¿Cómo
contribuye la filosofía del lenguaje al planteamiento y resolución de problemas
políticos y sociales?
“Este libro quiere, pues,
trazar unos límites al pensamiento,
o mejor, no al
pensamiento, sino a la expresión de los pensamientos;
porque para trazar un
límite al pensamiento tendríamos
que ser capaces de pensar
ambos lados de este límite,
y tendríamos por
consiguiente que ser capaces de pensar
lo que no se puede
pensar. Este límite, por lo tanto, sólo puede
ser trazado en el
lenguaje y todo cuanto quede
al otro lado del límite
será simplemente un sinsentido.”
Wittgenstein
I
Aunque
la cuestión suena muy ruidosa –y en efecto lo es– y complicada para resolver en
unas pocas páginas, y más aún, en caso de ser resuelta en el papel debe ser
resuelta en la realidad, cosa bastante difícil; aun sabiendo todas estas cosas,
la cuestión debe ser planteada en la medida en que nos enfrentamos a un
problema real, y es la educación superior como centro de producción de
conocimiento. Naturalmente esto no es nuevo y no lo invento acá, lo estoy
tomando de un texto de Wlad Godzich titulado Teoría literaria y crítica de la cultura, en el que se hace el
siguiente planteamiento:
la recesión económica de los años setenta y el período
de alta inflación con el que se cerró esa década empujó a muchos estudiantes, y
todavía más a los administradores universitarios, hacia lo que acabaría siendo
conocido como el ‘Nuevo Vocacionalismo’, una concepción utilitarista de la
universidad que anunciaba su actual transformación en centro de abastecimiento
de la nueva fuerza productiva de la sociedad posindustrial: el conocimiento (Godzich,
1998: 9)
Godzich
sostiene que es muy problemática la especialización del lenguaje al momento de
comunicar conocimiento entre las distintas disciplinas, y una de las causas que
señala, entre muchas otras, es entender la universidad como un centro de
formación, fenómeno que fue denominado en Estados Unidos (donde centra su
análisis inicial) como ‘Nuevo Vocacionalismo’. Dicho fenómeno es producto de
condiciones socioeconómicas que hicieron que en los años setenta y ochenta la
preocupación central del gobierno norteamericano fuera producir gente que
saliera a trabajar, poniendo a la universidad a desempeñar tal rol
(Godizch,1998).
Ahora
bien, visto desde la filosofía del lenguaje este asunto es mucho más complicado
si se tienen en cuenta algunos de los aforismos del primer Wittgenstein en su Tractatus. Al definir el lenguaje como límite, Wittgenstein asume el lenguaje
también como posibilidad. Lo que no
se puede pensar no se puede pensar, es lo que dice empleando una tautología.
Sin embargo, si el lenguaje es el límite del mundo en tanto posee sentido, ¿qué
consecuencias tiene esto en un ámbito como el descrito por Godzich, a saber, el
de la especialización del lenguaje y la incomprensión entre distintos
lenguajes?
Sin
embargo, hay que aclarar desde dónde habla Godzich y cómo entiende el lenguaje
para trasladarlo a la cuestión política. Efectivamente él se ubica desde un
punto donde distingue ‘lenguaje’ de ‘cultura escrita’, siendo el primero un
“mediador universal” (Godzich, p.17). En este orden de ideas, la cultura
escrita la entiende como el producto de la necesidad de transmitir conocimiento
de público conocimiento, siendo la cultura escrita un ámbito de dominio
público; de ahí su discusión con la especialización del lenguaje,
principalmente en el lenguaje político y el lenguaje del crítico literario.
Luego lo dice más simple:
La existencia misma de dominios de la actividad práctica
caracterizados por lenguajes especiales es legítima, de acuerdo con los
principios básicos de la ideología de la cultura escrita, sólo si estos
lenguajes especializados pueden ser traducidos a un lenguaje universal y si la
traducción resultante es universalmente comprensible (Godizch, 1998: 17)
Si
el problema se plantea así, se entiende que la crítica y teoría literaria tiene
que ver mucho en la formación del lenguaje, tanto más si se tiene en cuenta que
el análisis de los teóricos literarios suele ser formal, con independencia de
los contenidos de los textos. Al decir de Wittgenstein, “la figura representa
lo que representa, independientemente de su verdad o falsedad, por medio de la
forma de figuración” (Tractatus, 2.22). En este orden de ideas no se discute la
existencia del lenguaje especializado por sí mismo sino la traductibilidad de
dichos lenguajes.
Con
todo esto, la pregunta por el lenguaje tiene incluso que someterse a una
consideración esencial y es cómo se quiere comunicar lo que se quiere comunicar,
pues lenguaje no es igual a palabras. Aunque sean ellas las que permitan el
pensamiento, es posible traducir ideas a imágenes, a sonidos, y en esa medida
el lenguaje especializado deja de ser un problema de traductibilidad para ser
un problema de instrumentalización:
mientras que uno hubiese esperado que una crisis de la
cultura escrita propiciara un mayor aprecio por la multiplicidad de funciones
desempeñadas por el lenguajes, sobre todo por su capacidad para codificar y
transcodificar la experiencia y proporcionar directrices culturales para su
interpretación, manejo y elaboración, uno se encuentra con una nueva
instrumentalización del lenguaje, en la que éste es fragmentado en una
multiplicidad de lenguajes autónomos, no relacionados entre sí, y en la que la
competencia para adquirirlo se restringe a uno solo de ellos (Godzich, 1998:
13)
II
Ahora
bien, si nos detenemos a pensar este asunto en relación con la situación actual
de nuestro país frente a lo que se entiende por educación y la reforma que se
propone, en últimas el problema no es la inversión de la empresa privada, sino
la desaparición de la educación pública. Aunque se argumenta mal (“el país
necesita poetas”, como si sólo los estudiantes de universidad pública llegaran
a serlo), la discusión se está dando en niveles distintos: por un lado se
entiende la desaparición de la universidad pública y, por el otro, el papel de
la universidad como centro de formación de mano de obra. Quizá haya que
discutir el papel de la educación técnica y tecnóloga en este sentido, pero lo
que me interesa resaltar es que tanto los estudiantes como el gobierno están
discutiendo en canales diferentes.
La movilización
estudiantil es una expresión de una
situación y, más allá de los hechos, hay una agrupación producto de una
percepción general: el factor económico implícito en la reforma, que quizá no
tiene que ver con el valor de la universidad pero sí con el dinero que tiene
que producir el estudiante graduado al país. Dicha comprensión del asunto es
producto, como lo expresa Goldzich, de un estado de cosas que posee factores de
desempleo y otras cosas. De hecho este es un buen ejemplo: mientras las
manifestaciones pasan ¿cómo podemos nosotros aportar a la discusión desde la
filosofía del lenguaje?
Lo que la filosofía hace
es ofrecer conceptos y categorías, maneras de analizar, búsqueda de métodos de
expresión novedosos, ampliar horizontes. Esto no lo ignora Wittgenstein y por
ello ofrece trazar “límites al pensamiento”, en la medida en que “lo que no
puede decirse debe mostrarse”. Con tal afirmación quedamos susceptibles de
resumir este “mostrar” a una cuestión estética: efectivamente al buscar nuevas
maneras de ver, analizar e interpretar el asunto es estético en tanto creación,
pero los problemas no cambian, por lo que dicha concepción puede volcarse hacia
lo político y lo cultural, un intento que no tiene nada de nuevo y que puede
rastrearse en Goldmann y Luckács, por ejemplo.
III
En
efecto, si asumimos con Wittgenstein que el mundo son las cosas que pasan, el
lenguaje no sólo nos permite referirnos a esas cosas sino producirlas. Dice Van
Dijk en Texto y contexto que un
hallazgo importante de la filosofía del lenguaje es precisamente descubrir que
hacemos algo más que hablar cuando hablamos, precisamente porque la relación
palabra-mundo es mucho más fundamental que un mero mostrar, algo que
Wittgenstein resuelve con su concepto de posibilidad,
donde el lenguaje deja el espacio para expresar cosas novedosas, sacándonos de
decir tautologías informativas para expresar cosas en proposiciones que,
verdaderas o falsas, son estructuralmente –desde el lenguaje– posibles, con
independencia del contexto de enunciación, lo que permite la literatura, en
última instancia:
los estudiosos de literatura se han instalado en el
territorio, mucho más apreciado, del sentimiento y de la experiencia. A quién
pertenezca esa experiencia y de qué clase sean esos sentimientos es cuestión
aparte (Eagleton, 1988: 39)
IV
Con
estas reflexiones creemos que es posible traducir las palabras a hechos
prácticos, como lo hacen los estudiantes, quienes manifiestan una posición y la
defienden. En esa medida el problema político y cultural es cómo el grueso de
la población percibe la marcha, y principalmente, si se entiende por qué se
está marchando. Este comentario lo hago porque por incomprensión y frases
inconexas es que sale un señor a decir que hay que “meter voltios” a los
estudiantes y que se pongan a estudiar. Por entender la movilización de ese
modo es que no se resuelven las cuestiones, y en este momento la filosofía debe
estar en capacidad de ofrecer respuesta, así que después de este recorrido,
aquí está la mía.
La filosofía tiene la
capacidad de brindar herramientas de análisis útiles al momento de discutir. Si
bien es cierto que no puede entenderse la universidad como un centro de
formación de mano de obra, también es cierto que en condiciones sociales como
las de nuestro país no se puede vivir soñando con una sociedad educada y
erudita, entre otras por la percepción que se tiene de la educación como
sinónimo de pobreza; percepción fácilmente demostrable con la cotidianidad y
que más allá de teorías sociológicas indican que el nivel de pobreza es alto,
por lo que culturalmente estudiar no es rentable, y mucho menos si es en el
área de humanidades. Ahora, en el terreno de la reforma a la educación superior
el profesor Cajiao señala un problema vital, y es que por contrariar la reforma
se corre el peligro de ver lo positivo que hay en ella. Y otro gran problema
que señala es los recursos que sí se destinan y que son infructuosos:
“temas como la ampliación de los tiempos de
aprendizaje de los estudiantes, el aprendizaje de otros idiomas y la
articulación de la educación media con la superior deben ser estudiados a fondo
para convertirlos en algo más que enunciados genéricos. Algunos de estos
programas ya se han iniciado y vale la pena evaluar con rigor si están siendo
eficaces o si son vías de escape de cuantiosos recursos que al final no
producen resultados” (Cajiao, 2011)
Dicha revisión es tarea
de la ciudadanía pero la filosofía brinda las herramientas para ello, como
determinar la calidad de la educación, que es un factor al que no se le ha
prestado la atención necesaria y que es quizá una de las discusiones
fundamentales a la reforma, y es precisamente cuántos estudiantes podrán
ingresar a educación superior de calidad.
Así, los planteamientos
teóricos esbozados son solo materia de análisis y la guía para resolver y
asumir problemas políticos y sociales. Más allá de lo que dicen o no los
autores como Wittgenstein, sus consideraciones pueden ser aplicadas a la
realidad: si por ejemplo los límites de mi lenguaje son los límites de mi
mundo, en lenguaje político ¿qué significa dicha afirmación? Tal vez que los
movimientos sociales, en este caso la movilización estudiantil, es un lenguaje
que no dice pero que muestra. Lo que sucede es que hay que superar el
inconformismo, y eso es un problema que está en el límite entre lo que puede
decirse y lo que debe mostrarse, sobre todo, en la manera en que nos
expresamos.
Bibliografía
- Wittgenstein, L. Tractatus lógico-philosophicus. Edición en línea disponible en: http://www.philosophia.cl/biblioteca/Wittgenstein/Tractatus%20logico-philosophicus.pdf
- Eagleton, T (1988). Una introducción a la teoría literaria. Ed. Lengua y Estudios literarios
- Godzich, W (1998). Teoría literaria y crítica de la cultura. Frónesis.
- Cajiao, F. (2011) Lo que viene ahora. Columna publicada en El tiempo, 7 de noviembre. Disponible en: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/franciscocajiao/lo-que-viene-ahora_10721492-4
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