Desde el
principio fuimos testigos
“ahora comprendía el miedo
de sus
pacientes cuando le
decían, Doctor,
me parece que estoy
perdiendo la vista”.
Saramago
¿Introducción…?
Este
presente texto no es un ensayo en tanto no responde a una pregunta específica y
no usa lenguaje académico o técnico; lo es en tanto termina defendiendo
posturas respecto a los temas y textos a tratar. Se trabajará sobre tres textos
y tres puntos de análisis propuestos en la clase para trabajar: los textos son El siglo del miedo de Albert Camus; Ensayo sobre la ceguera de José Saramago
y Rostros del autoritarismo de Carlos
Fajardo. Los puntos de análisis son: El sistema autoritario; las maquinarias de
culpabilidad y verdugos y víctimas. Sin más preámbulos, empecemos.
a) El sistema autoritario y totalitario,
la exclusión de los “otros diferentes”, extraños, contaminados, contagiados en
panópticos y manicomios.
I
Frente
al sistema autoritario Camus es muy directo cuando dice lo siguiente: "«
¿Sí o no, directa o indirectamente, quiere usted que lo maltraten y lo
violenten? ¿Sí o no, directa o indirectamente, quiere usted maltratar y
violentar?» Todos los que contesten no a estas dos preguntas quedan
automáticamente enfrentados a una serie de consecuencias que deben modificar su
manera de plantear el problema." (Camus; 2002: 86) Es decir, se contrapone
a lo siguiente: “La actitud cínica de culpabilizarnos a todos de los horrores
del mundo –y por ende de criminalizarnos en masa– alimenta discursos fanáticos
de muerte y exterminio” (Fajardo; 2010: 40).
La
cuestión es ¿por qué surge el autoritarismo? No importa quién lo ejerza, la
pregunta es por qué lo permitimos, y la respuesta es el miedo. Además no
podemos olvidar que en su forma larvaria el autoritarismo es una cuestión
antropológica. Quien no piensa igual es excluido, y no propiamente en ideología
política…veamos esta cuestión.
II
“Nadie
es excluido por lo que es, sino por el trato que recibe de los demás. Quizás,
el excluido no existe, y sólo existimos los excluyentes” aseguró en un texto
Alberto Senante. Así pues, el totalitarismo surge en primera medida en el
hombre, y después es pasado a la maquinaria estatal de producir miedo. “La
culpa es siempre indudable” decía Kafka. Y si, en efecto habrá que ponerla en
duda. Sin embargo, escuchemos: “Es un discurso retórico frenético, monotemático
donde el terrorismo, el narcotráfico, la corrupción, el paramilitarismo, son
los platos rotos que debemos pagar todos por tener la marca de la no inocencia.
La dignidad, el respeto y el valor de un país quedan humillados por esta
retórica morbosa y siniestra” (Fajardo; 2010: 40).
Miremos.
El país ha conocido las masacres. El Salao, Trujillo, Falsos positivos, etc.
Cierto es que no todos somos y que el hecho de conocer la situación no nos hace
automáticamente culpables, pero eso sería defender que existen los llamados
“colombianos de bien”, que trabajan por un país mejor y vivible. Y cuando se
habla del país, la mayoría de colombianos nos llamamos colombianos de bien,
gente trabajadora y pujante, echada pa´lante. ¿Por qué entonces sucede lo que
sucede? ¿No tenemos culpa de un Estado corrupto? ¿No somos nosotros mismos los
primeros en ir a pedir favores y recomendaciones para puestos públicos? ¿los
que favorecemos a nuestros semejantes? No nos pongamos con excusas. Partamos
del hecho de reconocer que nuestro país tiene una grave crisis en sus
instituciones y en sus ciudadanos. Los ciudadanos ya perdimos la capacidad de
horror, pero nadie quiere cambiar absolutamente nada. Ahí tiene razón Fajardo
cuando dice que el artista se quedó sin público…el público mira para otra
parte, se hace el ciego, permite que pase lo que pase porque las cosas están
ahí en un dasein literalmente
momentáneo, donde hay comida y de uno u otro modo trabajo y acaso diversión
prestada. Así pues, no presupongamos que hay culpa, pero si la hay, ¿de quién
es?, ¿del político que promete y no cumple o del ciudadano que olvida la
promesa?
III
Así
las cosas, no somos nosotros los excluidos sino los excluyentes. Vuelvo con
Senante: “Los grupos de exclusión cambian con el tiempo. A lo largo de la
historia, han sido excluidos sociales los judíos, los zurdos, los enfermos mentales,
los gitanos, los actores, o los portadores del virus del Sida. La
homosexualidad o el consumo de drogas se han rechazado o dignificado según las
distintas culturas”. Así pues el otro somos todos, o como diría Sartre, el
infierno son los otros. En el plano político la cosa no es muy diferente. Quien
no está con Uribe es un desagradecido porque disfruta de la seguridad que
brinda el glorioso ejército colombiano y un apátrida (Piedad Córdoba, aquí
entre nos.) Y asimismo pasa del otro lado, como hacía Stalin en Rusia. Uno
puede querer no ser igual al otro, y eso no es malo. ¿Por qué seremos iguales
todos? No hay razón para ello. Entonces se crean grupos aparte, los que piensan
así, los que piensan asá, los que creen en Dios, los que no creen, y en ningún
caso se debe intentar algo general… ¿para qué?
En
consecuencia, nuestro totalitarismo es antropológico con visiones religiosas,
políticas, económicas. Saramago lo enseña también en el ensayo sobre la ceguera. Todos quedan ciegos, independientemente de
la condición, el sexo o la edad. Pero dentro del grupo de ciegos hay
exclusiones…los que quieren organizarse sistemáticamente y los que no, los que
intentan hacer la situación más llevadera y a los que les da igual. Incluso se
crea un mecanismo de poder autoritario dentro de los ciegos, donde quien tiene
los medios pone las reglas. El poder no es abstracto, nos dice Saramago con esa
sutil metáfora. Y también enseña Saramago que siempre habrá quien se dé cuenta
de esto, quien vea y cuente, y sufra por ser el único que lo ve así: el artista.
b) Las maquinarias de culpabilidad
utilizadas por el poder
I
“Creo,
sin embargo, que en lugar de vituperar este miedo, hay que considerarlo como
uno de los primeros elementos de la situación y tratar de ponerle remedio”
afirma Albert Camus en el siglo del miedo.
Lo mismo puede decirse de las maquinarias de culpabilidad. “De esta forma, el
éxito de los proyectos dictatoriales queda garantizado, pues, por una parte,
estos ciudadanos viven convencidos de hacer parte del poder, o de ser
importantes en las decisiones gubernamentales” (Fajardo; 2010: 39)
En
efecto, la maquinaria de culpabilidad se funda precisamente en los sujetos que
creen hacer parte de esa máquina. Sin embargo, la máquina está compuesta por funcionarios, eso lo enseña Kafka. Y los
funcionarios cumplen la aplicación de la ley. En la colonia penitenciaria, de manera muy sutil, Kafka muestra que la
máquina fue inventada por un militar que ya murió, pero su aplicación se sigue
al pie de la letra. Lo que en rigor hay en ese cuento es que la maquinaria
sigue en funcionamiento sin preguntar si quiera porque: la maquinaria estatal
siempre existe, y cuando llegamos al mundo ya está, así que la pregunta es ¿por
qué estaban así las cosas cuando llegamos?
II
Efectivamente,
nos hemos hecho los ciegos cuando las cosas pasan. Mientras en Argentina desaparecían
personas los demás celebraban el trofeo del mundial de fútbol del ’78, por
poner un ejemplo. Lo mismo hacen los políticos. En palabras de George Carlin,
humorista americano, los políticos siempre se excusan en la bandera, la biblia
y los niños. Así, alzan a los niños en público (Andrés Felipe Arias), defienden
la religión y la usan como excusa de su bondad (Juan Manuel Santos), defienden
el patriotismo que en dosis pequeñas es bueno, pero que llevado al extremo es
simplemente una burla al sentido común (Álvaro Uribe Vélez, Adolf Hitler,
Stalin…¡son tantos!) En cualquier caso, ellos no son culpables de eso. No debe dolernos esta verdad. La culpa es de
nosotros, quienes vemos en esos símbolos una realidad y creemos de ello.
“Así
opera la maquinaria estatal. Tras ella se escudan verdugos y víctimas. Los
primeros como sujetos que cometen sus crímenes obedeciendo órdenes superiores, lo que comprueba su inocencia; y
los segundos que, al pagar justos por pecadores, son convertidos en motivo de
lástima, caridad, compasión, remordimiento, lo cual «culpabiliza» a toda la
sociedad” (Fajardo; 2010: 42) Efectivamente ni poder ni sociedad son conceptos
abstractos. ¿Quién compone la sociedad y quién compone el poder? La sociedad no
es una figura que se realice con independencia
de las personas, por eso hay diferentes sociedades, pues son las personas
quienes las componen. Lo mismo sucede con el poder: no es algo abstracto y
alejado, lo ejecutan y ostentan hombres. Así, en el ensayo, Saramago muestra que un grupo de ciegos dominó la comida y
pudo ejercer el poder. Quien tiene pan, domina. Con hambre la dignidad se
pierde. Esos ciegos son autoritarios dentro de un sistema autoritario per se, en consecuencia, sus acciones no
son más viles que las de los militares que asesinan a unos ciegos que no pueden
defenderse.
III
Ahora
bien, ¿quién es el enemigo? Esa maquinaria estatal ha estado en curso desde que
el humano existe y es necesaria, pero ¿quién controla a quienes ejercen el
control mismo? Es como los poderes públicos que se dominan entre sí y que en
nuestro país amenazan con desaparecer o por lo menos subordinarse al poder
ejecutivo (lindo nombre), al presidente. Lo mismo la corte suprema de justicia
que pone o quita fiscal a su antojo. Magistrados, senadores, presidentes,
políticos, llámenlos como quieran, el punto es el mismo: ellos intentan
culpabilizarnos según Fajardo y tiene razón; pero nosotros, culpables o no,
tenemos el deber de hacer un ejercicio que Agamben dice que las víctimas no
pueden hacer: testimoniar.
c) Verdugos y víctimas: la concepción
del castigo. Violaciones y vejaciones al cuerpo. Humillación y violencia.
I
“Un mundo en el que se legitima
el homicidio y en el que la vida humana se considera una futileza. He aquí el
primer problema político de hoy” (Camus; 2002: 86) ¡Cuánta fuerza en este
argumento! Hoy que en nuestro Estado colombiano no hay pena de muerte, pero se
legitima de uno u otro modo. No hay dinero para educación pero si lo hay para
acabar con el “problema interno” de nuestra violencia. Es lícito asesinar si lo
hace el Estado, pues es su deber. Del
otro lado, quienes están fuera del Estado (léase, fuera de la ley) también ejercen ese mismo derecho. Lo mismo que los ciegos
de Saramago que tienen la comida y violan a las mujeres.
Lo otro que enseña Saramago es la
dificultad inicial de asumir que todos están ciegos, pero una vez se asume la
situación las cosas se hacen más fáciles. “En cuanto a la primera sala, tal vez
por ser la más antigua y llevar por tanto más tiempo en proceso de adaptación
al estado de ceguera, un cuarto de hora después de que sus ocupantes acabaran
de comer, no se veía en el suelo un papel sucio, un plato olvidado, un
recipiente goteando” (Saramago; 1998: 88) Es decir, la adaptación a la nueva
situación. El ser ciego.
II
Ahora preguntamos al país qué
pasó. Humberto Dorado, en una entrevista, dijo que al ver la masacre de
Trujillo se preguntó a sí mismo: “¿tengo yo culpa de esto?” Es una pregunta que
le hacemos al país, no con la palabrita culpa, sino con la palabra responsabilidad. Somos
responsables de nuestro país, de nuestra ceguera, impuesta y deseada, pues, en
efecto, la televisión sigue dando lo que quiere dar, lo mismo que los mass media, pero está en cada uno seguir
en la silla viendo lo que sale. “Debo dejar la casa y el sillón” canta Silvio
Rodríguez, y en ese verso muestra lo que hace un artista: dice la verdad…
Teníamos
miedo y era comprensible. Tantos años de derrotas en guerras falsas, y la misma
cantidad de tiempo invertida en las noticias que nunca existieron. Los primeros
en darse cuenta fueron los artistas, pues ellos están siempre fuera del mundo,
y así, los primeros que dieron noticias del engaño general fueron los músicos,
luego los escritores y pintores, y el cine, por ser un invento relativamente
nuevo en comparación de los otros, ha sido el último pero el más contundente
medio del que se han valido los artistas para decir verdades. Está en cada uno
escuchar o no lo que tienen que decirnos.
III
Es
muy sencillo culpar a otros y es lo que estamos acostumbrados a hacer. El siglo
XX fue el siglo del miedo. Cuando acabó la guerra nadie tuvo la culpa de tantos
muertos, pues todos cumplían órdenes. Es muy sencillo culpar a los demás de lo
mal que va el mundo. La televisión engaña; el cine nos enseña con imágenes lo
que pasa: V de Vendetta, 1984, el club de la pelea, son muy buenos ejemplos. Teníamos
miedo pero ese miedo debe ser asumido y superado: “todos unidos pedimos un
cambio/ piedra sobre piedra y peldaño a peldaño/ solo poder expresarnos es
palabra de honor/ de nuestro jefe de estado” (hit me- molotov).
La
cuestión es si realmente todos pedimos ese cambio, si todos queremos acabar con
la guerra, si todos queremos ser honestos, si todos queremos…aunque eso sea
otro modo de totalitarismo. Ya no podemos defender y culpabilizar al otro. Es
una salida sencilla. ¿Quién, si no los colombianos, somos culpables de nuestros
muertos? ¿Quién puso a los políticos adonde están? ¿Quién se alegró de la
muerte del ‘Mono Jojoy’? ¿Quién dio armas a los militares para que ahora anden
por ahí ejerciendo un control abusivo? Fuimos nosotros, todos, sin excepción. Incluso
Fajardo sostiene esta tesis: “Estructuración de un proyecto para no vivir más
de engaños nacionales, de milagros
económicos, políticos, deportivos, culturales; para no seguir muriendo de
frustración histórica y generacional” (Fajardo; 2010: 82). O para decirlo con
García Márquez: “la forma más estéril del conformismo, que nos ha echado a
dormir sobre un colchón de laureles que nosotros mismos nos encargamos de
inventar”. Ahí sí, desde el principio fuimos testigos de todo esto, solo que no
podíamos hablar porque no nos habíamos dado cuenta…pero ahora, como nos enseñó
un programa de televisión hace unos años: ¡dejémonos de vainas!
Bibliografía
·
Camus, Albert. Crónicas.
Alianza Editorial, 2002
·
Saramago, José. Ensayo sobre
la ceguera. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 1998
·
Fajardo, Carlos. Rostros del
totalitarismo. Mecanismo de control
en la sociedad global. Le monde diplomatique, 2010.
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