jueves, 12 de abril de 2012


Desde el principio fuimos testigos
  
“ahora comprendía el miedo de sus
pacientes cuando le decían, Doctor,
me parece que estoy perdiendo la vista”.
 Saramago

¿Introducción…?
Este presente texto no es un ensayo en tanto no responde a una pregunta específica y no usa lenguaje académico o técnico; lo es en tanto termina defendiendo posturas respecto a los temas y textos a tratar. Se trabajará sobre tres textos y tres puntos de análisis propuestos en la clase para trabajar: los textos son El siglo del miedo de Albert Camus; Ensayo sobre la ceguera de José Saramago y Rostros del autoritarismo de Carlos Fajardo. Los puntos de análisis son: El sistema autoritario; las maquinarias de culpabilidad y verdugos y víctimas. Sin más preámbulos, empecemos.

a) El sistema autoritario y totalitario, la exclusión de los “otros diferentes”, extraños, contaminados, contagiados en panópticos y manicomios.

I
Frente al sistema autoritario Camus es muy directo cuando dice lo siguiente: "« ¿Sí o no, directa o indirectamente, quiere usted que lo maltraten y lo violenten? ¿Sí o no, directa o indirectamente, quiere usted maltratar y violentar?» Todos los que contesten no a estas dos preguntas quedan automáticamente enfrentados a una serie de consecuencias que deben modificar su manera de plantear el problema." (Camus; 2002: 86) Es decir, se contrapone a lo siguiente: “La actitud cínica de culpabilizarnos a todos de los horrores del mundo –y por ende de criminalizarnos en masa– alimenta discursos fanáticos de muerte y exterminio” (Fajardo; 2010: 40).

La cuestión es ¿por qué surge el autoritarismo? No importa quién lo ejerza, la pregunta es por qué lo permitimos, y la respuesta es el miedo. Además no podemos olvidar que en su forma larvaria el autoritarismo es una cuestión antropológica. Quien no piensa igual es excluido, y no propiamente en ideología política…veamos esta cuestión.

II
“Nadie es excluido por lo que es, sino por el trato que recibe de los demás. Quizás, el excluido no existe, y sólo existimos los excluyentes” aseguró en un texto Alberto Senante. Así pues, el totalitarismo surge en primera medida en el hombre, y después es pasado a la maquinaria estatal de producir miedo. “La culpa es siempre indudable” decía Kafka. Y si, en efecto habrá que ponerla en duda. Sin embargo, escuchemos: “Es un discurso retórico frenético, monotemático donde el terrorismo, el narcotráfico, la corrupción, el paramilitarismo, son los platos rotos que debemos pagar todos por tener la marca de la no inocencia. La dignidad, el respeto y el valor de un país quedan humillados por esta retórica morbosa y siniestra” (Fajardo; 2010: 40).

Miremos. El país ha conocido las masacres. El Salao, Trujillo, Falsos positivos, etc. Cierto es que no todos somos y que el hecho de conocer la situación no nos hace automáticamente culpables, pero eso sería defender que existen los llamados “colombianos de bien”, que trabajan por un país mejor y vivible. Y cuando se habla del país, la mayoría de colombianos nos llamamos colombianos de bien, gente trabajadora y pujante, echada pa´lante. ¿Por qué entonces sucede lo que sucede? ¿No tenemos culpa de un Estado corrupto? ¿No somos nosotros mismos los primeros en ir a pedir favores y recomendaciones para puestos públicos? ¿los que favorecemos a nuestros semejantes? No nos pongamos con excusas. Partamos del hecho de reconocer que nuestro país tiene una grave crisis en sus instituciones y en sus ciudadanos. Los ciudadanos ya perdimos la capacidad de horror, pero nadie quiere cambiar absolutamente nada. Ahí tiene razón Fajardo cuando dice que el artista se quedó sin público…el público mira para otra parte, se hace el ciego, permite que pase lo que pase porque las cosas están ahí en un dasein literalmente momentáneo, donde hay comida y de uno u otro modo trabajo y acaso diversión prestada. Así pues, no presupongamos que hay culpa, pero si la hay, ¿de quién es?, ¿del político que promete y no cumple o del ciudadano que olvida la promesa? 

III
Así las cosas, no somos nosotros los excluidos sino los excluyentes. Vuelvo con Senante: “Los grupos de exclusión cambian con el tiempo. A lo largo de la historia, han sido excluidos sociales los judíos, los zurdos, los enfermos mentales, los gitanos, los actores, o los portadores del virus del Sida. La homosexualidad o el consumo de drogas se han rechazado o dignificado según las distintas culturas”. Así pues el otro somos todos, o como diría Sartre, el infierno son los otros. En el plano político la cosa no es muy diferente. Quien no está con Uribe es un desagradecido porque disfruta de la seguridad que brinda el glorioso ejército colombiano y un apátrida (Piedad Córdoba, aquí entre nos.) Y asimismo pasa del otro lado, como hacía Stalin en Rusia. Uno puede querer no ser igual al otro, y eso no es malo. ¿Por qué seremos iguales todos? No hay razón para ello. Entonces se crean grupos aparte, los que piensan así, los que piensan asá, los que creen en Dios, los que no creen, y en ningún caso se debe intentar algo general… ¿para qué? 

En consecuencia, nuestro totalitarismo es antropológico con visiones religiosas, políticas, económicas. Saramago lo enseña también en el ensayo sobre la ceguera. Todos quedan ciegos, independientemente de la condición, el sexo o la edad. Pero dentro del grupo de ciegos hay exclusiones…los que quieren organizarse sistemáticamente y los que no, los que intentan hacer la situación más llevadera y a los que les da igual. Incluso se crea un mecanismo de poder autoritario dentro de los ciegos, donde quien tiene los medios pone las reglas. El poder no es abstracto, nos dice Saramago con esa sutil metáfora. Y también enseña Saramago que siempre habrá quien se dé cuenta de esto, quien vea y cuente, y sufra por ser el único que lo ve así: el artista.

b) Las maquinarias de culpabilidad utilizadas por el poder

I
“Creo, sin embargo, que en lugar de vituperar este miedo, hay que considerarlo como uno de los primeros elementos de la situación y tratar de ponerle remedio” afirma Albert Camus en el siglo del miedo. Lo mismo puede decirse de las maquinarias de culpabilidad. “De esta forma, el éxito de los proyectos dictatoriales queda garantizado, pues, por una parte, estos ciudadanos viven convencidos de hacer parte del poder, o de ser importantes en las decisiones gubernamentales” (Fajardo; 2010: 39) 

En efecto, la maquinaria de culpabilidad se funda precisamente en los sujetos que creen hacer parte de esa máquina. Sin embargo, la máquina está compuesta por funcionarios, eso lo enseña Kafka. Y los funcionarios cumplen la aplicación de la ley. En la colonia penitenciaria, de manera muy sutil, Kafka muestra que la máquina fue inventada por un militar que ya murió, pero su aplicación se sigue al pie de la letra. Lo que en rigor hay en ese cuento es que la maquinaria sigue en funcionamiento sin preguntar si quiera porque: la maquinaria estatal siempre existe, y cuando llegamos al mundo ya está, así que la pregunta es ¿por qué estaban así las cosas cuando llegamos?

II
Efectivamente, nos hemos hecho los ciegos cuando las cosas pasan. Mientras en Argentina desaparecían personas los demás celebraban el trofeo del mundial de fútbol del ’78, por poner un ejemplo. Lo mismo hacen los políticos. En palabras de George Carlin, humorista americano, los políticos siempre se excusan en la bandera, la biblia y los niños. Así, alzan a los niños en público (Andrés Felipe Arias), defienden la religión y la usan como excusa de su bondad (Juan Manuel Santos), defienden el patriotismo que en dosis pequeñas es bueno, pero que llevado al extremo es simplemente una burla al sentido común (Álvaro Uribe Vélez, Adolf Hitler, Stalin…¡son tantos!) En cualquier caso, ellos no son culpables de eso. No debe dolernos esta verdad. La culpa es de nosotros, quienes vemos en esos símbolos una realidad y creemos de ello. 

“Así opera la maquinaria estatal. Tras ella se escudan verdugos y víctimas. Los primeros como sujetos que cometen sus crímenes obedeciendo órdenes superiores, lo que comprueba su inocencia; y los segundos que, al pagar justos por pecadores, son convertidos en motivo de lástima, caridad, compasión, remordimiento, lo cual «culpabiliza» a toda la sociedad” (Fajardo; 2010: 42) Efectivamente ni poder ni sociedad son conceptos abstractos. ¿Quién compone la sociedad y quién compone el poder? La sociedad no es una figura que se realice con independencia de las personas, por eso hay diferentes sociedades, pues son las personas quienes las componen. Lo mismo sucede con el poder: no es algo abstracto y alejado, lo ejecutan y ostentan hombres. Así, en el ensayo, Saramago muestra que un grupo de ciegos dominó la comida y pudo ejercer el poder. Quien tiene pan, domina. Con hambre la dignidad se pierde. Esos ciegos son autoritarios dentro de un sistema autoritario per se, en consecuencia, sus acciones no son más viles que las de los militares que asesinan a unos ciegos que no pueden defenderse. 

III
Ahora bien, ¿quién es el enemigo? Esa maquinaria estatal ha estado en curso desde que el humano existe y es necesaria, pero ¿quién controla a quienes ejercen el control mismo? Es como los poderes públicos que se dominan entre sí y que en nuestro país amenazan con desaparecer o por lo menos subordinarse al poder ejecutivo (lindo nombre), al presidente. Lo mismo la corte suprema de justicia que pone o quita fiscal a su antojo. Magistrados, senadores, presidentes, políticos, llámenlos como quieran, el punto es el mismo: ellos intentan culpabilizarnos según Fajardo y tiene razón; pero nosotros, culpables o no, tenemos el deber de hacer un ejercicio que Agamben dice que las víctimas no pueden hacer: testimoniar.

c) Verdugos y víctimas: la concepción del castigo. Violaciones y vejaciones al cuerpo. Humillación y violencia.

I
“Un mundo en el que se legitima el homicidio y en el que la vida humana se considera una futileza. He aquí el primer problema político de hoy” (Camus; 2002: 86) ¡Cuánta fuerza en este argumento! Hoy que en nuestro Estado colombiano no hay pena de muerte, pero se legitima de uno u otro modo. No hay dinero para educación pero si lo hay para acabar con el “problema interno” de nuestra violencia. Es lícito asesinar si lo hace el Estado, pues es su deber. Del otro lado, quienes están fuera del Estado (léase, fuera de la ley) también ejercen ese mismo derecho. Lo mismo que los ciegos de Saramago que tienen la comida y violan a las mujeres.

Lo otro que enseña Saramago es la dificultad inicial de asumir que todos están ciegos, pero una vez se asume la situación las cosas se hacen más fáciles. “En cuanto a la primera sala, tal vez por ser la más antigua y llevar por tanto más tiempo en proceso de adaptación al estado de ceguera, un cuarto de hora después de que sus ocupantes acabaran de comer, no se veía en el suelo un papel sucio, un plato olvidado, un recipiente goteando” (Saramago; 1998: 88) Es decir, la adaptación a la nueva situación. El ser ciego.

II
Ahora preguntamos al país qué pasó. Humberto Dorado, en una entrevista, dijo que al ver la masacre de Trujillo se preguntó a sí mismo: “¿tengo yo culpa de esto?” Es una pregunta que le hacemos al país, no con la palabrita culpa, sino con  la palabra responsabilidad. Somos responsables de nuestro país, de nuestra ceguera, impuesta y deseada, pues, en efecto, la televisión sigue dando lo que quiere dar, lo mismo que los mass media, pero está en cada uno seguir en la silla viendo lo que sale. “Debo dejar la casa y el sillón” canta Silvio Rodríguez, y en ese verso muestra lo que hace un artista: dice la verdad

Teníamos miedo y era comprensible. Tantos años de derrotas en guerras falsas, y la misma cantidad de tiempo invertida en las noticias que nunca existieron. Los primeros en darse cuenta fueron los artistas, pues ellos están siempre fuera del mundo, y así, los primeros que dieron noticias del engaño general fueron los músicos, luego los escritores y pintores, y el cine, por ser un invento relativamente nuevo en comparación de los otros, ha sido el último pero el más contundente medio del que se han valido los artistas para decir verdades. Está en cada uno escuchar o no lo que tienen que decirnos.

III
Es muy sencillo culpar a otros y es lo que estamos acostumbrados a hacer. El siglo XX fue el siglo del miedo. Cuando acabó la guerra nadie tuvo la culpa de tantos muertos, pues todos cumplían órdenes. Es muy sencillo culpar a los demás de lo mal que va el mundo. La televisión engaña; el cine nos enseña con imágenes lo que pasa: V de Vendetta, 1984, el club de la pelea, son muy buenos ejemplos. Teníamos miedo pero ese miedo debe ser asumido y superado: “todos unidos pedimos un cambio/ piedra sobre piedra y peldaño a peldaño/ solo poder expresarnos es palabra de honor/ de nuestro jefe de estado” (hit me- molotov). 

La cuestión es si realmente todos pedimos ese cambio, si todos queremos acabar con la guerra, si todos queremos ser honestos, si todos queremos…aunque eso sea otro modo de totalitarismo. Ya no podemos defender y culpabilizar al otro. Es una salida sencilla. ¿Quién, si no los colombianos, somos culpables de nuestros muertos? ¿Quién puso a los políticos adonde están? ¿Quién se alegró de la muerte del ‘Mono Jojoy’? ¿Quién dio armas a los militares para que ahora anden por ahí ejerciendo un control abusivo? Fuimos nosotros, todos, sin excepción. Incluso Fajardo sostiene esta tesis: “Estructuración de un proyecto para no vivir más de engaños nacionales, de milagros económicos, políticos, deportivos, culturales; para no seguir muriendo de frustración histórica y generacional” (Fajardo; 2010: 82). O para decirlo con García Márquez: “la forma más estéril del conformismo, que nos ha echado a dormir sobre un colchón de laureles que nosotros mismos nos encargamos de inventar”. Ahí sí, desde el principio fuimos testigos de todo esto, solo que no podíamos hablar porque no nos habíamos dado cuenta…pero ahora, como nos enseñó un programa de televisión hace unos años: ¡dejémonos de vainas!

Bibliografía

·         Camus, Albert. Crónicas. Alianza Editorial, 2002
·         Saramago, José. Ensayo sobre la ceguera. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 1998
·         Fajardo, Carlos. Rostros del totalitarismo. Mecanismo de control en la sociedad global. Le monde diplomatique, 2010.

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