jueves, 12 de abril de 2012


Lo que quisiste ser

“Pero mi pasión es más fuerte que la reflexión, 
la pasión que es la causa de las mayores 
desgracias para los mortales”. 
Medea. Eurípides

Y esa es la pregunta de mi ensayo. ¿El dolor moral de Raskolnikoff es basado en un sentimiento de vanidad que le impide apreciarse a sí mismo en cuanto hombre genial? A la luz de esto, aclaro que por “dolor moral” estamos referidos a una moral Nietzscheana, que busca que el sujeto esté libre y sea dueño de sí mismo y esclavo de sí mismo. Y por otra parte, el tema de la vanidad es tratado desde su división de los “hombres geniales” y los “hombres mediocres” que, a ojos de Raskolnikoff, son la inmensa mayoría.

Dice Nietzsche que el cuerpo humano es un montón de nervios y músculos; en suma, nada bello para ver. Pero lo que embellece al cuerpo es la piel, la que hace de nosotros una imagen soportable. Asimismo es la vanidad para el alma: la vanidad es la piel del alma. Tal es el argumento.

Presuponiendo que el libro crimen y castigo es una especie de relato de una psicopatología de un asesino que termina siendo vencido por sí mismo y la culpa más que por las autoridades, nos enfrentamos a una pregunta fundamental: ¿Por qué se arrepiente? Pero Raskolnikoff nunca se arrepiente de haber matado. De hecho acepta que si volviera a ver a la vieja prestamista la volvería a matar. Entonces, ¿cuál es el dolor? ¿Por qué sufre de una especie de paranoia luego del asesinato? A primera vista, se puede suponer que la paranoia sería una reacción normal, casi química, de haber cometido un delito, pero no cualquier delito, sino uno grave, uno que le pesa y le atañe directamente a la conciencia, a ese lugar escondido que no se ve nunca pero que siempre está hablando y juzgando. Raskolnikoff es un remedo del súper hombre nietzscheano en tanto que tiene su propio sistema de valores, y desde ahí juzga el mundo. ¿Por qué hay culpa si nadie lo está juzgando?

En efecto, nadie lo juzga, pero la tesis de Nietzsche también puede leerse desde el otro lado. Es decir, así como yo construyo mis propios valores, asimismo debo yo dar cuenta ante mí de mis propias acciones. En definitiva, lo que propone Nietzsche es la autodeterminación que debe tener el humano para vivir. Así es Raskolnikoff. Él tiene su idea, vive por ella, quiere llegar a ser genial. Todos los detalles de la historia ciertamente son una cuestión baladí en tanto que el meollo del asunto se halla precisamente en el acto de asesinato y la posterior reacción de Raskolnikoff, la respuesta al estímulo causado por su propio acto. Se está juzgando a sí mismo desde dos lugares: primero, por haber matado; segundo, por el sentimiento que lo invade después de haber matado. No digamos remordimiento, y tampoco es culpa. Simplemente toma conciencia de que está cediendo ante la presión y es precisamente lo que hay que evitar. Se convence a sí mismo de mil maneras de que lo que ha hecho está bien, pero su cuerpo es el que reacciona mal. Ahí está el inconveniente, he ahí el quid de la cuestión.

¿Pero cómo es posible esta situación? Si nos paramos en teoría literaria, y hablamos de Dostoievski un momentico, le preguntamos a Bajtín y él responde lo siguiente: “No estamos viendo quién es el héroe, sino cómo se reconoce, y nuestra visión artística ya no se enfrenta a su realidad, sino a la pura función de reconocimiento de esta realidad por él”[1]. ¿Por qué se afirma esto? Porque en crimen y castigo, no debe olvidarse que Raskolnikoff cumple la función de ser protagonista, pero no cualquier protagonista. Raskolnikoff es el héroe, el héroe realista, un héroe que difiere de la concepción clásica de héroe (un sujeto representando los ideales de una comunidad) para pasar a ser un tipo más sencillo, más humilde, un héroe que tiene unas características que Mijail Bajtín explica muy bien. Por ejemplo “El héroe de Dostoievski es todo autoconciencia”[2] y de ahí, el héroe construye su mundo, según su reflexión. O esto otro: “A Dostoievski no le importa qué es lo que el héroe representa para el mundo, sino, ante todo, qué es lo que representa el mundo para él y qué es lo que viene a ser para sí mismo”. [3] Y todas estas definiciones del héroe en Dostoievski aplican, naturalmente, a Raskolnikoff. Y todas se subsumen a esto último dicho por Bajtín: “Aquello que debe ser representado viene a ser el último recuento de su conciencia y autoconciencia y, al fin y al cabo, su última palabra acerca de su persona y de su mundo”[4] Es decir, en Dostoievski, los héroes tienen la última palabra en cuanto a su visión de mundo y de sí mismos, por lo tanto, no hay nada que agregar a los héroes dostoievskianos que estos no sepan. Tal es el argumento bajtiniano.

Pero volvamos a Raskolnikoff, que está en Siberia (o estuvo, no sé si ya salió) pagando su crimen. Uno puede preguntarse lo siguiente: si él no se arrepiente de haber cometido el crimen, ¿puede haber algún tipo de perdón? En definitiva, lo que él no se perdona es precisamente no llegar a ser ese hombre genial y majestuoso que quiso ser. Su orgullo no le da siquiera una oportunidad de perdonarse el no ser capaz de lograr el objetivo. Lo máximo que hace la justicia por él es “saldar su deuda”, pero de ahí al perdón hay una diferencia abismal. ¿Quién va a perdonarlo? Y ¿cómo va a perdonarlo si él no se arrepiente? Aquí es donde entra Sonia

¿Qué representa Sonia? Ella también es desgraciada, es una prostituta que más que ejercer la profesión es una mujer prostituida por la situación. Es distinto. Ahora bien, siendo ella así, ese hecho debe tener una significación: el que ella sea de baja clase y sin embargo halla amor entre ambos desgraciados, entre ambos sujetos pisoteados por sí mismos y su situación miserable. Ella es quien le perdona, ella es quien le lee el pasaje de lázaro y lo invita a la resurrección, ella es quien lo convence, en definitiva, de entregarse. Raskolnikoff quería huir, y a la pregunta “a donde” el ve que su idea es torpe, no corresponde a lo que debería suceder. No tiene que responderle más que “a cualquier parte, lejos, muy lejos”, pero sin ningún lugar específico. Ella argumenta que no puede vivir huyendo, y sigue una perorata argumentativa en la que Raskolnikoff está perdido, y ella se lo hace ver: “te perdiste a ti” le dice.

El único camino que queda es entregarse, y es Sonia quien le hace ver esto. Pero  hasta antes de Sonia tenemos a un Raskolnikoff orgulloso, prepotente, que simplemente responde de mala gana a lo que se le pregunta, a lo que se le dice. Está furioso, está enojado, su ira la descarga con los demás, acaso por su torpeza, acaso por su falta de fuerza para no ser grande, para no ser Napoleón. Se parece a Iván Karamázov en esto: un intelectual que entiende el mundo y lo interpreta desde una visión original. Pero de la interpretación a la ejecución hay un salto, uno de esos saltos que muchas veces no puede darse. Del dicho al hecho hay mucho trecho, y así le pasa a Raskolnikoff. Su idea nunca fue matar para robar, su idea fue probarse que si era capaz, que si podía ser lo que él quería. Al fin y al cabo, es ese su objetivo, de ahí su división de los hombres. Y el problema no es que él se sienta con derecho a matar, o bueno, esto hace parte de otro problema y de otro ensayo. El problema que se trata acá es precisamente el siguiente: si lo tenía tan claro, ¿qué salió mal? Y su dolor no es por arrepentimiento[5], su dolor es por el fracaso. Raskolnikoff no fue lo que quiso ser. Falló, y ahí estriba el problema moral (moral nietzscheana y dostoievskiana, para este caso). Su tribunal es él mismo, y no puede escapar a decirse “¡mierda, fallé!”. No existe forma de escapar de sí mismo, por eso la afirmación de Bajtín es absolutamente apropiada y desgarradora: “no hay nada que agregar a los héroes dostoievskianos que éstos no sepan”.

Ahora bien, separemos la causa del efecto. El efecto es que Raskolnikoff mató, pero la causa viene a ser la motivación. ¿Para qué quiere ser uno Napoleón? ¿Qué obtiene uno con ser genial? ¿Cuál es el objetivo de esto? Después de todo, la genialidad por la genialidad no existe. No es un ideal. Se trata, pues, de algo más alejado. Raskolnikoff quiere ser genial, grande, un súper hombre, llámenlo como quieran, pero el punto es el mismo: destacar. Salirse de la inmensa mayoría de mediocres que viven y pululan en el mundo. ¿Con qué objeto? La admiración, la vanidad. Lo que habría que determinarse es si se requiere admiración de sí mismo (y para eso demostrarse a sí mismo que se es capaz de una cierta acción, como matar, en este caso) o si también se requiere admiración de los demás, de esa masa tan criticada y apaleada por el hombre superior, por Raskolnikoff, en nuestro caso.

Lo último podemos descartarlo si tenemos en cuenta nuevamente a Bajtín con lo siguiente: “el héroe posee una autoridad ideológica y es independiente, se percibe como autor de una concepción ideológica propia, y no como un objeto de la visión artística de Dostoievski”[6]. En consecuencia, Raskolnikoff es un ser independiente incluso de su creador, y por eso a él no le interesa si Dostoievski está de acuerdo con él, mucho menos le van a importar los demás (aunque esto no quiere decir que su acto sea irreflexivo, como pone el epígrafe del inicio. En este caso, el epígrafe está puesto para ser desmentido).

Raskolnikoff es lo que sea (hasta un asesino), pero no es irreflexivo. De hecho toda su autoconciencia no es más que ese proceso de reflexión y meditación constante sobre lo que va a hacer y lo que pasará después, esa proyección que pretende dar cuenta de que las cosas están controladas por él. Pero hay que ser insistentes y decir que no puede. Y ahí de destroza su orgullo y su vanidad y, con ellas, en última instancia, se destroza su moral. ¿Por qué? Porque su tabla de valores no funcionó, porque no pudo ponerla en marcha, porque ha fracasado en su intento, porque su idea no pudo ser llevada a cabo. En definitiva, es lícito decirle a Raskolnikoff lo siguiente (y espero que él no se moleste porque lo tuteo): tú no pudiste ser lo que quisiste ser. Y el dolor está en no haber podido, en no conseguir la voluntad de poder de Nietzsche, en no ser capaz. Y al no estar capacitado, ¿cómo puede haber valoración de sí mismo?, ¿adónde va la vanidad?, ¿dónde queda el orgullo? Pero todo esto es posible hablando de una moralidad propia, porque en un sentido amplio, el nunca se arrepiente por el asesinato. Al fin de cuentas, lo volvería a ser, y toda esta discusión es hasta antes de la aparición de Sonia y su entrega. ¿Qué quiere decir este final? ¿Por qué Raskolnikoff, al igual que Lázaro, debe revivir? Esta pregunta nos queda al aire, pero es sólida. Eso sí, vale la pena aclarar: la vanidad; mí pecado favorito…



[1] Bajtín, M (2003). Problemas de la poética de Dostoievski. Ciudad de México: Fondo de cultura económica P. 75

[2] Ibíd. P 79
[3] Ibíd. P. 73
[4] Ibíd.P74
[5] En este sentido no es dolor moral en el sentido tradicional
[6] Ibíd. P.13

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