Lo que quisiste ser
“Pero mi pasión es
más fuerte que la reflexión,
la pasión que es la causa de las mayores
desgracias para los mortales”.
Medea. Eurípides
Y
esa es la pregunta de mi ensayo. ¿El
dolor moral de Raskolnikoff es basado en un sentimiento de vanidad que le impide
apreciarse a sí mismo en cuanto hombre genial? A la luz de esto, aclaro que
por “dolor moral” estamos referidos a una moral Nietzscheana, que busca que el
sujeto esté libre y sea dueño de sí mismo y esclavo de sí mismo. Y por otra
parte, el tema de la vanidad es tratado desde su división de los “hombres
geniales” y los “hombres mediocres” que, a ojos de Raskolnikoff, son la inmensa
mayoría.
Dice Nietzsche que el cuerpo humano es
un montón de nervios y músculos; en suma, nada bello para ver. Pero lo que embellece
al cuerpo es la piel, la que hace de nosotros una imagen soportable. Asimismo
es la vanidad para el alma: la vanidad es la piel del alma. Tal es el
argumento.
Presuponiendo
que el libro crimen y castigo es una especie de relato de una psicopatología de
un asesino que termina siendo vencido por sí mismo y la culpa más que por las
autoridades, nos enfrentamos a una pregunta fundamental: ¿Por qué se
arrepiente? Pero Raskolnikoff nunca se arrepiente de haber matado. De hecho
acepta que si volviera a ver a la vieja prestamista la volvería a matar. Entonces,
¿cuál es el dolor? ¿Por qué sufre de una especie de paranoia luego del
asesinato? A primera vista, se puede suponer que la paranoia sería una reacción
normal, casi química, de haber cometido un delito, pero no cualquier delito,
sino uno grave, uno que le pesa y le atañe directamente a la conciencia, a ese
lugar escondido que no se ve nunca pero que siempre está hablando y juzgando. Raskolnikoff
es un remedo del súper hombre nietzscheano en tanto que tiene su propio sistema
de valores, y desde ahí juzga el mundo. ¿Por qué hay culpa si nadie lo está
juzgando?
En
efecto, nadie lo juzga, pero la tesis de Nietzsche también puede leerse desde
el otro lado. Es decir, así como yo construyo mis propios valores, asimismo
debo yo dar cuenta ante mí de mis propias acciones. En definitiva, lo que
propone Nietzsche es la autodeterminación que debe tener el humano para vivir.
Así es Raskolnikoff. Él tiene su idea, vive por ella, quiere llegar a ser
genial. Todos los detalles de la historia ciertamente son una cuestión baladí
en tanto que el meollo del asunto se halla precisamente en el acto de asesinato
y la posterior reacción de Raskolnikoff, la respuesta al estímulo causado por
su propio acto. Se está juzgando a sí
mismo desde dos lugares: primero, por haber matado; segundo, por el sentimiento
que lo invade después de haber matado. No digamos remordimiento, y tampoco es
culpa. Simplemente toma conciencia de que está cediendo ante la presión y es
precisamente lo que hay que evitar. Se convence a sí mismo de mil maneras de
que lo que ha hecho está bien, pero su cuerpo es el que reacciona mal. Ahí está
el inconveniente, he ahí el quid de la cuestión.
¿Pero
cómo es posible esta situación? Si nos paramos en teoría literaria, y hablamos
de Dostoievski un momentico, le preguntamos a Bajtín y él responde lo
siguiente: “No estamos viendo quién es el héroe, sino cómo se reconoce, y
nuestra visión artística ya no se enfrenta a su realidad, sino a la pura
función de reconocimiento de esta realidad por él”[1]. ¿Por qué se afirma esto?
Porque en crimen y castigo, no debe olvidarse que Raskolnikoff cumple la
función de ser protagonista, pero no cualquier protagonista. Raskolnikoff es el
héroe, el héroe realista, un héroe que difiere de la concepción clásica de
héroe (un sujeto representando los ideales de una comunidad) para pasar a ser
un tipo más sencillo, más humilde, un héroe que tiene unas características que
Mijail Bajtín explica muy bien. Por ejemplo “El héroe de Dostoievski es todo
autoconciencia”[2]
y de ahí, el héroe construye su mundo, según su reflexión. O esto otro: “A
Dostoievski no le importa qué es lo que el héroe representa para el mundo,
sino, ante todo, qué es lo que representa el mundo para él y qué es lo que
viene a ser para sí mismo”. [3] Y todas estas definiciones
del héroe en Dostoievski aplican, naturalmente, a Raskolnikoff. Y todas se
subsumen a esto último dicho por Bajtín: “Aquello que debe ser representado
viene a ser el último recuento de su conciencia y autoconciencia y, al fin y al
cabo, su última palabra acerca de su persona y de su mundo”[4] Es decir, en Dostoievski,
los héroes tienen la última palabra en cuanto a su visión de mundo y de sí
mismos, por lo tanto, no hay nada que agregar a los héroes dostoievskianos que
estos no sepan. Tal es el argumento bajtiniano.
Pero
volvamos a Raskolnikoff, que está en Siberia (o estuvo, no sé si ya salió)
pagando su crimen. Uno puede preguntarse lo siguiente: si él no se arrepiente
de haber cometido el crimen, ¿puede haber algún tipo de perdón? En definitiva,
lo que él no se perdona es precisamente no llegar a ser ese hombre genial y
majestuoso que quiso ser. Su orgullo no le da siquiera una oportunidad de
perdonarse el no ser capaz de lograr el objetivo. Lo máximo que hace la
justicia por él es “saldar su deuda”, pero de ahí al perdón hay una diferencia abismal.
¿Quién va a perdonarlo? Y ¿cómo va a perdonarlo si él no se arrepiente? Aquí es
donde entra Sonia
¿Qué
representa Sonia? Ella también es desgraciada, es una prostituta que más que
ejercer la profesión es una mujer prostituida
por la situación. Es distinto. Ahora bien, siendo ella así, ese hecho debe
tener una significación: el que ella sea de baja clase y sin embargo halla amor
entre ambos desgraciados, entre ambos sujetos pisoteados por sí mismos y su
situación miserable. Ella es quien le perdona, ella es quien le lee el pasaje
de lázaro y lo invita a la resurrección, ella es quien lo convence, en
definitiva, de entregarse. Raskolnikoff quería huir, y a la pregunta “a donde”
el ve que su idea es torpe, no corresponde a lo que debería suceder. No tiene
que responderle más que “a cualquier parte, lejos, muy lejos”, pero sin ningún
lugar específico. Ella argumenta que no puede vivir huyendo, y sigue una
perorata argumentativa en la que Raskolnikoff está perdido, y ella se lo hace
ver: “te perdiste a ti” le dice.
El
único camino que queda es entregarse, y es Sonia quien le hace ver esto.
Pero hasta antes de Sonia tenemos a un
Raskolnikoff orgulloso, prepotente, que simplemente responde de mala gana a lo
que se le pregunta, a lo que se le dice. Está furioso, está enojado, su ira la
descarga con los demás, acaso por su torpeza, acaso por su falta de fuerza para
no ser grande, para no ser Napoleón. Se parece a Iván Karamázov en esto: un
intelectual que entiende el mundo y lo interpreta desde una visión original.
Pero de la interpretación a la ejecución hay un salto, uno de esos saltos que
muchas veces no puede darse. Del dicho al hecho hay mucho trecho, y así le pasa
a Raskolnikoff. Su idea nunca fue matar para robar, su idea fue probarse que si
era capaz, que si podía ser lo que él
quería. Al fin y al cabo, es ese su objetivo, de ahí su división de los
hombres. Y el problema no es que él se sienta con derecho a matar, o bueno,
esto hace parte de otro problema y de otro ensayo. El problema que se trata acá
es precisamente el siguiente: si lo tenía tan claro, ¿qué salió mal? Y su dolor
no es por arrepentimiento[5], su dolor es por el
fracaso. Raskolnikoff no fue lo que quiso ser. Falló, y ahí estriba el problema
moral (moral nietzscheana y dostoievskiana, para este caso). Su tribunal es él
mismo, y no puede escapar a decirse “¡mierda, fallé!”. No existe forma de
escapar de sí mismo, por eso la afirmación de Bajtín es absolutamente apropiada
y desgarradora: “no hay nada que agregar a los héroes dostoievskianos que éstos
no sepan”.
Ahora
bien, separemos la causa del efecto. El efecto es que Raskolnikoff mató, pero
la causa viene a ser la motivación. ¿Para qué quiere ser uno Napoleón? ¿Qué
obtiene uno con ser genial? ¿Cuál es el objetivo de esto? Después de todo, la
genialidad por la genialidad no existe. No es un ideal. Se trata, pues, de algo
más alejado. Raskolnikoff quiere ser genial, grande, un súper hombre, llámenlo
como quieran, pero el punto es el mismo: destacar.
Salirse de la inmensa mayoría de mediocres que viven y pululan en el mundo.
¿Con qué objeto? La admiración, la vanidad. Lo que habría que determinarse es
si se requiere admiración de sí mismo (y para eso demostrarse a sí mismo que se
es capaz de una cierta acción, como matar, en este caso) o si también se requiere
admiración de los demás, de esa masa tan criticada y apaleada por el hombre
superior, por Raskolnikoff, en nuestro caso.
Lo
último podemos descartarlo si tenemos en cuenta nuevamente a Bajtín con lo
siguiente: “el héroe posee una autoridad ideológica y es independiente, se
percibe como autor de una concepción ideológica propia, y no como un objeto de
la visión artística de Dostoievski”[6]. En consecuencia,
Raskolnikoff es un ser independiente incluso de su creador, y por eso a él no
le interesa si Dostoievski está de acuerdo con él, mucho menos le van a
importar los demás (aunque esto no quiere decir que su acto sea irreflexivo,
como pone el epígrafe del inicio. En este caso, el epígrafe está puesto para
ser desmentido).
Raskolnikoff
es lo que sea (hasta un asesino), pero no es irreflexivo. De hecho toda su
autoconciencia no es más que ese proceso de reflexión y meditación constante
sobre lo que va a hacer y lo que pasará después, esa proyección que pretende
dar cuenta de que las cosas están controladas por él. Pero hay que ser
insistentes y decir que no puede. Y ahí de destroza su orgullo y su vanidad y,
con ellas, en última instancia, se destroza su moral. ¿Por qué? Porque su tabla
de valores no funcionó, porque no pudo ponerla en marcha, porque ha fracasado
en su intento, porque su idea no pudo ser llevada a cabo. En definitiva, es
lícito decirle a Raskolnikoff lo siguiente (y espero que él no se moleste
porque lo tuteo): tú no pudiste ser lo
que quisiste ser. Y el dolor está en no haber podido, en no conseguir la voluntad de poder de Nietzsche, en no
ser capaz. Y al no estar capacitado,
¿cómo puede haber valoración de sí mismo?, ¿adónde va la vanidad?, ¿dónde queda
el orgullo? Pero todo esto es posible hablando de una moralidad propia, porque
en un sentido amplio, el nunca se arrepiente por el asesinato. Al fin de
cuentas, lo volvería a ser, y toda esta discusión es hasta antes de la
aparición de Sonia y su entrega. ¿Qué quiere decir este final? ¿Por qué
Raskolnikoff, al igual que Lázaro, debe revivir?
Esta pregunta nos queda al aire, pero es sólida. Eso sí, vale la pena aclarar:
la vanidad; mí pecado favorito…
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