jueves, 12 de abril de 2012


¿Cómo contribuye la filosofía del lenguaje al planteamiento y resolución de problemas políticos y sociales?
“Este libro quiere, pues, trazar unos límites al pensamiento,
o mejor, no al pensamiento, sino a la expresión de los pensamientos;
porque para trazar un límite al pensamiento tendríamos
que ser capaces de pensar ambos lados de este límite,
y tendríamos por consiguiente que ser capaces de pensar
lo que no se puede pensar. Este límite, por lo tanto, sólo puede
ser trazado en el lenguaje y todo cuanto quede
al otro lado del límite será simplemente un sinsentido.”
Wittgenstein

I
Aunque la cuestión suena muy ruidosa –y en efecto lo es– y complicada para resolver en unas pocas páginas, y más aún, en caso de ser resuelta en el papel debe ser resuelta en la realidad, cosa bastante difícil; aun sabiendo todas estas cosas, la cuestión debe ser planteada en la medida en que nos enfrentamos a un problema real, y es la educación superior como centro de producción de conocimiento. Naturalmente esto no es nuevo y no lo invento acá, lo estoy tomando de un texto de Wlad Godzich titulado Teoría literaria y crítica de la cultura, en el que se hace el siguiente planteamiento:

la recesión económica de los años setenta y el período de alta inflación con el que se cerró esa década empujó a muchos estudiantes, y todavía más a los administradores universitarios, hacia lo que acabaría siendo conocido como el ‘Nuevo Vocacionalismo’, una concepción utilitarista de la universidad que anunciaba su actual transformación en centro de abastecimiento de la nueva fuerza productiva de la sociedad posindustrial: el conocimiento (Godzich, 1998: 9)

Godzich sostiene que es muy problemática la especialización del lenguaje al momento de comunicar conocimiento entre las distintas disciplinas, y una de las causas que señala, entre muchas otras, es entender la universidad como un centro de formación, fenómeno que fue denominado en Estados Unidos (donde centra su análisis inicial) como ‘Nuevo Vocacionalismo’. Dicho fenómeno es producto de condiciones socioeconómicas que hicieron que en los años setenta y ochenta la preocupación central del gobierno norteamericano fuera producir gente que saliera a trabajar, poniendo a la universidad a desempeñar tal rol (Godizch,1998).

Ahora bien, visto desde la filosofía del lenguaje este asunto es mucho más complicado si se tienen en cuenta algunos de los aforismos del primer Wittgenstein en su Tractatus. Al definir el lenguaje como límite, Wittgenstein asume el lenguaje también como posibilidad. Lo que no se puede pensar no se puede pensar, es lo que dice empleando una tautología. Sin embargo, si el lenguaje es el límite del mundo en tanto posee sentido, ¿qué consecuencias tiene esto en un ámbito como el descrito por Godzich, a saber, el de la especialización del lenguaje y la incomprensión entre distintos lenguajes?

Sin embargo, hay que aclarar desde dónde habla Godzich y cómo entiende el lenguaje para trasladarlo a la cuestión política. Efectivamente él se ubica desde un punto donde distingue ‘lenguaje’ de ‘cultura escrita’, siendo el primero un “mediador universal” (Godzich, p.17). En este orden de ideas, la cultura escrita la entiende como el producto de la necesidad de transmitir conocimiento de público conocimiento, siendo la cultura escrita un ámbito de dominio público; de ahí su discusión con la especialización del lenguaje, principalmente en el lenguaje político y el lenguaje del crítico literario. Luego lo dice más simple:

La existencia misma de dominios de la actividad práctica caracterizados por lenguajes especiales es legítima, de acuerdo con los principios básicos de la ideología de la cultura escrita, sólo si estos lenguajes especializados pueden ser traducidos a un lenguaje universal y si la traducción resultante es universalmente comprensible (Godizch, 1998: 17)

Si el problema se plantea así, se entiende que la crítica y teoría literaria tiene que ver mucho en la formación del lenguaje, tanto más si se tiene en cuenta que el análisis de los teóricos literarios suele ser formal, con independencia de los contenidos de los textos. Al decir de Wittgenstein, “la figura representa lo que representa, independientemente de su verdad o falsedad, por medio de la forma de figuración” (Tractatus, 2.22). En este orden de ideas no se discute la existencia del lenguaje especializado por sí mismo sino la traductibilidad de dichos lenguajes.

Con todo esto, la pregunta por el lenguaje tiene incluso que someterse a una consideración esencial y es cómo se quiere comunicar lo que se quiere comunicar, pues lenguaje no es igual a palabras. Aunque sean ellas las que permitan el pensamiento, es posible traducir ideas a imágenes, a sonidos, y en esa medida el lenguaje especializado deja de ser un problema de traductibilidad para ser un problema de instrumentalización:

mientras que uno hubiese esperado que una crisis de la cultura escrita propiciara un mayor aprecio por la multiplicidad de funciones desempeñadas por el lenguajes, sobre todo por su capacidad para codificar y transcodificar la experiencia y proporcionar directrices culturales para su interpretación, manejo y elaboración, uno se encuentra con una nueva instrumentalización del lenguaje, en la que éste es fragmentado en una multiplicidad de lenguajes autónomos, no relacionados entre sí, y en la que la competencia para adquirirlo se restringe a uno solo de ellos (Godzich, 1998: 13)
II
Ahora bien, si nos detenemos a pensar este asunto en relación con la situación actual de nuestro país frente a lo que se entiende por educación y la reforma que se propone, en últimas el problema no es la inversión de la empresa privada, sino la desaparición de la educación pública. Aunque se argumenta mal (“el país necesita poetas”, como si sólo los estudiantes de universidad pública llegaran a serlo), la discusión se está dando en niveles distintos: por un lado se entiende la desaparición de la universidad pública y, por el otro, el papel de la universidad como centro de formación de mano de obra. Quizá haya que discutir el papel de la educación técnica y tecnóloga en este sentido, pero lo que me interesa resaltar es que tanto los estudiantes como el gobierno están discutiendo en canales diferentes.

La movilización estudiantil es una expresión de una situación y, más allá de los hechos, hay una agrupación producto de una percepción general: el factor económico implícito en la reforma, que quizá no tiene que ver con el valor de la universidad pero sí con el dinero que tiene que producir el estudiante graduado al país. Dicha comprensión del asunto es producto, como lo expresa Goldzich, de un estado de cosas que posee factores de desempleo y otras cosas. De hecho este es un buen ejemplo: mientras las manifestaciones pasan ¿cómo podemos nosotros aportar a la discusión desde la filosofía del lenguaje?
Lo que la filosofía hace es ofrecer conceptos y categorías, maneras de analizar, búsqueda de métodos de expresión novedosos, ampliar horizontes. Esto no lo ignora Wittgenstein y por ello ofrece trazar “límites al pensamiento”, en la medida en que “lo que no puede decirse debe mostrarse”. Con tal afirmación quedamos susceptibles de resumir este “mostrar” a una cuestión estética: efectivamente al buscar nuevas maneras de ver, analizar e interpretar el asunto es estético en tanto creación, pero los problemas no cambian, por lo que dicha concepción puede volcarse hacia lo político y lo cultural, un intento que no tiene nada de nuevo y que puede rastrearse en Goldmann y Luckács, por ejemplo.

III
En efecto, si asumimos con Wittgenstein que el mundo son las cosas que pasan, el lenguaje no sólo nos permite referirnos a esas cosas sino producirlas. Dice Van Dijk en Texto y contexto que un hallazgo importante de la filosofía del lenguaje es precisamente descubrir que hacemos algo más que hablar cuando hablamos, precisamente porque la relación palabra-mundo es mucho más fundamental que un mero mostrar, algo que Wittgenstein resuelve con su concepto de posibilidad, donde el lenguaje deja el espacio para expresar cosas novedosas, sacándonos de decir tautologías informativas para expresar cosas en proposiciones que, verdaderas o falsas, son estructuralmente –desde el lenguaje– posibles, con independencia del contexto de enunciación, lo que permite la literatura, en última instancia:

los estudiosos de literatura se han instalado en el territorio, mucho más apreciado, del sentimiento y de la experiencia. A quién pertenezca esa experiencia y de qué clase sean esos sentimientos es cuestión aparte (Eagleton, 1988: 39)

IV
Con estas reflexiones creemos que es posible traducir las palabras a hechos prácticos, como lo hacen los estudiantes, quienes manifiestan una posición y la defienden. En esa medida el problema político y cultural es cómo el grueso de la población percibe la marcha, y principalmente, si se entiende por qué se está marchando. Este comentario lo hago porque por incomprensión y frases inconexas es que sale un señor a decir que hay que “meter voltios” a los estudiantes y que se pongan a estudiar. Por entender la movilización de ese modo es que no se resuelven las cuestiones, y en este momento la filosofía debe estar en capacidad de ofrecer respuesta, así que después de este recorrido, aquí está la mía.

La filosofía tiene la capacidad de brindar herramientas de análisis útiles al momento de discutir. Si bien es cierto que no puede entenderse la universidad como un centro de formación de mano de obra, también es cierto que en condiciones sociales como las de nuestro país no se puede vivir soñando con una sociedad educada y erudita, entre otras por la percepción que se tiene de la educación como sinónimo de pobreza; percepción fácilmente demostrable con la cotidianidad y que más allá de teorías sociológicas indican que el nivel de pobreza es alto, por lo que culturalmente estudiar no es rentable, y mucho menos si es en el área de humanidades. Ahora, en el terreno de la reforma a la educación superior el profesor Cajiao señala un problema vital, y es que por contrariar la reforma se corre el peligro de ver lo positivo que hay en ella. Y otro gran problema que señala es los recursos que sí se destinan y que son infructuosos: 

“temas como la ampliación de los tiempos de aprendizaje de los estudiantes, el aprendizaje de otros idiomas y la articulación de la educación media con la superior deben ser estudiados a fondo para convertirlos en algo más que enunciados genéricos. Algunos de estos programas ya se han iniciado y vale la pena evaluar con rigor si están siendo eficaces o si son vías de escape de cuantiosos recursos que al final no producen resultados” (Cajiao, 2011)

Dicha revisión es tarea de la ciudadanía pero la filosofía brinda las herramientas para ello, como determinar la calidad de la educación, que es un factor al que no se le ha prestado la atención necesaria y que es quizá una de las discusiones fundamentales a la reforma, y es precisamente cuántos estudiantes podrán ingresar a educación superior de calidad.

Así, los planteamientos teóricos esbozados son solo materia de análisis y la guía para resolver y asumir problemas políticos y sociales. Más allá de lo que dicen o no los autores como Wittgenstein, sus consideraciones pueden ser aplicadas a la realidad: si por ejemplo los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, en lenguaje político ¿qué significa dicha afirmación? Tal vez que los movimientos sociales, en este caso la movilización estudiantil, es un lenguaje que no dice pero que muestra. Lo que sucede es que hay que superar el inconformismo, y eso es un problema que está en el límite entre lo que puede decirse y lo que debe mostrarse, sobre todo, en la manera en que nos expresamos.

Bibliografía

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