rostros del totalitarismo afirma en
repetidas ocasiones: el artista no tiene a quien hablar. Ese nihilismo de la
cultura es una no-voluntad, un no-querer-hacer. Sin embargo, Nietzsche quiere
llegar al nihilismo, clama por él en el último aforismo del tratado cuando
sostiene el humano prefiere querer la nada a no querer.
En esa frase, el no-querer es el vitalismo, mientras que querer la nada,
abrazar la nada es el nihilismo reactivo. ¿Qué quiere decir esto?
Efectivamente, el
filósofo alemán propone como tarea de todo filósofo la determinación de la
jerarquía de los valores, revalorarlos. Nietzsche no propone abrazar la nada
porque eso es un fatalismo que deviene en cansancio, que fue justamente lo que
representó Auschwitz. Ya no se confió en el hombre y su racionalidad…pero ¿qué
quiere decir no-querer la nada? En
rigor, querer algo, pero no por el querer mismo, sino por otra cosa. Una
motivación diferente… ¿Podría ser el impulso por la belleza?
Dentro de las
diversas corrientes filosóficas, puede ubicarse a Nietzsche en el vitalismo,
pues ésta corriente niega los principios y fundamentos primeros y últimos, es
amiga del devenir y, dicho escuetamente, se propone por un hacer algo con la
vida mientras se tenga. El nihilismo es un pasivo, mientras que el vitalismo es
un activo. Nihilismo y vitalismo tienen carencia de fundamentos, pero por lo
mismo, el vitalismo es querer-hacer. Ya se salta del querer-dominar del
sacerdote y del querer-escapar de la tortura del filósofo.
No obstante, la
pregunta ¿para qué el hombre? es la que quizá resuena con mayor eco
–precisamente por la sensación de vacío que rodea al hombre–. Al final
Nietzsche dice: “ese odio contra lo humano, más aún, contra lo animal, más aún,
contra lo material, esa repugnancia ante los sentidos, ante la razón misma, el
miedo a la felicidad y a la belleza, ese anhelo de apartarse de toda
apariencia, cambio, devenir, muerte, deseo, anhelo mismo –¡todo ello significa,
atrevámonos a comprenderlo, una voluntad
de nada, una aversión contra la vida, un rechazo de los presupuestos más
fundamentales de la vida, pero es, y no deja de ser, una voluntad!” (Nietzsche: 2006; 205)
Psicológicamente
hablando, eliminar la voluntad es una tarea risible.
La motivación siempre está existente, y en el ideal ascético se expresa la
firmeza de la voluntad con el mayor rigor. No creo que Nietzsche pretenda
eliminar la voluntad, sino más bien la condición de ideal de la voluntad. “Allí donde todos ven ideales, yo solo veo lo
humano, demasiado humano”.
V
Hasta ahora hemos
intentado poner en discusión el texto con las tres preguntas iniciales. Ahora
vamos al tema importante. ¿Nihilismo o vitalismo? La belleza salvará al mundo,
afirmó Dostoievski. Stendhal entiende la belleza como promesa de felicidad, y
sobre esa base se puede discutir el tema. Ya dice Nietzsche que no se puede
contemplar desinteresadamente la obra
de arte. Incluso Schopenhauer lo hace, aunque proponga lo contrario. "El
alma, que ha sido creada con predisposición al amor, se lanza hacia todo lo
agradable, tan pronto como es incitada por el placer a ponerse en acción"
dice Dante en la divina comedia. Ese
“ponerse en acción” es el quid de la
cuestión. El hecho incuestionable de que tengamos que querer no significa, en
modo alguno, que hagamos lo que deseamos. En un primer momento no importó qué
se deseaba, dice Nietzsche, pero ahora sí importa, ahora vamos despreocupados
por la vida con intención de hacer, de lanzarnos hacia lo bello, necesitamos la
acción. ¡Aire puro!, el aire saludable; vitalismo. El deseo. El querer-hacer.
“El ideal ascético
tiene una meta, – y ésta es lo
suficientemente universal como para que, comparados con ella, todos los demás
intereses de la existencia humana parezcan mezquinos y estrechos” (Nietzsche;
2006: 189). Así pues, el clamor por el vitalismo, por la manifestación de la
vida debe ser la pregunta por el qué y el porqué de la vida. ¿Cómo se salta del
nihilismo al vitalismo? Ciertamente no es un salto al vacío en virtud del
absurdo (Kierkegaard), sino más bien pasar de negar al mundo a afirmarlo. Si el
ideal ascético es una única manera de
interpretar la vida, examinar el
impulso de esa interpretación deberá conducir a que hay otras maneras de interpretación y de afirmación de la vida. Nadie pelea con el ascetismo, de hecho se
admira. Lo que se discute es el modo en
que es afirmada la vida. Por esa razón es que el vitalismo es la fuerza que provee
las condiciones para nuevas interpretaciones y metas de la vida; es el nuevo optimum del filósofo, su quehacer, su
impulso por la verdad y la belleza:
“No te aflijas, la
belleza volverá a regocijarte con su gracia." Hafiz, Poeta Persa.
Bibliografía
Nietzsche, F.
Genealogía de la Moral. Editorial Alianza (2006)
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